Hacia Providence


Viene de aquí…

Steinhatchee¿Cómo me va a ayudar eso a encontrar a mi padre? La pregunta se quedó colgando en el aire. Kasey me miró brevemente con ojos que no decían nada. Me sentí absurdo. He quedado en la pista con un amigo de mi padre que trabaja en la granja, me respondió. Él conocía bien al comunista. El camión se detuvo de repente antes de que pudiera preguntarle qué quería decir con “el comunista” y el cinturón me estrujó el pecho hasta dejarme el esternón latiendo como si fuese mi corazñon. Hemos llegado, dijo ella mientras apagaba el motor, abría su portezuela y descendía de un salto en lo que a mí me pareció un único movimiento que tenía que ser fruto de innumerables repeticiones. Entre un inmenso campo de naranjos y lo que parecía ser una inmensa plantación de regadíos se extendía la famosa pista de aterrizaje, una franja de césped mucho más estrecha de lo que esperaba pero que se extendía hasta casi el horizonte. Junto a los restos de lo que asumí había sido la torre del agua había un Pontiac rojo aparcado, sus bajos teñidos de marrón por el barro y la capota bajada, todo un símbolo del Sur. Él era alto y llevaba una gorra con patrón de camuflaje, como solían hacer tanto cazadores como miembros de la Asociación Nacional del Rifle. Me pregunté a cual de los dos grupos pertenecería. Le eché a simple vista unos cincuenta años. Parecía amigable y pronto entendió lo que Kasey le preguntaba. El hijo del comunista. Vaya, vaya. Pues hace diez años que no sé nada de tu padre, chaval.

El comunista vino con la idea de las camionetas de comida. No sé qué tenéis los extranjeros, qué obsesión con las putas camionetas. Kasey soltó una carcajada. Mi padre dice que el de fuera desea nuestra mendicidad. No exageres. Mendicidad, Saul. Ya me dirás tú cuantos camioneteros conoces que coman caliente todos los días. Mujer, el vendedor de cocos de Lehigh no vive nada mal. Tiene incluso un refrigerador para poder vender cocos fríos. Sigue, que no tenemos todo el día. Él entornó los ojos y robó con un gesto veloz un cigarro del bolsillo de la camisa de Kasey. Serás cabrón. Pues yo al comunista no le volví a ver desde.. Una sonrisa apareció en su cara, muy a su pesar. Desde que volvimos de Providence. Sentí el silencio de Kasey a mis espaldas. ¿Providence? Sí, es un pueblo en… bueno, la verdad es que es mejor que no sepas dónde está. Sentí un pequeño escalofrío.

Saul se sentó en la capota de su coche y comenzó a hablar. Yo por aquel entonces trabajaba arreglando aires acondicionados al norte, cerca de Jacksonville, y le conocí por un amigo común. El comunista había venido con la idea de su Ford alquilada y de vender tacos de pueblo a pueblo. Necesitaba gente y joder, me cayó bien. No se qué diablos tenéis los españoles. Supongo que nos cuesta imaginar que nadie quiera venir aquí desde España e imaginamos que el que lo haga tiene que ser o un genio o un chiflado. Vamos, que me lió. Le compramos una camioneta de comidas a un cubano que conocía yo de por la zona y decidimos montarnos nuestro pequeño negocio. Vamos… la compró tu padre, y no me preguntes de dónde sacó el dinero. Nos costó unas semanas ponernos en marcha y… bueno, en cualquier modo, acabamos en un pueblo en la costa sureste. ¿Cerca de Miami? Hmmm. Relativamente. No te quiero decir nada más. La idea original era ir hacia Tampa u Orlando, a por los estudiantes de FGCU y UCF, pero tu padre tenía la idea de probar primero por las explotaciones agrícolas vendiéndole comida a los trabajadores del campo.

El misterio comenzaba a irritarme, pero Saul seguía hablando. Providence era un pueblo de la costa este como tantos otros que habrás visto por aquí. Su pequeña playa de piedras, su disimulado acceso a la interestatal, sus treinta casas separadas en mitad de la vegetación, su McDonald’s y su Taco Bell. Aparcamos la camioneta frente a una de las granjas que había a unas cinco millas del pueblo. Ya sabes, las granjas grandes… Los latifundios, apoyó Kasey. Eso, latifundios. Durante el primer día todo fue rodado. Le vendimos comida a un montón de eventuales. Pero el cabrón del comunista se envalentonó y decidió esperar hasta que acabase el segundo turno. Tu padre, muchacho, cuando algo confirmaba su intuición se volvía tan arrogante que… Salió bien, ¿eh?. El muy imbécil tenía razón, pero al final cerramos la cocina a casi las siete de la tarde así que decidimos acercarnos a Providence a buscar un lugar donde pasar la noche en lugar de volver a Jacksonville y pegarnos ocho horas en la carretera de noche y con amenaza de tormenta eléctrica. Además creo que tu padre quería seguir por aquí un tiempo antes de subir hasta Tampa. Siempre le gustó más el sur.

Saul tiró el cigarrillo al suelo y cruzó sus brazos. Su brazo izquierdo mostraba un tatuaje con el escudo de armas de los Marines y su lema en latín, Semper fidelis. Siempre fieles. Carraspeó y continuó. Pasamos la noche en un motel, aunque nos acostamos tarde viendo la televisión y bebiendo cerveza entre risas. Te digo que el comunista era gracioso, el cabrón. Tenía genio, y un acento que hacía que todos se partieran de risa, mejicanos incluídos. Al día siguiente salimos a dar una vuelta y nos dimos cuenta de que había algo raro en el pueblo. Nos llamó la atención que a pesar de estar en el condado que estábamos, donde la mayoría son cubanos y puertorriqueños, casi toda la gente con la que nos cruzábamos era blanca como la leche. Tu padre bromeó que quizás nos encontráramos en una de esas comunidades completamente blancas que la gente del Klan intenta montar de cuando en cuando. ¿Eso hacen?, dijo Kasey con incredulidad. No me creo que nunca hayas oído de ninguno, Kasey. No he tenido esa suerte, no. Pregúntale a tu padre, al sheriff, y él te contará. Pero bueno, como os decía, habíamos entrado en el bar…

La verdad es que todos nos miraban con bastante desconfianza, y ni tu padre ni yo podíamos pasar por cubanos así que lo del Klan no podía ser. Y chico, ya has visto a la gente por aquí: suele ser amigable. Asentí en silencio a pesar de que yo no lo veía tan claro, y Saul continuó sin interrupción. Entramos a un bar con la idea de comprar tabaco para el viaje y chico, cayó un silencio sepulcral. ¿Veías The A-Team en España? Asentí de nuevo. ¿Sabes los episodios en los que Hannibal y compañía entran en un bar y todo el mundo es hostil con ellos porque están a sueldo de, no sé, el sheriff corrupto o el terrateniente local? Saul soltó una carcajada y masculló: un aside, me acabo de dar cuenta de que va a resultar que The A-Team eran del Partido Libertario y todo. El puto Ron Paul con metralletas. Bueno, pues esa era la impresión que nos dio pero, no sé, bastante menos hostil. Casi temerosa. Más que pegarnos una paliza o sacrificarnos en una hoguera parecía que querían salir corriendo. Compramos un cartón de tabaco y salimos de allí lo más deprisa que pudimos. Tu padre parecía irritado. Creo que se sentía muy orgulloso de su don de gentes y no le gustaba sentir que le hacían el vacío. Tampoco le gustaba sentir que se le escapaba algo. Entonces me dí cuenta de una cosa: no había ni una mujer en todo el pueblo. Se lo comenté a tu padre al subir a la camioneta. Él se quedó callado un par de segundos, arrancó y comenzó a dar vueltas por el pueblo. Joder, dijo en español, tienes razón, Saul. Son todo tíos. Todo rabos. Igual en lugar de ser la gente del Klan son los de la Liga Gay, le dije entre risas. Él no parecía conforme. Esto no se parece mucho a Fort Lauderdale, la verdad, me respondió. Qué más da, le dije. Vámonos antes de que alguno de estos locos piense que le estamos echando el ojo a su casa y nos ametralle.

Otro cigarrillo voló del bolsillo de Kasey, que esta vez no dijo nada. Tras la primera calada, Saul dijo: ¿sabéis que legalmente cuando una persona ha sido condenada por abuso a menores y se muda a un lugar nuevo tiene que avisar a todos sus nuevos vecinos, uno por uno? Asentí débilmente. Lo he visto en las películas, pensé pero no dije por pura arrogancia, para evitar parecer un paleto. Saul sonrió. Nunca me había parado a pensar en lo duro que tiene que ser hacer eso. La verdad es que cuando pienso en pedófilos lo primero que se me ocurre es arrancarles los huevos y metérselos por detrás, no me suelo poner en su lugar, ¿hm? Pero, joder… no tiene que ser fácil. “Hola, me llamo Mickey, he violado tres niños y me mudo al final de la calle”. Bueno, pues imaginad quién vivía en Providence. Me quedé callado. Kasey respondió: ¿pederastas? Saul asintió. Todos ellos. Un pueblo de jodidos violadores de niños que se habían juntado para que nadie les juzgase. Jooooder, dijo Kasey tras soltar un largo silbido. Saul se volvió a reír. De eso me enteré a los meses, ¿eh? Seguíamos convencidos de que era algún tipo de comuna o yo qué sé, por aquí hay mucho Jesus freak al que se le va la cabeza. Pero no: putos pederastas. No volvimos a Providence, por supuesto. Al volver a Jacksonville estuve trabajando con tu padre un par de días pero un conocido mío me ofreció un trabajo de jefe de mantenimiento en una fábrica grande, así que me despedí. Lo último que supe de él es que seguía pensando en subir a Tampa. Con su jodida camioneta.


Acerca de Biyu

Biyu fue decantado hace más de treinta años en la ciudad de Zaragoza y conoció al equipo de dirección de esta publicación durante un incidente que la policía judicial consideró “horrendo pero hilarante”. De vida espesa y disoluta, su ciclo vital actual tiene lugar entre España y Estados Unidos, lugares donde diversifica su estudio de la vulgaridad elevada a arte y donde planea dejar de lado los escasos ideales que le quedan y unirse a las hordas de periodistas al servicio del status quo.

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