El crepúsculo de los ídolos: la culpabilidad y la justicia

Sobre Sin culpabilidad ni justicia de Walter Kaufmann

Ya no es halago decir de alguien que es una mujer justa o un hombre justo. Incluso la expresión nos inquieta, aviva nuestra pequeña llama de seres seculares, seres ultra-seculares, seres post-everything. Nos preguntamos qué puede significar un término tan vago y tan omniabarcante, activamos el escrúpulo de que quizás «justicia» es sólo una palabra cargada con muchos siglos de loas y vanas esperanzas, una palabra muy emotiva, un concepto sobre-determinado, un arma arrojadiza para todo tipo de populismos.

De Dios solía decirse que es el summum de todo lo bueno, y una de las múltiples definiciones que se ensayaron sobre la justicia nos la pinta como la suma de todas las virtudes. Conclusión: al único al que halagas llamándole justo es a Dios. Si estamos tan de vuelta de todo, ¿por qué no de la justicia también? Si la evolución histórica nos exige cada vez más hablar de objetos reales, y el decurso de la geopolítica hace cada vez más inoperante el vocablo justicia; ¿por qué no intentar una superación? ¿Por qué no matar a la justicia y brindársela a los poetas y a los filósofos, como hicimos con Dios?

Estas preguntas son las que se hace Walter Kaufmann (1921-1980) en su ensayo Sin culpabilidad ni justicia (1973), que aquí reseñamos en la edición de Avarigani. Para quien no le conozca, fue un profesor de filosofía alemán-estadounidense. Antes de doctorarse e impartir filosofía de la religión y ética en la Universidad de Princeton, trabajó para la Inteligencia estadounidense contra los nazis y luchó en el frente europeo durante 15 meses. Es traductor al inglés de las obras de Nietzsche.

«Para todo aquel que no haya liberado su mente, las guerras, las revoluciones y los movimientos radicales nunca le harán libre, sólo le harán cambiar un modelo de esclavitud por otro.»

Kaufmann no tarda mucho en mencionar, al inicio del libro, el conductismo de John B. Watson y su convicción de que sólo tenemos dos miedos innatos: miedo a los ruidos fuertes repentinos, y miedo a caer, a no tener apoyo. Kaufmann es un realista extremo. También es un nietzscheano-freudiano (autoconfesado), lo cual se intuye en la primera frase del libro: «Para todo aquel que no haya liberado su mente, las guerras, las revoluciones y los movimientos radicales nunca le harán libre; sólo le harán cambiar un modelo de esclavitud por otro. He aquí una de las lecciones más funestas del siglo XX».

Las 10 excusas para no tomar decisiones

Sin culpabilidad ni justicia es un ensayo sobre ética. Escrito en un lenguaje directo, mucho más nietzscheano que freudiano. Incisivo, ingenioso, sin apenas ironía, fresco. Parece que te lo esté contando a la cara. Su tesis es: la nueva integridad requiere una autonomía individual que consiste en abrirse a alternativas vitales. Esta apertura y total libertad de decisión genera miedos naturales, y la persona autónoma ha de vencerlos.

La forma que tiene de hacerlo es superando los diez grandes escollos en los que cae el «decidofóbico», y son los siguientes (huelga decir que no todo escollo implica decidofobia; aquí hablamos de estrategias recurrentes):

Religión: Implica una creencia que se conserva indefinidamente, y que ordena el comportamiento, impidiendo afrontar decisiones vitales.

Escapismo: Aquel que elude absolutamente la toma de decisiones refugiándose en el aquí y ahora, en la droga, en el misticismo (hay misticismo no-religioso), o en el propio statu quo que le brinda su familia, su ubicación, sus alternativas más accesibles.

Unirse a un movimiento: Asumir el credo de un partido o ideología para evitar descubrir las propias convicciones (evidentemente, gente como Lenin está far away de ser decidofóbica, pero es notorio que para muchas personas el partido es sólo un salvavidas).

Corriente de pensamiento: Es muy fina la línea entre compartir unos ideales con un grupo y pasar a tratarlos como dogmas.

Exégesis: Esta opción es más elevada. Pero demuestra que incluso entre los grandes amantes del estudio existe la decidofobia. La exégesis te obliga a revestir el texto interpretado de cierta divinidad, clausurando por completo la posibilidad de que esté equivocado. Muchos marxistas son exegetas del Capital. Por lo demás, hay ilustres excepciones, no me imagino a Walter Benjamin, el gran exiliado, tristemente suicidado en Portbou, con miedo a afrontar decisiones vitales. Y es sabido que amaba la exégesis y el cabalismo judío.

Maniqueísmo: Enfermedad casi crónica del género humano. Y no parece que haya indicios de que vaya a desaparecer. Pero la dialéctica maniquea es tan simple que cae por ella sola.

Racionalismo moral: En el libro queda ejemplificado por el formalismo kantiano. Es la creencia en que la racionalidad lógica apura todo análisis de un problema moral. Pero ningún problema vital puede ser agotado por este tipo de racionalidad.

Pedantería: El tener que saber y hablar de todo te obliga a tratarlo todo con frivolidad, y los temas vitales te quedan grandes.

Cabalgar la ola del futuro: Se entiende sólo, el progresismo ahora es eslogan hasta para el PP.

Matrimonio: «Muchas veces, una pareja es un comité de dos que toma decisiones como lo suelen hacer los comités: se da por sentado un consenso y no se pone en tela de juicio mientras todo vaya bien. Pero si las cosas van mal, uno no se siente el único responsable.» (p. 48)

¿Tenemos lo que nos merecemos?

A riesgo de hacer un hombre de paja, aunque lo dudo porque en lo fundamental estoy de acuerdo con Kaufmann, voy a resumir sus argumentos en pocas palabras y a ponerle un par de objeciones.

Su propuesta moral, que intenta asumir con todas sus consecuencias la muerte de Dios y el proceso de inmanencia (tanto epistemológica como ética) que ha caracterizado toda la modernidad, es etiquetada con el rótulo de «nueva integridad». El séptimo y penúltimo capítulo se llama así, y es un buen capítulo, donde el autor se moja de verdad. Las cuatro virtudes cardinales que él propone son:

Humbición: Término medio entre la humildad y la ambición, ser consciente de tus límites, pero tender a esos límites y ver esa tendencia como una necesidad.

Valor: Es la valentía aristotélica.

Amor: Esforzarse en captar cómo piensan y cómo se sienten ciertas personas cercanas a uno mismo, y que parte de la propia acción sea destinada al bien de aquellas

Honestidad: Se nota que es privilegiada por Kaufmann, para empezar por las páginas que le dedica. No se trata ni de lejos de ser sincero. Freud ya demostró que la sinceridad es imposible, y que las personas mentimos constantemente, y que eso no está reñido con la honestidad. Honestidad es que tus mentiras sean apropiadas, que lo que dices de verdad lo digas con razones. También es autocrítica. Es calibrar qué es lo importante y qué lo trivial, y dedicar más tiempo a lo primero. Es evitar la hipocresía al máximo. Es reconocer la responsabilidad propia, y dado el caso, la culpa.

Ahora bien, de esta última frase, «reconocer la culpa», es de donde partimos para desarrollar lo que en el libro ocupa el primer plano: el ataque a la justicia (tanto retributiva como distributiva), a la culpabilidad y a la vieja integridad en general. No es lo mismo reconocer una culpa que sentirse culpable: lo segundo implica remordimiento. Spinoza dijo que el que se arrepiente se equivoca dos veces. Kaufmann va un poco más allá. La culpabilidad es un residuo de las viejas creencias en la justicia divina y en la penitencia eterna.

Para empezar, la justicia retributiva, tal como es entendida, es una auténtica ilusión. Nunca se sabe el castigo que es apropiado a un delito. Es imposible marcar la proporción. Kant y Jefferson lo intentaron, mostrando que el racionalismo moral es perverso. La ley del Talión buscaba castigos exactos. El racionalismo moral ha abogado por la proporción. Pero en asuntos vitales, en acciones humanas, no existe proporción. Hay castigos más adecuados que otros. Los castigos son necesarios. Pero, como en todo, lo que cuenta es cómo justificamos el castigo como función civil. La justicia retributiva está estancada en un castigo como forma de curar el resentimiento de otros y como resto de antiguas supersticiones. Hay que castigar al delincuente siempre por razones de contenido, por razones positivas, como por ejemplo: se trata de un psicópata, y encerrarlo es bueno para la sociedad civil. O cuando el castigo se limita a servicios para la comunidad, si conviene al caso. Pero quien piensa que se castiga al delincuente porque lo merece, como si su sufrimiento fuera a lavar una mancha moral que se había creado previamente, cae presa de la superstición.

Nadie merece un castigo: esta es la tesis radical de Kaufmann. Primero porque no se puede calcular el merecimiento. Y segundo porque aquí merecer lo único que significa es que al que ha actuado mal se le pone un estigma y se le fuerza a retribuir una falta que no se puede retribuir. ¿Por qué no se puede retribuir? Ésta es la tercera razón para superar la justicia retributiva: está estancada en el pasado. No puede ver otra cosa que el pasado, y ahí delata su decidofobia. La vieja integridad, y la vieja concepción de la justicia, es decidofóbica porque se queda en el pasado para eludir lo que verdaderamente importa: el futuro y las alternativas vitales que plantea. La pregunta de la nueva integridad ante un delincuente es: qué hacemos con él para que su futuro y el de la sociedad sean mejores. Cómo afrontamos la reinserción, cómo reformamos el sistema penitenciario.

No voy a explicar cómo destruye Kaufmann los tópicos sobre la culpabilidad y todo el edificio moral que el cristianismo y nuestra cultura española han construído sobre ella. Creo que la gente es más consciente en ese sentido. Lo que requiere urgentemente de un debate serio es lo que entendemos por justicia, y cuál es su futuro.

Respecto a la justicia distributiva (cómo gestionar los recursos de modo que cada uno tenga lo que se merece), primero tenemos un argumento similar al anterior: es imposible calcular lo que merece alguien. Luego hay otro argumento, muy audaz, que dice: lo que importan no son los recursos, sino la autonomía individual. Nunca va a haber recursos para todos, y lo más sensato es trabajar por la autonomía de todas las personas de este mundo, antes que por repartir los bienes materiales.

Al primer argumento se puede responder con aquello que Agustín decía contra los maniqueos, a los originales, the real thing (por cierto, para Kaufmann Agustín es un maniqueo, y en efecto, en ciertas cosas lo es. Éste es un ejemplo de honestidad: saber discernir, saber que existen grados, que la realidad es un continuo, que se puede ser más o menos maniqueo, en este caso, y que los maniqueos también se pelean entre ellos): el mal es ausencia de bien, es tan solo privación, ausencia de ser, nada. No es necesario calcular el merecimiento para convencerse de que el reparto mundial no es ni siquiera parecido para todos. No es necesario calcular nada ante la certeza de que esto, o aquello, o lo otro, va mal. Si se quiere ser consecuente, se debe expresar esto sin recurrir a la palabra «justicia», que es la que se pretende superar. Podríamos decir: países como Yemen o Siria están tan lejos de poder aspirar a la autonomía a la que aspiran los individuos europeos (por poner un ejemplo), que un restablecimiento de sus derechos civiles no solo contribuye a su autonomía, sino a la nuestra. En este sentido, el caso de los astilleros de Navantia arroja un claro caso de decidofobia por parte de muchas voces en la opinión pública: suspender la venta de armas hubiera sido una solución viable en el caso de que solo existiera el dilema de hacerlo o no. Pero la autonomía exige explorar siempre nuevas alternativas. Si se suspende la venta de armas, lo peor no es que acaba el contrato de los astilleros de Navantia, sino que Arabia Saudí conseguirá las armas de otras fuentes, y la guerra en Yemen continuará. La guerra continúa, en efecto. En mi opinión, la única vía que apuesta por la autonomía de países e individuos es la que intenta implementar los medios de los distintos gobiernos para evitar guerras. El dilema de Navantia es un falso dilema. Existe la opción de denunciar los intereses entre Arabia Saudí y EEUU, de llevar a la ONU hacia una mayor autonomía, y de no doblar las rodillas ante la parcialidad del Consejo de Seguridad.

Ahora nos falta la respuesta al segundo argumento antes señalado. Kauffman lo expone así de radical en la página 311, y me servirá para lanzarle mi objeción principal:

Si prestamos atención a la justicia y la igualdad o, en una palabra, la distribución, pronto descubriremos que, independientemente de cómo distribuyamos los bienes, nunca habrá suficiente para todos. Debemos priorizar la creatividad, siendo conscientes de que los inventos y descubrimientos vuelven obsoletos los planes de distribución.

La culpabilidad está anclada en el pasado, al igual que la justicia retributiva. La justicia distributiva está atascada en el presente, pero tan pronto como descubre cómo hacerle frente, está obsoleta. Debemos trascender la culpabilidad y la justicia. Debemos abandonar la placentera ilusión de que podemos tener todas las cosas buenas al mismo tiempo. Lo mejor no son ni de lejos las cosas, sino la autonomía creativa.

Sí que hay para todos, pero el desequilibrio entre ricos y pobres es desmesurado y la tendencia exponencial del capitalismo consume el planeta.

Este intento de superación de la justicia y este poner en claro lo que Nietzsche decía a base de aforismos y profecías tiene mucho interés por lo polémico y audaz. Aun así, no deja de parecerme muy débil el argumento de que «nunca habrá suficientes bienes para todos». El informe del MIT sobre Los límites del crecimiento, cuya primera entrega data de 1972 (un año antes que el libro de Kaufmann) dice bien claro que sí que hay para todos, pero que el desequilibrio entre ricos y pobres es desmesurado y que la tendencia exponencial del capitalismo consume el planeta y sigue enriqueciendo a cierto número de empresas. Kaufmann flirtea con el libertarismo, pero sin cierto control estatal o supra-estatal, inexorablemente nos vamos a pique. No es necesario apelar a un concepto anticuado de justicia para reconocer que la desproporción entre los que más tienen y los que menos tienen es abrumadora. ¿Qué si no se puede calcular el merecimiento? ¿Qué si la autonomía importa más que la igualdad? Aun siendo así, restablecer decentemente el reparto de recursos sigue siendo algo que se impone, si no ya a la justicia, que por lo dicho no cabe en el silogismo, sí a la honestidad. QED.

El síndrome del que hablamos, aparte de ser monstruo con dos cabezas (la culpabilidad y la justicia), es camaleónico, adopta muchas formas y colores según su posición en la selva global. Aquí en nuestro hispano cacho de tierra ha gustado de vestir últimamente el disfraz del linchamiento. Cuando no son directamente inventados, la falta o crimen del linchado se pega a él/ella con la viscosidad de una lapa, de modo que el linchar es ahora la grasa de los resentidos virtuales. Doblemente resentidos: muchos de ellos no dirían ni la mitad a la cara, y linchando satisfacen sendos deseos; el de insultar en directo y el de ver sufrir a otro por faltas del pasado. ¿Linchadores virtuales? Son como los que en tiempos iban al patíbulo a desgañitarse contra el los condenados. Incluso el reo, por muy graves que sean sus delitos, es superior moralmente, en los instantes previos de su muerte, a la turba que se amontona para humillarlo. En El Idiota Dostoievski expresa así la situación: “[En la guillotina] el cerebro vive y trabaja a todo tirar. […] Me imagino que martillean el cerebro pensamientos de toda índole, todos truncados y quizá absurdos, impertinentes, como, por ejemplo: ese que me está mirando tiene una verruga en la frente; el botón de abajo de la chaqueta del verdugo está mohoso. Y durante todo este tiempo lo sabes todo y todo lo recuerdas; hay un punto que es imposible olvidar, y es imposible desmayarse, y todo se mueve y gira alrededor de ese punto […] La cabeza, la cara, están blancas como una hoja de papel, el sacerdote alarga la cruz, el reo acerca ansiosamente los labios azulados y mira, y lo sabe todo”.

Incluso el reo, por muy graves que sean sus delitos, es superior moralmente, en los instantes previos de su muerte, a la turba que se amontona para humillarlo.

Volviendo a nuestro libro, y ya para concluir, algo tiene que contarnos la serpiente que aparece en el epílogo. La serpiente es el animal que tienta, el que nos llevó a la perdición, pero también el que se arrastra por la tierra, el que no pierde contacto con las cosas. Todo movimiento de la serpiente es un arrastrarse y un ensuciarse. La serpiente también es uno de los dos compañeros del Zaratustra de Nietzsche. El otro es el águila, el ave que habita las alturas, donde hace frío y no hay nadie, donde se forjan los grandes idealismos. Pero el mundo está cada vez más hecho para serpientes:

La serpiente era más sabia que el hombre y la mujer […] y les dijo: «Vuestro conocimiento y vuestro poder siempre serán limitados. Aun así, podéis decidir sobre vuestra propia vida y no tenéis por qué aceptar lo que se os ha dicho.

El hombre y la mujer replicaron: «Quienes hablaron sabían lo que estaba bien; nosotros no […] Tenemos miedo». Y la serpiente manifestó: «¡No tengáis miedo a quedaros solos! Nadie sabe lo que está bien. Nadie sabe esas cosas. En su día Dios decidió, pero ahora que ha muerto, os toca a vosotros decidir. Depende de vosotros dejar atrás la culpabilidad y el miedo. Podéis ser autónomos.

Y respondieron: «¿Pero qué debemos hacer para empezar?» A lo que la serpiente contestó: «Todavía queréis que os digan lo que hacer. Quizá vuestros hijos estén preparados para la autonomía».


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