La decadencia de los cotillas


«El conocimiento sobre las disposiciones del enemigo solo pueden ser obtenidas mediante otros hombres». (Sun Tzu) 

corasonpartioA todos nos fascinan los múltiples fenómenos de la naturaleza, aunque cada uno tenga sus predilecciones (hay amantes de la astronomía, de la botánica, de Sálvame Deluxe…). A mí me gusta observar la decadencia del amor en los seres humanos. Para aproximarse a este fenómeno, antiguamente se requerían ciertas aptitudes cuyo aprendizaje dependía no solo de las destrezas interpretativas y persuasorias del observador, sino de la tenacidad con la que este anhelaba inmiscuirse en los asuntos de los demás. Había que recurrir a los trucos más pueblerinos y ruines, como esconderse detrás de una persiana o preguntar por la parienta. Había que consagrarse en el arte de descifrar palabras, gestos, miradas y silencios. Había que estudiar el material bibliográfico existente: cartas de amor, fotografías, regalos… (en ocasiones, la única manera de conseguir este material era el cochino hurto). Y cómo no: había que tener las orejas bien puestas.

Se podría decir así: antes, observar la decadencia del amor era un trabajo de campo: te manchaba las manos y te exponía a lesiones. Ahora, el (pseudo) anonimato de Internet nos permite contrastar 1) los «cuantísimo te quiero» de los primeros meses de vida de una relación con 2) los likes por puro compromiso de la enfermiza postración final. Para cotillas, desengañados y resentidos, las redes sociales entrañan lo mismo que las cámaras de vídeo domésticas y las hamacas para la mayoría de observadores de fenómenos naturales: la redención. El trabajo que antes correspondía al observador se ha industrializado; el esfuerzo del nuevo espectador consiste en conectarse y dejarse seducir por unos fragmentos adulterados de vidas ajenas. Ya no hace falta espiar con disimulo, ni llenar la agenda de números, ni siquiera es necesario ser un ente sociable. En Internet las parejitas nos ponen su amor en bandeja para que contemplemos cómo se pudre.

Texto de Tandro Quijada

¡Habla, Pueblo, habla!