Contra el fascismo: ¡votemos VOX!Tiempo de lectura: 5 min


Si algo nos ha demostrado la victoria de Trump, es la solvencia con la que los estadounidenses son capaces de limpiarse el polvo y volver a apostar por la grandeza. En un ejercicio de autoexploración y sinceridad sin precedentes en las democracias occidentales, los Estados Unidos de América han sabido recapitular sus fuertes y ponerlos de nuevo en primera línea de la batalla.

En un país donde la hipocresía lleva campando a sus anchas y ganando terreno desde la guerra de secesión, cuando hombres blancos de buena posición apostaron por el abolicionismo simplemente para enmascarar una cruzada por un modelo social basado en la industria; los obreros de la mal llamada América profunda (para mí son el tuétano del país), esos que se dejaron los riñones en una cadena de montaje en Detroit en pos del sueño americano (casa, jardín, dos coches, tres hijos y perro a juego), han plantado cara a un sistema hipócrita y se han lanzado a la cruzada antisistema más ambiciosa de lo que llevamos de siglo.

Y digo esto desde el análisis más ortodoxo y empírico que se puede hacer desde el subjetivismo que implica unas líneas de opinión (¡viva la paradoja,don Miguel!) como estas que leen ahora mismo. Visto desde fuera, sin empatizar con todos aquellos norteamericanos que se desvíen del patrón hombre-blanco-heterosexual, que serán los que sufran el machismo-racismo-homofobia (MRH), es fácil entender qué hay detrás de la victoria del magnate icono. Los dos bloques que han llevado a Trump a la victoria son los dos pilares sobre los que se sustentará el Make America Great Again: por un lado, tenemos a la vieja y desgastada América WASP (White, Anglosaxon and Protestant), que ha sido sincera consigo misma y ha vuelto al punto de partida, abrazando el MRH y descartando una candidata hipócrita que solo les traería más ruina perfumada de un liberalismo de corte “modernito” con barba de náufrago y móvil blanco impoluto tatuado de manzana. Algo que el ciudadano AMERICANO (con mayúsculas) identifica con una debacle urbana que ha echado por tierra los valores (y los fondos de pensiones) de la América tradicional y ha llevado oleadas de sonrosados ciudadanos del Medio Oeste a las urnas a votar en masa por el verdadero rey de Manhattan.

Por otro lado, tenemos la nueva América (latina), el siguiente eslabón de la cadena de la xenofobia: los inmigrantes con papeles. Igual que los autodenominados nativos apedreaban a los irlandeses en el siglo XIX, los latinoamericanos con Green Card apoyan la política de los muros y la segregación burocrática (con papeles, sí; sin papeles, no). Esta paradoja, donde personas deniegan la ilusoria sensación de posible prosperidad a su propio primo, es la esencia pura de la superpotencia americana. En una cabriola de esas que tanto surgen en el sistema capitalista hemos pasado de “en mi hambre mando yo” a “mi hambre es mío y no lo comparto ni con mi primo”.

Instalados en la idea de que dos generaciones nacidas en territorio estadounidense son suficiente arraigo para reclamar la tierra como suya, esta nación comenzó su andadura en los tiempos inventando una identidad nacional racista con lo autóctono y xenófobo con lo exterior. Ahora quieren rescatar aquel espíritu de los padres fundadores, que la campana de la libertad (blanca) vuelva a redoblar en Philadephia.

Han dado una gran lección al mundo: han dejado de engañarse a sí mismos y han abrazado su esencia. Es esa lección la que debemos aprender y no otra. Ese es el verdadero American Way of Life que debemos copiar. Dejemos a un lado esta farsa políticamente correcta de que somos europeos civilizados. ¡Basta Ya! Votemos VOX. Por una España que vuelva a la caverna, al oscurantismo contrarreformista, pero no el de Franco, no: el puro, el de Felipe II.

“Y aún si mi hijo fuera mejicano, yo mismo traería la leña para quemarle”

Tenemos todo para volver a ser la luz de Trento y la espada de Roma. Solo nos falta hacer un ejercicio de sinceridad absoluta. Una pequeña búsqueda para desembocar en el “bueno, se acabó” que entonaron miles de agricultores en las dos Dakotas cuando se decidieron a votar por el bueno de Donald.

Tenemos una izquierda radical-moderada que siempre ha estado ideológicamente cómoda en la clandestinidad y ha sido fácilmente corruptible en lo económico, que, además, está lejos de abrazar las dos verdaderas revoluciones que están por venir: la ecologista y la feminista. Nunca hemos sido pioneros en el intelectualismo progresista. Lo nuestro es la teología y la superstición. Abracémoslas, pues, y dispongámonos a dominar el mundo. ¿Usted cree que los líderes de los cuatro grandes partidos están por la labor de gestionar un imperio? Nada de eso, amigo,demasiado trabajo. Solo están en disposición de llevar con mano (cazo) de hierro un cortijo para familiares y allegados mientras los curritos perdemos la oportunidad de trabajar hacia una España Imperial como sólo Dios sabe mandar. Por eso VOX es la opción correcta.

¡Podemos!

Pero vayamos más allá: pidamos a los líderes de VOX que nada de economía liberal. Queremos autarquía pura y dura. Releguemos a las buhardillas de París y Munich las tertulias políticas y volvamos a disfrutar de nuestros verdaderos intelectuales. ¿Quién necesita tener a Inda o a Marhuenda discutiendo con pijiprogres cuando podríamos asistir a la guía espiritual de Pablo Motos, Risto, Cárdenas o Bertín Osborne en monólogos monodosis?

La victoria de Trump me ha abierto los ojos, y espero que con estas líneas le haya convencido. Si conseguimos difundir que Franco es Kitsch, el siguiente paso debería ser instituir a Felipe II y la contrarreforma como iconos vintage y de ahí pasar a la verdadera revolución, de donde saldrá el lema salvador: VOX, la verdadera nueva izquierda.

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