España y el sentido estéticoTiempo de lectura: 6 min


(cc) Anónimo García

(cc) Anónimo García

Hace poco recibí la visita de un amigo de Nueva York. Una tarde, al volver a casa, me comentó que le habían multado en el metro por no presentar el billete. ¡No lo podía creer! ¿Will saltándose la barrera, flexionando como un corredor de salto de vallas su impoluto pantalón de pinzas, con su pajarita y su sombrero al aire? ¡Jamás! Él percibió mi mueca de asombro y se explicó rápidamente: unos tipos vestidos con unos atuendos horribles y de un espantoso color morado le habían pedido el billete. Él, cómo no, se negó a creer que alguien tan indecentemente vestido fuese el inspector; y aunque lo fuera no iba a aceptar ni mucho menos la autoridad de unos tipos con semejante atuendo. Así se lo expuso mi amigo, muy educadamente, en su buen español.

—¿Pero qué me estás contando, tronco?

La respuesta del inspector, por supuesto, reafirmó la posición de mi amigo, que se fue con una multa a casa pero con la cabeza muy alta.

Hay que decirlo alto y claro: día a día miles de trabajadores en España visten trajes humillantes y de mal gusto que anulan toda su autoridad y posición y les conducen hacia el groserismo y la inutilidad. Policías, barrenderos, guardias de seguridad, dependientas de El Corte Inglés, etcétera, son grotescamente mancillados en sus puestos de trabajo con aterradores uniformes. ¿Dónde quedó el barrendero con su gorra y su elegante traje? ¿Dónde el policía con su casco alto? ¿Dónde el inspector con su corbata y su traje azul?

El traje del voluntariado de la Expo 2008 de Zaragoza tal vez fuese el mayor exponente del mal gusto en el uniforme. Observen, por ejemplo, el castigo de los pantalones. Cierto tipo de voluntariado tenía que sufrir, además, una camiseta de diversos tonos de naranja.

Pero la aberración en el atuendo del trabajador hispano es sólo una pequeña manifestación de un problema mucho mayor: la rotunda falta de sentido estético del pueblo español. Allá donde usted mire el mal gusto se manifiesta violentamente: en los coches tuneados de principios de siglo XX, con sus estridentes colores, formas y sonidos; en los edificios de reciente construcción, moles de porte inmoral y anodina; en el exterminio planificado y brutal de los símbolos para sustituirlos por modas efímeras (Madrid una vez tuvo taxis, autobuses y policías como los de Londres); en los abrigos marrones y acolchados de las señoras, etcétera. Las consecuencias son terribles: desde la humillación laboral que suponen los uniformes hasta la constante reducción de la creatividad, hecho sobradamente conocido y ambicionado por el pueblo en su búsqueda de la “selección inversa del pueblo español” de la que habla Ortega y Gasset en España invertebrada.

¿Por qué se da en España esta absoluta falta de sentido estético? Busquemos la respuesta en los responsables de esta degradación. La generación de españoles que hoy ostenta el poder es hija del absoluto desierto cultural de la posguerra. Miremos, pues, a ese primer franquismo, pero hagámoslo desapasionada y objetivamente, como una abuela que estrangula una gallina para comerla, sin caer en subjetivismos políticos tan entusiastas como hueros.

El hambre mató al gusto estético. Esta señora, a la que conocí con 70 años por tratarse de mi abuela, estaba entonces mucho más lozana y saludable que en esta foto, cuando contaba con 30 años.

Recordemos, primero, que en los años anteriores a la guerra nuestro país nos brindó nada menos que dos prolíficas generaciones de pensadores y artistas ‒muy diferentes entre sí, además‒, con las que brillamos en todas las artes. Incluso comenzaba a despertar tímidamente el cine. Una riquísima etapa que hoy llena los museos y las universidades, aunque ello no signifique ya mucho.

Y, de repente, el desierto. Los campos yermos y áridos de Castilla se replicaron en el sentir cultural español. ¿A qué quedaron reducidas las artes en España en las décadas de 1940 y 50? ¿Qué hubo de aquel esplendor, dónde acabaron aquellos artistas de proyección internacional? Una gruesa película de ceniza ultracatólica ahogó densamente cualquier tipo de expresión. Antonio Machado murió en el exilio. Y los rigores de la posguerra dirigieron los esfuerzos colectivos a llenar el estómago y arreglar los desmanes de las bombas nazis y comunistas. Cualquier esfuerzo intelectual o cultural podría considerarse un atetado contra la necesidad de rehacer el país. El desdén hacia la cultura se generalizó, tal vez también por una respuesta institucional al esfuerzo alfabetizador de la República. Y este sentir aún dura hoy en la mayoría de nuestros mayores, incluso en las personas de media edad que eligieron carreras “útiles” pero desustanciadas ‒ingenieros, abogados, economistas‒, siempre dispuestos a arruinar cualquier iniciativa creadora con un “¿Y eso para qué?” o un “¡Boh!”. Para ellos no hay espacio para el arte, y la armonía de colores y formas a su alrededores totalmente irrelevante. Prefieren, en cambio, comer jamón con frenesí bajo una colección de patas de cerdo mutiladas o postrarse durante horas ante las obras que afearán la ciudad con plazas de sol y cemento, en un intento desesperado de cubrir las carencias de su juventud. Sólo lo útil parece tener valor, aunque su propia fealdad lo haga inútil.

“Bah, esto lo hace mi primo, que ha hecho un cursillo de Photoshop de los del paro”

Este es el gran drama del franquismo. Los muertos, la falta de libertad, la represión, sí, pero en eso ya estábamos metidos hasta las trancas: ésta era la cuarta guerra civil en cien años. El cataclismo fue el exilio del arte y la creatividad; privados de ellos, los españoles también lo estuvieron de las armas más eficaces para combatir el resto de males de la dictadura. Su hueco fue brutalmente ocupado por el utilitarismo material resultante de la imperiosa búsqueda de sustento. Esa prolongada negación de lo bello ha destrozado hoy cualquier atisbo de sentido estético en España: ha posibilitado que hoy el sueño de cualquier joven sea comprarse una casa en sitios inhóspitos como Valdespartera en Zaragoza o San Chinarro en Madrid y pueda decir que es feliz, que la moda atroz de El Corte Inglés triunfe entre las señoras, que los jóvenes se entreguen a los más absurdos ritmos, que el responsable de publicidad del Metro le encargue el diseño de tal o cual campaña a su primo (“que ha hecho un cursillo de Photoshop de los del paro”), y que Concha tenga que sufrir la falta de autoridad de su uniforme morado a pesar de ser inspectora del metro.

España, despierta. Descubre que lo útil es inútil si no es también bello. Y haz de tu futuro, sino un lugar mejor, sí más bonito.


Acerca de Anónimo García

Ultrarracionalista, determinista-libertario, exterminista-humanista, misfilántropo y moderno pero español. Me dedico a la comunicación en todos sus ámbitos, especialmente el visual, en el que destaca mi perfecta y característica ejecución del corte de mangas. He sido galardonado en varias ocasiones, entre las que se encuentra el premio al número ganador en una rifa de mi colegio; y tengo el honor de haber confundido “humper” con “hamper” en el texto de uno de mis diseños. Más en www.anonimogarcia.com


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