La Exposición de los Independientes

Los pintores –son 2 o 3 en Francia– tienen verdaderamente pocas representaciones, y me puedo imaginar fácilmente su agonía cuando, durante largos meses, no aparecen en público. Ésa es una de la razones por las que acabo de engrosar el número de espectadores que van al Salón de los Independientes; aunque la mejor sea el profundo asco por la pintura que me llevaré cuando salga de la exposición, y ése es un sentimiento que a menudo no podemos desarrollar demasiado. ¡Dios mío, cómo han cambiado los tiempos! Tan cierto como que soy una persona alegre, prefiero sencillamente la fotografía al arte pictórico y la lectura del Matin a la de Racine. Para ustedes, esto exige una pequeña explicación que me apresuro a dar. Por ejemplo, hay tres categorías de lectores de periódicos: primero, el iletrado, que no sabría disfrutar para nada la lectura de una obra de arte; luego, el hombre superior, el hombre instruido, el señor distinguido, sin imaginación, que recorre el periódico porque desea las ficciones de los otros; por último, el hombre o el animal con temperamento que aprecia la lectura del periódico y que se burla de la sensibilidad de los maestros. Del mismo modo, hay tres tipos de amantes de la fotografía. Es absolutamente imprescindible meterse en la cabeza que el arte es de los burgueses, y entiendo por burgués: un hombre sin imaginación. De acuerdo; pero entonces, ¿me permitiría usted preguntarle por qué, si desprecia la pintura, se toma el trabajo de hacer un crítica de ella?

Es muy simple: escribo para hacer enojar a mis colegas; para que hablen de mí e intentar hacerme un nombre. Con un nombre uno tiene éxito con las mujeres y en los negocios. Si tuviera el prestigio de Paul Bourget me mostraría todas las noches en taparrabos en una pieza de music-hall y les garantizo que sería un éxito de taquilla. Mi pluma puede darme aún la ventaja de pasar por un conocedor que, a los ojos de la masa, es alguien para envidiar, porque es bastante cierto que no hay más de dos personas inteligentes que frecuenten el Salón.

Con lectores tan intelectuales como los míos, estoy obligado a explicarme una vez más y decir que considero a un ser inteligente solamente cuando su inteligencia tiene un temperamento, considerando que un hombre verdaderamente inteligente se parece a un millón de hombres verdaderamente inteligentes. Para mí, pues, un hombre fino o sutil es casi siempre un idiota.

El salón, visto desde afuera, me gusta, con sus carpas que le dan un aspecto de circo montado por algún Barnum; pero algunas jetas sucias de artistas van a llenarlo: ya van a llegar, ya van a llegar: pintorzuelos con el cabello largo, literatos con el cabello largo; pintorzuelos con el cabello corto, literatos con el cabello corto; pintorzuelos mal vestidos, literatos mal vestidos; pintorzuelos bien vestidos, literatos bien vestidos; pintorzuelos de aspecto sucio, literatos de aspecto sucio; pintorzuelos de aspecto elegante… no hay… no hay; pero hay artistas, ¡por Dios santo! En la calle no se verán más que artistas y será dificilísimo reconocer a un hombre. Están por todos lados: los cafés están llenos, nuevas academias de pintura abren todos los días. Con respecto a esto, siempre me pregunté cómo es que un profesor de pintura, si no enseña la copia a un cerrajero, haya podido, desde que el mundo existe, encontrar un solo alumno. La gente se burla de los clientes de los quirománticos y de los cartománticos y nunca ironiza sobre los ingenuos que frecuentan las academias de pintura. ¿Se puede aprender a dibujar, a pintar, a tener genio o talento? Y sin embargo, vemos en esos ateliers a grandulones de treinta, e incluso cuarenta años, y, ¡Dios me perdone!, tutús de 50 años, sí, ¡Dios mío!, ¡pobres fofos de 50 años! También hay jóvenes americanos de un metro noventa, de hombros felices, que saben boxear y que vienen de regiones regadas por el Misisipi, en el que nadan negros con hocicos de hipopótamos; de tierras en las que chicas hermosas con duras nalgas montan a caballo; que vienen de una Nueva York llena de rascacielos, de una Nueva York al borde del Hudson en el que duermen los torpederos cargados como las nubes. Hay también americanas frescas, ¡oh, pobres rascacielas!

Se me podría objetar que los pintores encuentran en las academias calor en invierno y un modelo. El modelo para un verdadero pintor es la vida. De todas maneras, de aquí se ve si el modelo profesional está más vivo que los yesos que copian en la Escuela de Bellas Artes; pero los clientes de la academia Matisse se burlan de los academicistas de Bellas Artes; piensen entonces: hacen pintura avanzada. Es cierto que hay entre éstos algunos que creen que el arte es superior a la naturaleza. ¡Sí, querido!

Me sorprende que un estafador del espíritu no haya tenido la idea de abrir una academia de literatura.

Penetremos en la exposición, como diría un crítico obediente. (Por mi lado, soy un cerdo.)

999 telas de 1000 figuraban con honor en el Salón de Artistas Franceses, en la Nacional o en el Salón de Otoño. El mismo Cézanne, con sus naturalezas muertas, y Van Gogh, con su tela que representa libros, estarían incluso muy bien en el Salón de Otoño. Se han burlado tanto de los pintores que utilizan pomada, vaselina y jabón para hacer cuadros, que no insistiré sobre este tema, y si cito un montón de nombres, solamente es por malicia y la única manera de vender mi número, porque si digo que Tavernier, por ejemplo, es el peor de los fracasados, y si cito a ese taradito de Zac en la mitad de una lista interminable de mediocres, los dos me comprarán, junto con los otros, por el simple placer de ver sus nombres impresos. Por otro lado, si yo fuera citado, haría lo mismo que ellos.

Hay un falso Roybet, un falso Chabas, falsos primitivos, un falso Cézanne, un falso Gauguin, un falso Maurice Denis y un falso Charles Guérin. ¡Esos queridos Maurice Denis y Charles Guérin! Cómo me gustaría darles una patada en el culo, ¡Ah! ¡Por Dios y la Virgen! Qué falso ideal el de Maurice Denis. Pinta mujeres y niños desnudos en la naturaleza, algo que no se ve nunca por estos días. Delante de sus telas, como decía un amigo mío, Edouard Archinard, se diría que los niños se crían solos y que ponerles suelas nuevas a los zapatos no cuesta nada. Qué lejos estamos de los accidentes de ferrocarril: Maurice Denis debería pintar en el cielo, porque ignora el esmoquin y el olor a pata. No me parece para nada audaz pintar a un acróbata o a una persona cagando, ya que, por el contrario, considero que una rosa hecha con novedad es mucho más demoníaca. En el mismo orden de ideas, siento el mismo desprecio por un imitador de Carolus Duran que por uno de Van Gogh. El primero es más ingenuo y el segundo tiene más cultura y buena voluntad: dos cosas bien deplorables.

Lo que dije de Maurice Denis es casi lo mismo que podría decirse de Charles Guérin y no insisto más.

Lo que sobresale sobre todo en el Salón es el lugar que ha tomado la inteligencia entre los llamados artistas. En principio, considero que la primera condición de un artista es saber nadar. Igualmente pienso que el arte, como el misterio del estilo de un luchador, se asienta más bien en el vientre y no en el cerebro, y por eso me exaspero cuando me encuentro delante de una tela y lo único que veo, cuando evoco al hombre, es una cabeza erguida. ¿Dónde están las piernas, el bazo y el hígado?

Es por eso que no puedo sentir más que asco por la pintura de un Chagall o Chacal, que nos muestra a un hombre echando petróleo en el agujero del culo de una vaca. La verdadera locura en sí misma no puede gustarme porque pone en evidencia un cerebro mientras que el genio no es más que una manifestación extravagante del cuerpo.

Henri Hayden. Si hablo primero de este pintor es porque el sombrero de madame Cravan sirvió para su confección. Confección, en realidad, de ese cuadro. Todo está mal hecho, es desagradable, aplastado por el cerebralismo. Prefería permanecer dos minutos bajo el agua que frente a ese cuadro: me ahogaría menos. Los valores están dispuestos para que queden bien, cuando en una obra que surge de una visión los valores no son más que los colores de una bola luminosa. Aquel que ve la bola no tiene necesidad de remodelar sus valores porque serán siempre falsos. Hayden no ha visto la bola, porque al menos hay diez cuadros en su tela.

Un buen consejo: tómese algunas píldoras y purgue su espíritu; coja mucho o entrénese a ultranza: cuando tenga cincuenta centímetros de perímetro de brazos tal vez se convierta finalmente en un animal, si está dotado.

Loeb. Su envío da la impresión de trabajo y no de pintura.

Morgan Russell intenta esconder su impotencia detrás de los procedimientos del sincronismo. Yo ya había visto sus telas convencionales, con sus colores asquerosos y repulsivos, en su exposición en Bernheim Jeune. No encuentro en él ningún mérito. Chagall tiene, a pesar de todo, cierta ingenuidad y un cierto color. Quizá sea un inocente, pero un inocente muy chiquito. Charmier no vale nada. Frost, nada. Per Krogh es un viejo tramposo que quiere hacerse pasar por un viejo naïf. Alexandra Exter es uno de esos pobres artistas a los que les iría cien veces mejor exponiendo en Artistes Français, porque un Bouguereau cubisteado es a pesar de todo un Bouguereau. Laboureur, sus telas, aunque también desagradables, tienen algo de vida, sobre todo esa que muestra un café con los jugadores de billar; pero el placer que proporciona mirarla no es inmenso, porque no es lo suficientemente diferente. Boussingault, he visto eso por todos lados. Kesmarky es horrible, ¡sí marqués! Einhorna, Lucien Laforge, Szobotka, Valmier, cubistas sin talento. Suzanne Valadon conoce bien las recetitas, pero simplificar no es volver algo simple, ¡vieja inmunda! Tobeen. ¡Ah, ah! Hum… ¡hum! Mi querido Tobeen (no lo conozco a usted, pero eso no importa), si Fulano de tal lo vuelve a citar en la “Rotonde”, déjelo plantado. Su pintura tiene algo (esto es amable), pero se percibe que ella le debe todavía bastantes cosas a las pequeñas discusiones sobre estética en los cafés. Todos sus amigos son unos cretinos (esto es desagradable, por ejemplo). ¡Hágame el favor de tirar a la basura toda esa dignidad! Vaya a correr por el campo, atraviese las planicies a galope tendido como un caballo; salte a la cuerda y, cuando tenga seis años, ya no sabrá nada y verá cosas extraordinarias. André Ritter envía una porquería negra. Aquí tenemos uno que es obsceno sin percatarse de que lo es. Ermein, otro estúpido. Shmalzigaug nos hace pensar que el futurismo (no sé si su tela es precisamente futurista) tendrá el mismo defecto que la escuela impresionista: la sensibilidad única del ojo. Se diría que es una mosca, una mosca frívola que ve la naturaleza y no una mosca que se embriaga con mierda, porque lo que es olor o sonido está siempre ausente, así como todo lo que parece imposible de meter en pintura y que es justamente todo.

Haber hablado tanto de Schmalzigaug no quiere decir que considere que su tela es una obra maestra, lejos de eso. Mlle Hanna Koschinski, demasiado Kochonski. ¡Pobre rusa! Marval expone un cuadro encantador. Sé que muchas personas preferirían que les dijeran que sus telas son diabólicas. Pero ¿saben ustedes toda la substancia que contienen las palabras “adorable” y “encantador”? Me haré comprender si digo que no encuentro encantadoras las flores de la nacional Madeleine Lemaire. Flandrin tiene cierto talento. Es evidente que el genio no sopla como un huracán en sus telas, barriendo los trigales y los árboles. Su pintura emana la regla general y no la regla personal, pero bien nos gustaría ver a los Gleizes y Metzinger dar algo semejante en sus cuadros cubistas. Marya Rubezac, insignificante en una de sus telas. Kulbin es la impostura.

Hassenberg, qué desagradable que es. Alice Bailly, hay alegría en su envío Le Patinage au Bois y eso ya es mucho. Yo esperaba algo horrible, porque Mlle Bailly nunca se casó. Arthur Cravan, si no hubiera estado pasando por un período de pereza, habría enviado una tela con este título: El campeón del mundo en el burdel. De la Fresnaye, yo ya había puesto el ojo en su envío al Salón de Otoño, porque su tela tenía vida. Estoy dispuesto a darle cien francos a aquel que pueda mostrarme veinte telas con vida en una exposición. Esta vez esta prodigiosa cualidad ha desaparecido en su mayor parte. (Estoy obligado a advertir a mis lectores que sólo vi dos de las tres telas que tenía que enviar, ya que la otra todavía no había llegado.) Ignoro si la crítica del judío Apollinaire –no tengo ningún prejuicio contra los judíos, y la mayoría de las veces prefiero un judío a un protestante– le provocó incertidumbre, cuando esta especie de Catulle Mendès declaró en una de sus críticas que era el discípulo de Delaunay. ¿Se habrá creído semejante patraña?

Sus dos naturalezas muertas tienen un poco la misma sequedad de aspecto de la tipografía de las tapas de los libros de M. Gide. No sé absolutamente nada de M. de la Fresnaye, ignoro qué ambientes frecuenta, pero estoy convencido de que son malos. Su nombre me dice que es noble y su pintura, que es distinguido. La distinción limita a un lado con la cretinocracia y al otro con la nobleza. Está, pues, en el medio, y como todas las cosas que están en el medio, es la mediocridad. Todo noble lleva un cretino adentro y todo cretino, un noble, porque son los dos extremos. Confinada, la distinción sólo puede ser ella misma y pertenece a los talentos. Le falta, así, a M. de la Fresnaye el último juego del color y de la libertad suprema. Este artista no debe ser uno de esos que, habiendo terminado una obra maestra, piensan: no terminé de reír. Metzinger, un fracasado que se colgó del cubismo. Su color tiene acento alemán. Me asquea. K. Malevitch, la impostura. Alfred Hagin, triste, triste. Peské, ¡qué feo que eres! Luce no tiene ningún talento. Signac, no digo nada de él porque ya se ha dicho muchísimo sobre su obra. Que sepa solamente que pienso muy bien de él. Deltombe, ¡qué imbécil! Aurora Folquer, ¿y tu hermana? Puech, la Rose rose: ¡cállate, malvada! Marcousis, la insinceridad, pero delante de sus telas cubistas se percibe que hay algo, pero ¿qué? La belleza, ¡pedazo de idiota! Robert Lotiron, quizá. Gleizes no es tampoco el salvador, porque a los cubistas les faltaría un genio para pintar sin trucajes y sin procedimientos. No creo incluso que Gleizes tenga algún talento. Es muy molesto para él, pero es así. Quizá piensen que tengo prejuicios contra el cubismo. De ninguna manera: prefiero todas las excentricidades de un espíritu por más que sea banal antes que las obras insípidas de un imbécil burgués. A. Kristians es un imitador y no un discípulo de Van Dongen.

A Kistein, pobrecito mío, le erraste fiero. Von Dongen, según su costumbre desde hace algunos años, envía lo peor que tiene al Salón. Van Dongen ha hecho cosas admirables. Lleva la pintura en la piel. Cuando hablo con él y lo miro, imagino que sus células están llenas de color, que incluso su barba y sus cabellos acarrean el color verde, el amarillo, el rojo o el azul por sus canales. Mi amor me hará escribir más tarde un artículo entero sobre él, por eso hoy digo tan poco.

De Segonzac, no he visto su envío. A juzgar por sus últimas telas, este pintor, que había dado ciertas promesas en sus comienzos, ya no hace más que canalladas. Kipling, no he visto su envío e ignoro hasta la ortografía correcta de su nombre. Me dijeron que tiene talento, pero me guardo la opinión. Comprenderán que me es imposible ver todo de una sola vez. En el próximo número no omitiré llamar la atención sobre el desconocido que hubiera podido descubrir. Es difícil guiarse debajo de las carpas cuando las telas no están todavía colgadas: uno da vuelta algunas de ellas en una sala y, como sólo ve horrores, se imagina, quizá equivocadamente, que el mirlo blanco no puede estar nunca ahí, de que hay mil probabilidades contra una de que se encuentre en cualquier lado menos en la sala de honor, ya que en la Exposición de los Independientes hay cosas tan repugnantes como una sala de honor. Szaman Mondszain, parece que me emborraché en compañía de este artista; pero ya no me acuerdo –dicen que yo estaba borracho como una cuba. Lo cierto es que este compañero olvidado le rogó a mi mujer que hablara de él y, como él le hizo ciertas zalamerías, me apresuro a obedecer. No descubrí su tela: ¡por suerte! Robert Delaunay, estoy obligado a tomar algunas precauciones antes de hablar de él. Nos hemos peleado y no quiero que él ni nadie piensen que mi crítica ha sido influenciada por eso. No me ocupo de odios ni de amistades personales. Es una gran virtud que en la hora actual, en la que la crítica sincera es prácticamente inexistente, encuentra una excelente inversión y quizá muy buenos rendimientos. Si hablo mucho del hombre y ciertos detalles los escandalizan, les aseguro que esta manera de actuar es completamente natural, ya que es mi modo de ver las cosas.

Una vez más, debo reconocer que no vi su pintura. Parece que Delaunay tiene la costumbre de enviar sus telas el último día para joder a la crítica, cosa en la que estoy de acuerdo. Aquel que escribe en serio una línea sobre pintura es lo que yo pienso que es.

Creo que ese pintor se ha echado a perder. Digo “se ha echado a perder”, aunque creo que ésa es una proeza irrealizable. M. Delaunay, que tiene una jeta de cerdo asado o de cochero de una mansión, podría ambicionar, con una cabeza semejante, hacer pintura de animal. El exterior era prometedor, el interior valía poca cosa. Probablemente exagero si digo que la apariencia fenomenal de Delaunay tiene algo de admirable. Con respecto al físico, es un queso blando: corre con dificultad y a Robert le cuesta arrojar una piedra a treinta metros. Estarán de acuerdo en que no es famoso. A pesar de todo, como decía más arriba, tiene la jeta a su favor: una cara de una vulgaridad tan provocante que da la impresión de ser un pedo rojo. Por desgracia para él –ustedes comprenden bien que me es indiferente que tal o cual tenga o no talento–, se casó con un rusa, sí, ¡por Dios y la Virgen!, una rusa, pero una rusa a la que no osa engañar. Por mi lado, yo preferiría hacer cosas feas con un profesor del Collège de France –con Monsieur Bergson, por ejemplo– antes que acostarme con la mayoría de las mujeres rusas. No quiero decir que no fornicaría una vez con Madame Delaunay, ya que, como la mayoría de los hombres, nací coleccionista y, en consecuencia, me daría una satisfacción cruel deshonrar a una maestra de jardín de infantes, más aún cuando, en el momento de romperla, tendría la impresión de estar rompiendo una lente de vidrio.

Antes de conocer a su mujer, Robert era un asno; tenía, quizá, todas las cualidades: era gritón, amaba los cardos, revolcarse en la hierba, y miraba con grandes ojos estupefactos el mundo que es tan bello sin pensar si era moderno o antiguo, confundiendo un poste telegráfico con un vegetal y creyendo que una flor era un invención. Desde que está con la rusa, sabe que la Torre Eiffel, el teléfono, los automóviles, un aeroplano son cosas modernas. Y bueno, saber mucho le ha hecho mucho mal a este simplón, no porque los conocimientos puedan arruinar a un artista, pero un asno es un asno y tener temperamento es imitarse. Veo así una falta de temperamento en Delaunay. Cuando se tiene la oportunidad de ser un animal, hay que saber seguir siéndolo. Todo el mundo comprenderá que prefiero un San Bernardo gordo y astuto a la señorita Perendengue, que puede ejecutar los pasos de la gavota, y, de igual modo, un amarillo a un blanco, un negro a un amarillo y un negro boxeador a un negro estudiante. Madame Delaunay, que es muy ce-re-braaal, si bien tiene menos conocimiento que yo, lo que no es poco decir, le ha llenado la cabeza de principios que ni siquiera son extravagantes, sino simplemente excéntricos. Robert ha tomado una lección de geometría, una de física y otra de astronomía y ha mirado la luna por el telescopio haciéndose el sabio. Su futurismo –no digo esto para vejarlo, porque creo que casi toda la pintura que vendrá derivará del futurismo, al que le falta igualmente un genio, ya que los Carrà o Boccioni son ceros a la izquierda– tiene la gran cualidad del tupé –como su jeta–, aunque su pintura tiene los defectos del apuro de querer ser cueste lo que cuesta el primero.

Olvidaba decirles que en la vida se esfuerza por imitar la pequeña existencia del aduanero Rousseau.

Ignoro si vendrá a esta exposición ataviado de un sobretodo rojo como en el Salón de Otoño, algo que no es de alguien vivo sino de un muerto, considerando que hoy en día todos los hombres son negros y que la moda es la expresión de la vida.

Marie Laurencin (no he visto su envío). He ahí una que necesitaría que le levanten la pollera y le metan una gran… en alguna parte para que aprenda que el arte no es una pose delante del espejo. ¡Oh, amanerada! (¡Cierra el pico!) La pintura es caminar, correr, beber, comer, dormir y hacer las necesidades. Por más que usted diga que soy un cretino, es así.

Ultrajar al Arte es decir que para ser un artista hay que comenzar por beber y comer. No soy una realista y el arte está felizmente fuera de todas esas contingencias (¿y tu hermana?).

El Arte, con mayúsculas, es por el contrario, querida señorita, literariamente hablando, una flor (¡oh, mi chiquita!) que sólo se abre en medio de las contingencias, y no caben dudas de que un sorete es tan necesario a la formación de una obra de arte como el pestillo de su puerta, o, para encender vivamente su imaginación, como la rosa que languidece deliciosamente, que expira adorablemente mientras larga su perfume y desfallecen sus pétalos rosados sobre el mármol de Paros virginalmente empalidecido de su delicadamente tierna y artística chimenea (¡cómo se menea!).

Arthur Cravan

P.S. – No pudiéndome defender en la prensa contra las críticas que han insinuado hipócritamente que me asemejo a Apollinaire o a Marinetti, les advierto que, si empiezan de nuevo, les voy a retorcer los órganos sexuales.

Uno de ellos le decía a mi mujer: “Qué quiere usted, el señor Cravan no anda lo suficiente con nosotros”. Que lo sepan de una vez por todas: no quiero civilizarme.

Por otro lado, debo informarles a mis lectores que recibiré con placer todo lo que consideren que estaría bien enviarme: frascos de mermelada, órdenes de arresto, licores, estampillas de todos los países, etc., etc. En cualquier caso todos los regalos me harán reír.

  1. C.

1er CIERRE DE UN INCIDENTE

Después de mi artículo sobre “La Exposición de los Independientes”, muchas personas, injuriadas por mí, se consideraron gravemente ofendidas, entre otros el judío Apollinaire, a quien yo había tratado de “jude” y que me envió sus testigos. He aquí el proceso verbal que derivó de esos hechos.

París, 7 de marzo de 1914

En un artículo de su revista Maintenant, el señor Arthur Cravan escribió: “el judío Apollinaire”. Nuestro amigo Guillaume Apollinaire, que por nada del mundo es judío, nos rogó que fuéramos a lo del señor Cravan para rogarle que rectificara su error. El señor Cravan nos respondió. He aquí su carta concerniente a nuestra misión:

“No porque tenga miedo del gran sable de Apollinaire, sino porque tengo muy poco amor propio, estoy dispuesto a hacer todos las rectificaciones del mundo y a declarar que, contrariamente a lo pude dar a entender en mi artículo sobre ‘La Exposición de los Independientes’, aparecido en mi revista Maintenant, el señor Apollinaire no es judío, sino católico romano. A fin de evitar en el futuro errores siempre posibles, agrego que el señor Apollinaire, que tiene una gran barriga, se parece más a un rinoceronte que a una jirafa y, con respecto a la cabeza, se acerca más al tapir que al león, al buitre que a la cigüeña de largo cuello.

A fin de poner las cosas en su lugar y aprovechando esta ocasión, insisto en rectificar una frase cuyo espíritu podría prestarse a un malentendido. Cuando digo, hablando de Marie Laurencin: ‘He ahí una que necesitaría que le levanten la pollera y le metan una gran… en alguna parte…’, insisto en que se lea al pie de la letra: ‘He ahí una que necesitaría que le levanten la pollera y le metan una gran astronomía en el Teatro de Varietés’.”

Arthur Cravan

Habiéndose contentado con estas explicaciones el judío Guillaume Apollinaire, acusamos recepción de su carta a M. Cravan, y, como habíamos convenido con él, la consignamos en el presente proceso verbal.

2do CIERRE DE UN INCIDENTE

Habiendo tratado a Mme. Suzanne Valadon de vieja inmunda en mi artículo sobre “La Exposición de los Independientes” aparecido en mi revista Maintenant, le aclaro al público que, contrariamente a mi afirmación, Mme. Suzanne Valadon es una virtud.

Anexo

1er CIERRE DE UN INCIDENTE

París, 6.3.1914

Señor,

Como tengo muy poco amor propio, declaro que, contrariamente a lo que pude dejar entender en mi artículo sobre “La Exposición de los Independientes”, aparecido en mi revista Maintenant, Monsieur Apollinaire no es judío, sino católico romano. A fin de evitar todos los errores posibles, agrego que M. Apollinaire no es flaco, que tiene, por el contrario, una gran barriga, y que se parece más a un rinoceronte que a una jirafa.

Por el mismo motivo, insisto en rectificar una frase que escribí sobre Mlle. Marie Laurencin: ya que dije: ‘He ahí una que necesitaría que le levanten la pollera y le metan una gran… en alguna parte…’, insisto esencialmente que se lea al pie de la letra: ‘He ahí una que necesitaría que le levanten la pollera y le metan una gran paleontología en el Teatro de Varietés’.

Señor, considéreme arrodillado a sus pies.

Fuente: Arthur Cravan, Maintenant. Seguido de crónicas y testimonios, Caja negra editora, Buenos Aires, 2010.

Traducción: M. Dupont

¡Habla, Pueblo, habla!