Arde CremadesTiempo de lectura: 11 min


 

¿Dónde sobrevive la libertad de expresión? ¿Cómo sobrevive en la esfera pura alejada de la acción? Lo hace mediante el sentido del humor; esto es, en el decir de un Pueblo que tiene como finalidad última reírse de todo en un espacio de puro gozo y deleite, porque la libertad de expresión, en sí, es únicamente un concepto. ¿Y cómo se relaciona este sentido del humor con la corrección política? La narrativa actual es que existe un conflicto en el que el feminismo chillón ocupa el puesto del opresor y en el que el humorista machirulo es el oprimido, pero ¿es quizás ésta una lectura imperdonablemente superficial?

Que la libertad de expresión es meramente un concepto resulta evidente: un concepto no existe en el mundo físico y por tanto no puede ser algo estudiado según los procedimientos de la física-matemática. Cuando alguien opina que la libertad de expresión es esto o lo otro en realidad no está diciendo nada: sólo se está diciendo a sí mismo, o a un determinado grupo histórico o social, que cree en cierto concepto de “libertad de expresión”. Incluso si nos tomamos en serio este concepto, este ha de ser un concepto claro y distinto, dado que necesariamente ha de transitar hacia lo jurídico. Si eso es así, entonces podremos tirar directamente a la basura la opinión pública basándonos en el siguiente postulado:

Súmese el número aproximado de lecturas de: (1) libros jurídicos sobre la libertad de expresión (2) el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos humanos del 48. (3) textos de Filosofía relevantes que operen argumentativamente con el concepto de libertad de expresión, personas como Stuart Mill o Voltaire. Del resultado de esa suma, réstese el número de opiniones de la totalidad de muros de Facebook, de barra de bar y de artículos de meros opinólogos (recordemos que el opinólogo es la cristalización en tanto corrección de la lengua de la mera opinión pública). El resultado, normalmente en negativo, es la tasa de credibilidad que tienen dichas opiniones y la credibilidad del pueblo.

Una vez que hemos tirado las defensas inmediatas y espontáneas de la gente al estercolero de la historia, ¿qué es lo que decía Stuart Mill para defender la libertad de expresión? Argumentaba que la proliferación de ideas diferentes en el mercado creaba una posibilidad real de progreso, perfeccionamiento y creatividad. Hay que empezar diciendo que la libertad de expresión no garantiza la creatividad en lo más mínimo: esto sería como afirmar que los escolásticos de la Edad Media, los esclavos de la Antigüedad o los creadores de la Unión Soviética no eran creativos, lo cual es, en todos los sentidos, falso. De hecho, se podría incluso argumentar de manera retórica todo lo contrario, aduciendo que la sujeción y la censura promueven y generan una creatividad a la contra mucho más intensa que la que se produce en un Estado que asegure la libertad creativa. Si un argumento retórico vence a otro, aquel que puede ser vencido también es retórico, ergo el argumento de Mill y compañía es meramente humo.

Lo más curioso de este argumento es que de él se deriva que la esfera pública, si se encuentra en libertad, va a ir necesariamente a mejor. Démosle ahora a Stuart Mill acceso a internet, ese espacio de libertad sin fin, a ver qué nos encontramos. El pobre Mill ahora se ve ante una pléyade de forococheros y amantes del pornofuturismo que generan muñecas sexuales basadas en niñas de ocho años, y de muros y más muros de blogs llenos de opiniones y más opiniones donde el pobre filósofo utilitarista no se ve en nada reconocido. Pero lo mejor, y he aquí donde nos podemos sorprender, es que esta justificación de la libertad de expresión se basa en una premisa de perfeccionismo, y por tanto lo que le da sentido es que la gente sea mejor. Si ese es el fin, el medio podría ser perfectamente cualquier otro. Porque la libertad de expresión no ha sido nunca un fin en sí mismo, sino solamente un medio. Y además un medio que ha funcionado mal.

El derecho a la información, tan invocado en ámbitos como el de la prensa, es una broma pesada si se compara con un derecho a la verdad. En estos ámbitos la libertad de expresión acaba derivando en el derecho de los idiotas a decir estupideces a sueldo de poderes económicos más que cuestionables, retroalimentando generaciones progresivamente más conservadoras, más ignorantes y más incapaces de pensar por sí mismas. ¿Pero en el humor? En el humor parecería que no hay una influencia política tan clara y directa hasta que, de repente, nos surge un personaje como Jorge Cremades. Quid Rides? Mutato nomine de te fabula narratur (“¿Por qué te ríes? Cambia solo el nombre y la historia irá sobre ti”).

Si Cremades fuera feminista, no haría los chistes del modo en que los hace, ergo no sería censurable.

La manida polémica sobre la libertad de expresión ha vuelto a alzar la cabeza en los últimos días, y aclaramos: hablamos de la polémica sobre la libertad de expresión y no sobre los dichosos límites del humor. Un humorista progresista puede actuar irónicamente en ciertos campos con total impunidad, especialmente en campos donde hay asuntos que al feminismo le conciernen, y si el humorista se declara irónico entonces el análisis del chiste concreto se disipa. ¡No pasa nada! ¡Está siendo irónico! El problema que se ha encontrado Jorge Cremades es que él no deja de ser un normie más, alguien que carece de conocimientos de primer grado sobre feminismo y que por tanto acaba siendo un reaccionario ignorante, un machista en sí pero no para sí. Cremades no es consciente del machismo que profesa mientras se toma la cerveza en el 100 Montaditos o cuando va de peregrinación a la discoteca como todo buen cristiano. El argumento que se sigue de aquí es el siguiente: si Cremades fuera feminista, no haría los chistes del modo en que los hace, ergo no sería censurable. El problema no es el chiste, por didáctico o representativo de la sociedad que este sea, sino su modo, su forma. El problema es el propio Cremades y la ideología que la forma de su humor esconde.

Consideremos ahora a Ignatius Farray. Por muy transgresor que sea el contenido de su humor, Ignatius no deja de ser otro demócrata votante de Carmena y amante de lo correcto, alguien muy cuidadoso con la forma en la que trata al feminismo y a los diferentes colectivos sociales. Ignatius se puede permitir lo que se permite porque ya tiene un contrato tácito con sus espectadores: él forma parte de su bando. Sin embargo, ¡Cremades!, he aquí el auténtico transgresor. Su filiación no está nada clara, y de hecho es muy posible que sea el típico apolítico de Ciudadanos o de cualquier partido de ese estilo. El humor burdo del normie acaba así teniendo más potencia política que el del humorista más teóricamente comprometido.

Habrá que decir que por duros que sean los contenidos concretos de los chistes, el concepto en el que se erigen es más relevante a la hora de abordar esta lucha. Y decimos lucha porque, ante la igualdad en el derecho, todo se trata de una cuestión de “fuerza”. Al igual que la calidad y el tiempo de la jornada de trabajo se deciden mediante la “lucha de clases”, otro tipo de “decantaciones” extra-jurídicas se rigen bajo la misma acción en el campo (de batalla) de la libertad de expresión: como decía Marx, “entre derechos iguales y contrarios decide la fuerza” (El Capital, Crítica de la Economía Política. Sección III. “La Jornada Laboral”.) Y el concepto de igualdad de derecho necesariamente lleva consigo un componente de “lucha” o de “fuerza”: o te decantas aquí, o te decantas allá, pero no puedes permanecer del lado de los derechos inalienables. Esto es algo que podemos a ver a diario, especialmente en lo que parecería ser un conflicto abierto entre dos bandos: el “censor feminista universal” y el “defensor en abstracto de la libertad de expresión.”

Ignatius Farray y la revista Mongolia no “escandalizan” en un sentido político: se trata de gente que indudablemente vota a Podemos y que encaja perfectamente en el espectro de lo políticamente correcto, que entra dentro de esta misma izquierda que se diría progresista, feminista y censora. En este sentido, lo que realmente resulta subversivo y por tanto acarrea debate entre los opinólogos socialdemócratas, es gente como Cremades. La cuestión de la calidad de su sentido del humor, al ser una cuestión subjetiva, ha de dejarse en suspensión del juicio. Lo que realmente importa aquí es saber cómo la lucha ideológica se relaciona con el sentido del humor y cómo, en base a esto, dicha lucha puede llegar a tener expresiones jurídicas claras. Cómo esta lucha virtual puede transfigurarse en diversas luchas reales, en luchas que se incrementaran en el futuro hasta que el bando feminista, en total auge por sus acciones y argumentos, pueda finalmente derrotar al bando normie pre-ironic del machismo a lo Cremades.

Es completamente posible, quizás incluso inevitable, que el opinólogo bienpensante pueda pensar que todo esto va en detrimento del sentido del humor. Entonces habremos de tildarle de dandy, de esteticista, de pequeño-burgués preocupado por el nivel humorístico de la nación y no por los problemas reales de la sociedad. Estos opinólogos son generalmente los mismos que dicen que el feminismo se ha masificado y ha entrado en el Terror Hegeliano de la Ilustración, que está perdiendo sentido del humor, que es demasiado radical. ¿Dirían lo mismo de las conquistas de la clase obrera cuando esta consiguió la reducción de la jornada laboral? ¿Fue también un problema que los partidos obreros y los sindicatos no se tomaran con humor el hecho de que niños de seis, ocho o diez años trabajaran ochenta horas semanales hasta su pronta muerte?

El humor expresa el progreso del Espíritu Humano. Los chistes que hacía Kant en su Crítica del Discernimiento ya no hacen ninguna gracia. Los motivos de humor de la Edad Media, como el desnudo del cuerpo humano, hoy son fuente de regocijo sexual. Los chistes contra judíos del siglo XIX hoy directamente no hacen gracia, pues mayoritariamente no identificamos a la usura con el judaísmo. Las bromas constantes sobre los descendientes de Noé ni siquiera es que hagan gracia: es que ya ni se entienden. En el humor y la comedia se reproduce la misma lucha de clases, de sexos y de estados. Y de eso va al final el juego: la cultura se construye sobre esas luchas, sobre los vencidos se erigen chistes sin gracia en libros muertos, y sobre los vencedores los verdaderos ídolos del humor.

Lo que le da sentido al chiste o a la broma es su historicidad concreta, el estar dentro de cierto contexto. Esto es casi como decir que mientras haya chistes machistas y estos sigan haciendo gracia seguirá habiendo machismo, al igual que si no hay chistes sobre extraterrestres, es porque todavía no hay extraterrestres para que podamos meternos con ellos. La relación entre la base histórica y la vida de la comedia es crucial. Apuntar a cierta independencia de esa segunda esfera respecto de la primera es ingenuo, sobre todo cuando el que apuntala la diferencia es un sinvergüenza demócrata. Además, ¿por qué nadie clama al cielo porque ya no se hagan chistes sobre la usura judía como en el siglo XIX? Así que dejemos el viejo siglo XX en lo que este tiene de normie y machista atrás, y vayamos preparando chistes contra alienígenas o mutantes seres humanos degenerados por culpa de un más que probable vertido nuclear en poco tiempo.

Eh, ya que pasa usted por aquí…

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