Santa Bárbara la bárbara


UNA PRODUCCIÓN DE EL PROBLEMA
MÚSICA SANTA SANGRE
PORTADA CARLOS PRADILLA
TEXTO RASOMON


En un momento dado dejó de escucharse. Sin previo aviso. A primera hora de la mañana del tercer día cesó la actividad. Todos recibieron la noticia con alivio y esperanza, salvo ella. Ella sabía que lo peor estaba por llegar. Durante las últimas horas se había encargado de prepararlo para que así fuera. Y no tardaría.

Pero ahora tocaba abrazarse a sus compañeros, que tenían ese brillo en los ojos de quienes han visto el final cerca y dicen sin palabras que la vida merece la pena. Los besó uno a uno con lágrimas sinceras corriendo sus mejillas. A su manera los amaba. Pronto les iba demostrar cuánto. Ella consideraba este lapso de paz necesario para despedirse con ternura. Merecían este tiempo de cariño. Se lo habían ganado con creces. Ninguno sospechaba cuando descorchaban las botellas, que ese brindis guiado por aquellas palabras tan fraternas e inspiradoras, iba a ser el último de sus vidas.

El desenlace se presentó tan inopinadamente que a nadie llamó la atención. Ya embriagados, uno de ellos había desenfundado la guitarra, los más cantaban aquella tonada victoriosa, mientras los jóvenes acompañaban el ritmo golpeando con las manos cualquier objeto que pudiese hacer ruido. Este himno recuperado de las batallas pretéritas de sus abuelos los entroncaba con la tierra, los unía por medio de lazos invisibles entre sí y, por último, los condenaba a compartir patíbulo.

Cuando empezó a declinar la ola eufórica, ella se subió encima de una caja de explosivos en el centro del círculo que espontáneamente se había formado. Señalaba a cada hombre con su dedo índice apuntando a su corazón. Después pronunciaba su nombre y apellidos, a lo que ellos respondían con gritos y saltos de júbilo. Cuando hubo terminado de dar en voz alta el parte de bajas del futuro inmediato abrió los brazos al cielo. Tras unos segundos de éxtasis, volviendo en sí, declaró:

“Soy Santa Bárbara la Bárbara. Esposa, madre e hija de todos vosotros. He luchado con vosotros. He sangrado como vosotros. He llorado a los caídos y besado a los vivos. Me pertenecéis en la misma media que yo a vosotros. Habéis dado lo mejor que teníais dentro. por eso, porque ya he visto todo el bien del que sois capaces, ahora, os voy a matar”.

Así habló. Ellos, confundidos, quisieron acercarse a ella para celebrarla. El círculo se estrechó en torno a su figura que, menuda y liviana como era, empezó a levitar envuelta en un halo de luz escarlata. Sus bocas se abrieron de asombro y poco a poco de su esófago comenzó a asomar su corazón, aún palpitante, quemando sus lenguas. Algunos trataban de volver a tragárselo empujándolo con manos temblorosas. Otros se retorcían en el suelo ahogados en sus propios sentimientos. Muchos se desmayaron nada más mirar a los compañeros. El horror corría como un río embravecido inundando el campamento.

La orgullosa patrona de esta marea se regocijaba en su ascensión hacia la luna. La noche precedió el silencio absoluto que ocultó la escena en las profundidades del bosque. Ningún animal se acercó al estanque rojo hasta la mañana siguiente, quizá por respeto o por temor. Al alba, los hedientos vapores se convirtieron en un perfume irresistible para todas las alimañas. Santa Bárbara la Bárbara no sabía amar de otra manera. Así fue.


Acerca de Rasomon

Antes de nacer incluso ya se predijo, con acierto, que Rasomon moriría algún día. Por fortuna para el género humano hace más de dos tardes que el susodicho toma té de vainilla los días pares de meses alternos. Su modo de preparación es el secreto que mantiene ocupado a los cabalistas desde hace un cuarto de hora aproximadamente. Cada fotograma mantiene intacto su sabor ancestral gracias al hervido de película a la manera tirolesa. La razón por la que Rasomon hiberna tras cada telediario habría que buscarla en el baño, pero cualquiera se adentra tras el positivado del papel higiénico. Lo único cierto a estas alturas es que allí abajo hay algo y si no pregunten en la sección de conservas de su dentista más lejano. Él no sabrá nada de Rasomon pero el aire tampoco tiene hebras desde el siglo III y nadie se queja.

¡Habla, Pueblo, habla!