1 de mayo de 2022

Este texto forma parte de la serie de relatos neonormales por entregas que publicamos cada viernes.

Ilustración por Raspilla.

Todo se precipitó en la trigésimo cuarta semana de confinamiento. El Plan para la Transición hacia una Nueva Normalidad había alcanzado la fase final en la mayor parte del territorio español, pero algunas zonas se habían visto obligadas a rectificar en varias ocasiones y volver a confinar a sus habitantes. Donde peor estábamos era en Madrid, donde ya habíamos tenido que retroceder tres veces, de la fase cuatro al confinamiento estricto de las primeras semanas. Parecía que avanzábamos de nuevo, se nos permitía salir un poco, pero la Nueva Normalidad no terminaba de cuajar; los contagios no dejaban de multiplicarse y mucha gente seguía muriendo. Miles de empleos se habían perdido ya y la mayoría de los pequeños negocios se habían hecho a la idea de que no abrirían de nuevo. La gente empezaba a desesperarse.

Fue entonces cuando la Comisión para la Reconstrucción Social y Económica tuvo que aceptar lo evidente, y anunció que la situación en Madrid estaba fuera de control, que no quedaba más remedio que dar la ciudad por perdida y que habían decidido cortarnos todos los suministros y vías de acceso. En la capital era imposible respetar las estrictas medidas sanitarias de la Nueva Normalidad: éramos demasiados y nos gustaba en exceso apretujarnos en las calles, llenar a rebosar los locales públicos. «La desescalada en Madrid es impracticable», nos dijeron. «El riesgo de que haya un repunte en los contagios es demasiado elevado y no lo podemos asumir. La única oportunidad de salvar al resto del país, de que los demás podamos seguir adelante, pasa por sacrificar la capital».

Ese mismo día muchos de nuestros conciudadanos todavía no lo creyeron, salieron a aplaudir a los balcones a las ocho en punto, como si nada pasara. Una vez más nuestro orgullo nos podía. ¿Cómo iban a sacrificarnos a nosotros, a la entera población de la capital del reino? ¿Es que al resto de España no le importaba lo que nos pasara? Y además, ¿eran conscientes de lo que esto iba a suponer también para el resto del país, prescindir del faro que guiaba a la nación, la ciudad en la que todo sucedía? «¿Dónde irán ahora los provincianos a ver el musical de El Rey León, las luces de navidad de la Gran Vía?», comentaban jocosos los escasos parroquianos de los bares, entre mamparas de metacrilato; pero no era ninguna broma. 

A pesar de que los borregos descreídos de siempre se negaron a aceptar que España ya no nos quería, que nos abandonaba a nuestra suerte, los disturbios de una minoría rebelde no se hicieron esperar. El mismo día del anuncio, al caer la noche, un resplandor tembloroso en nuestra calle nos hizo asomarnos por la ventana de casa. Algunos vecinos gritaban desde sus balcones que le habían prendido fuego al centro comercial. Salimos con miedo pero también con la emoción de saber que algo decisivo estaba a punto de suceder. Imposible olvidar esa imagen: un autobús 54 en llamas incrustado en la fachada del edificio, y decenas de personas atravesando las cristaleras rotas cargados con todos los víveres que habían podido sacar del supermercado, con televisiones, montañas de ropa. Por la Avenida de la Albufera, unos jóvenes se dejaban caer dentro de un carrito de la compra fuera de control, gritando de júbilo, de terror, o de una mezcla de ambas cosas. Una estela de papel higiénico ondeaba al viento a su paso. Era una imagen de destrucción, de caos absoluto, pero para nosotros, que llevábamos años anticipándonos a este momento, verlo hacerse realidad tenía algo de poético.

Porque este, ahora sí, era el día para el que tanto nos habíamos preparado. Una vez cayese Madrid, el resto de España la seguiría, quien creyera lo contrario sólo estaba engañándose. La Nueva Normalidad siempre fue una utopía, quizás posible por un tiempo en los países nórdicos, quizás para los alemanes y los neerlandeses, tan disciplinados, pero nunca para nosotros. Y aunque tardasen un poco más, también nuestros vecinos del norte terminarían por hundirse. La mecha se había prendido en ese centro comercial del sur de Madrid, y seguramente ardían ya otros edificios en otros lugares. Ahora era sólo cuestión de tiempo que el resto de la ciudad, el resto del país, el resto del mundo, ardiesen también: era el principio del fin; era, esta vez de verdad, el colapso definitivo de la civilización humana.

Nosotros decidimos huir. Hacía semanas que teníamos todo preparado, sólo esperábamos el momento justo. Nuestro trabajo hasta entonces había sido, primero, advertir de las señales del apocalipsis, para intentar evitarlo; más tarde, habíamos profetizado su inminente e inevitable llegada. Ahora que ya estaba aquí, nuestra misión había terminado. Esa misma noche, cargamos nosotros también dos carritos de supermercado con todos los víveres que nos fue posible, algunas herramientas, semillas, y una copia de la Guía para la vida autosuficiente de John Seymour. Emprendimos el viaje hacia el sur, alejándonos de la ciudad. Gracias a que reaccionamos rápido, logramos escapar sin contratiempos, pero probablemente sólo faltaban unas horas para que el ejército se desplegara y cortara el paso a quien pretendiera marcharse. 

Habíamos acordado dejar todo atrás, sin permitirnos caer en la nostalgia del mundo perdido, pero nos concedimos un último acto de sentimentalismo e hicimos una parada en el IKEA de La Gavia —que las hordas enfurecidas aún no habían arrasado—, de donde nos llevamos un par de muebles. Los conservaríamos como la reliquia última del momento en el que la Humanidad alcanzó su cima en forma de eficiente diseño escandinavo, antes de precipitarse en su caída final. A la altura del Jarama, nos deshicimos de nuestros teléfonos móviles, arrojándolos al agua, y fue ahí donde cortamos definitivamente todo contacto con la civilización agonizante que habíamos dejado atrás. No necesitábamos la tristeza de ver cómo el mundo se destruía, nos bastaba con saber que lo estaba haciendo, y que nosotros, de quienes tanto se burlaron durante años, resultaba que teníamos razón.

Ahora que ya ha pasado bastante tiempo desde entonces —no estamos muy seguros de cuánto—, creemos poder afirmar que somos dos los únicos supervivientes de la raza humana sobre la faz de la Tierra. Aceptamos este hecho, que somos los últimos representantes de nuestra especie, con toda la humildad de la que somos capaces. Al igual que Adán y Eva inauguraron nuestra estirpe, nosotros seremos quienes concluyamos el legado de todo lo que hemos sido en nuestro paso por este planeta. Por extraño que parezca, la inmensa responsabilidad de extinguir a los humanos cuando llegue la hora de nuestra muerte no nos pesa, como sí lo hacían tantas de las responsabilidades que nos lastraban en nuestra antigua vida. 

Tras varios días de travesía, encontramos un lugar en el que establecernos, y ahora vivimos, sin medir el tiempo, en un pequeño refugio que hemos construido con palés, cajas de fruta y nuestras torpes manos millennials, que tienen que reaprender todo aquello que nuestros ancestros fueron olvidando generación tras generación para sustituirlo por la tecnología. Nos hemos acostumbrado a la compañía de dos cabras, a las que hemos bautizado Utopía y Colapso, y cultivamos nuestros propios vegetales. Después de muchos intentos, la tomatera acaba de agarrar. Algunas veces nos preguntamos si no deberíamos sentirnos culpables por haber sobrevivido, estar más tristes porque todo lo que conocíamos haya dejado de existir para siempre. «No hay futuro», coreamos durante años, asfixiados por la precariedad existencial y el miedo a la crisis climática. Pero ahora que el futuro realmente ya no existe, ni para nosotros ni para nadie, hemos hallado en esta certeza una inesperada forma de paz. 

***

—Fernández, recuerde que necesito que me termine ese informe antes de las tres, no se me distraiga.

Fernández se ha abstraído un momento, mirando por la ventana. Empieza a apretar el calor y cuando pega el sol directamente en el techo de chapa, el ambiente dentro del barracón empieza a ser un poco agobiante. La voz de su jefe le saca de su ensoñación. Fernández vuelve la vista a la pantalla del ordenador, donde la cabeza de su jefe, desde su despacho en Chamberí, le observa severo.

—Sí, sí, sin problema. Para las tres lo tengo.

Fernández se ha distraído porque ha recordado que justo hoy es el primer aniversario desde que se dio por terminada oficialmente la Transición a la Nueva Normalidad en toda España, cuando por fin, después de más de un año en cuarentena, Madrid logró superar la fase cuatro. Recuerda la tensión de los últimos meses, en los que parecía que aquello no iba a terminar nunca, y la gente empezaba a ponerse nerviosa. En la semana treinta y pico hubo un momento en el que parecía que iba a estallar todo, cuando le hackearon la cuenta de Twitter al ministro de Sanidad y anunciaron que se iba a sacrificar la ciudad de Madrid para poder superar la epidemia. Una broma de mal gusto; pero mucha gente se lo creyó y hubo algunos disturbios, asaltaron un Mercadona en Vallecas y algunos alborotadores la liaron un poco, pero al final la cosa quedó en nada. 

Fernández recuerda ahora, no sin algo de vergüenza, haber sentido también su propia rebeldía despertar en algunos momentos de la larguísima cuarentena. Recuerda leer en las primeras semanas un artículo de Žižek donde auguraba la muerte del capitalismo y el renacer de un comunismo más necesario que nunca, recuerda haber sentido su sangre contagiada del ardor de la revuelta, y un sentimiento de comunión con sus conciudadanos que cada noche salían al balcón a aplaudir. Los sentía dispuestos a todo, a punto de salir en masa a hacer barricadas en llamas: Fernández tenía la impresión de que, en cuanto viese a uno de sus vecinos en la calle con un neumático y un bidón de gasolina, le seguiría de inmediato, se arrojaría sin dudar a los brazos de la Revolución. Ahora, con perspectiva, Fernández se da cuenta de que sólo era por la tensión acumulada de tantas semanas de incertidumbre, de estar encerrado sin ir al gym, pero en aquel momento lo sentía todo muy auténtico.

En realidad la Nueva Normalidad no es tan distinta de la antigua, gracias a dios. Es verdad que las cosas fueron difíciles al principio, hubo que adaptarse. Se perdieron muchos empleos, muchas empresas quebraron, los sectores del turismo y la hostelería recibieron un palo del que todavía tienen que recuperarse. Fernández también recuerda que le incomodaba el discurso heroico y cursi que empezó a inundarlo todo, aunque no sabía explicarse a sí mismo por qué. Le rechinaba esa retórica que ensalzaba el sacrificio colectivo y hablaba de luchadores y de arduas batallas ganadas con el sudor de todos. El anuncio de la lotería de esas navidades le pareció más asqueroso que de costumbre. 

Pero poco a poco parece que las cosas empiezan a encauzarse. Es verdad que la gente ahora sale menos de casa que antes, que la hostelería vive horas bajas. Pero también se pide más por Glovo, y eso, bien mirado, también genera empleo, que es de lo que se trata ahora. Se trata de remontar. Muchos bares y restaurantes no pudieron volver a abrir. Pero todavía quedan muchos 100 montaditos, con terrazas grandes entre las que vuelven a picotear migajas las palomas, y la cerveza fría es cerveza fría, después de todo. Las aerolíneas de bajo coste acaban de anunciar que van a volver a abrir sus rutas internacionales para este verano, gracias a un ambicioso programa de voluntariado de personal de cabina, que hará posible que todos tengamos de nuevo acceso a un derecho humano fundamental como es el turismo.

Dentro de lo que cabe, Fernández tuvo suerte. La consultora para la que trabaja consiguió sobrevivir, aunque obviamente a todos les tocó apretarse un poco el cinturón. La empresa ya no podía permitirse el alquiler de sus antiguas oficinas en el centro, así que, como tantas otras que salieron a duras penas de la crisis post-pandemia, se vio forzada a construir barracones en la periferia de Madrid desde donde trabajaría el grueso de su plantilla. Fernández y sus compañeros se desplazan hasta allí todos los días, y sus jefes teletrabajan, por lo que se ha reforzado la vigilancia de los empleados por vía telemática. También la actividad principal de la consultoría ha tenido que mutar, ahora se centra en asesorar a otras empresas que necesitan reorganizar drásticamente su plantilla para capear la crisis, eludiendo las múltiples trampas que pone la Inspección de Trabajo. Fernández es un experto en guiar a sus clientes a través de los agujeros legales del sistema. Le gusta pensar su trabajo como una labor creativa. Un suave carraspeo le vuelve a recordar que su jefe puede verle a través de la cámara del ordenador, y se centra de nuevo en la tarea que tiene pendiente.

Por las tardes, cuando vuelve al centro en autobús, a Fernández le gusta disfrutar de la visión de Madrid recortándose contra el cielo, haciéndose cada vez más grande a medida que se adentra en ella. Mirar su ciudad es lo que más echó de menos estando confinado. Al fondo, si el día está despejado, se puede intuir la silueta del sexto rascacielos que están construyendo en la Castellana. Madrid seguirá siendo el lugar donde todo sucede, eso nunca nos lo podrán quitar, piensa Fernández con satisfacción. En su largo trayecto hasta casa, Fernández también tiene tiempo de fijarse en las construcciones improvisadas que se han vuelto a multiplicar, como hace décadas, en el extrarradio de las grandes ciudades. Una de las chabolas, no muy lejos de la carretera, llama su atención especialmente, y a diario la busca con la mirada. Está separada de todas las demás, como si en realidad no perteneciera a ese entorno. Tampoco sus ocupantes, a los que Fernández les echa más o menos su edad, parecen estar en el sitio que les corresponde. Todas las tardes le vuelve a sorprender ver la misma escena: un hombre y una mujer, agarrados de la mano, tendidos en lo que Fernández juraría que son dos poltronas raídas modelo Poäng, toman el sol completamente desnudos. A veces dos cabras parduzcas corretean a su alrededor. 

Su fascinación por estos personajes es tan grande, que a veces Fernández se sorprende fantaseando con la idea de bajar del autobús y ofrecerles su ayuda, decirles que pueden regresar a la civilización, que no tienen necesidad de vivir de esa manera. Hay algo en ellos que no le cuadra. Parece que estén de vacaciones en la playa y no viviendo en un chamizo junto a la A-3. Al principio, Fernández pensaba que este impulso de ayudarles se debía a que le daban lástima; siempre ha sido una persona empática y altruista. Pero esta tarde, en el autobús al volver del trabajo, Fernández se revuelve inquieto en su asiento, porque al mirarlos, tan despreocupados, de pronto siente una punzada en un lugar distinto a donde le pinchan las agujetas después de una sesión de crossfit, una punzada que se parece un poco a la envidia.

 

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