1931: Viva la República catalana

El problema de la integración de Cataluña en España no es nuevo. La II República tuvo que lidiar con él desde el mismo momento de su proclamación, cuando Cataluña se autoindependizó aprovechando la situación. Josefina Carabías, la primera mujer periodista de España, lo cuenta en su libro Azaña, los que le llamábamos don Manuel.
Proclamación de la república catalana en la plaza de Sant Jaume el 14 de abril de 1931

El “salvoconducto” terrible

El 15 de abril de 1931 se declaró también día de fiesta y siguió la algazara. Pero aún no habiéndose producido ningún desmán ni ocurrido ningún suceso callejero lamentable, el recién construido gobierno y muchos de nosotros sufrimos una primera y gran contrariedad.

A la hora del aperitivo del mediodía llegó al Café Lión Melchor Fernández Almagro, al cual había pillado la proclamación de la República en Barcelona. Venía triste, preocupadísimo. Casi sin decirnos nada a sus amigos, se acercó a la mesa donde estaba Sánchez Román y, sacando del bolsillo un papel, se lo rentregó para que lo leyera. A Sánchez Román se le puso todavía peor cara que a Melchor.

  • Usted que conoce a Azaña, vaya inmediatamente al Ministerio a enseñárselo. Si no quiere ir solo yo le acompañaré. ¡Esto es gravísimo!

Ya de pie los dos nos enseñaron el papel a los que estábamos en la mesa de al lado. Era un salvoconducto y el encabezaiento decía en letra impresa: REPÚBLICA CATALANA.

Después seguía algo así como «Permítase la salida del territorio de “l’Estat Català” a don Melchor Fernández Almagro». Quiero recordar que decía más cosas. Pero lo esencial era eso.

El coronel Maciá había proclamado desde el balcón de la Diputación (reconvertida en Generalitat o sede del gobierno catalán), no la República a secas como en todas partes, ni la República española, sino lisa y llanamente la República catalana, el Estado catalán.

Azaña: “La República no puede empezar reconociendo señoríos feudales ni templando gaitas.”

Ignoro si el Gobierno tuvo la noche anterior noticias de hecho. Pero como las comunicaciones eran más lentas y la radio que más se oía en Madrid era la de Madrid, probablemente la primera persona que llegó con una prueba tan terminante fue nuestro amigo Melchor. Además una cosa era la palabrería, lo que se pudiera gritar en catalán desde un balcón, y otra cosa era un documento, un impreso relleno a nombre de una persona seria y responsable.

  • Así, no sólo han proclamado la República catalana sino que exigen pasaportes para salir de Cataluña. Como si Madrid fuera otro país y otra República.
  • Eso hay que llevárselo en seguida a Azaña. Es el único con energía suficiente para arreglar este asunto, si es que tiene arreglo -insistió Sánchez Román.
  • ¿Por qué no habla usted antes con Prieto, que es tan amigo suyo y sobre el que usted tiene tanta influencia?
  • Es muy impulsivo. Además, este asunto de las autonomías le tiene en ascuas, porque a él lo que más le importa es el Norte y temería que los vascos nacionalistas, que por añadidura no son republicanos, aprovechen para hacer una barbaridad mayor. Si ve ese papel, lo que hará será irse inmedianamente a Bilbao, no a Barcelona, que es adonde hay que ir.

Otro contertulio, creo que fue García Tréllez -primer pasante e íntimo amigo de Sánchez Román-, hombre poco o nada comprometido en política, pero identificado con su maestro, dijo en su tono sereno e inalterable:

  • Lo que a mí no me cabe en la cabeza es que un Gobierno, por pocas horas que lleve en el poder y por mucho que se les hayan subido a la cabeza las aclamaciones, no esté enterado de eso. ¿Es que no hay teléfono? ¿No dicen que Maura se puso en contacto durante la noche con los gobernadores civiles? Tienen que saberlo y se supone que habrán tomado las medidas oportunas.

Creo que fue el doctor Vicente Cebrián, personaje simpatiquísimo, listo, ocurrente, gran animador de aquella tertulia de Sánchez Román, que casi siempre se producía en tono susurrante y misterioso, quien dijo en su tono habitual:

  • ¡No seáis tontos! Lo más probable es que estén en ayunas en esto, como lo están de tantas otras cosas. Ayer estaban en casa de Miguel Maura disponiéndose para ir a «tomar» Gobernación, les dieron por teléfono la noticia de que Maciá había proclamado al mediodía la República desde el balcón de la Generalidad al grito de «¡Viva España!» Naturalmente, eso les puso contentísimos.

Melchor Fernández Almagro, cada vez más preocupado, dijo:

  • La verdad es que yo, lo de la proclamación, no lo vi. Pero lo que sí oí fueron muchos «viscas» a la República catalana. Pocos a España, algunos más a la República a secas y también me tropecé al ir hacia la estación con un grupo que gritaba «¡Viva la República española!» en castellano y con acento aragonés. Llevaban una rondalla y cantaban jotas de vez en cuando. Otros grupos les contestaban con gritos de «¡Visca Catalunya lliure!». Luego se abrazaban unos con otros. Pero lo cierto es que a mí, para salir, me hizo falta el papelito. Aquí lo tenéis…
  • Pues, por si acaso, hay que ir en seguida al Ministerio de la Guerra. Lo más unificado es lo militar. Las únicas autoridades que no se han movido de sus puestos son los capitanes generales, a quienes Azaña ordenó anoche mismo que sigueran donde están y cumpliendo con su deber hasta nueva orden. Parece que de los gobernadores civiles, Maura no pudo entrar en contacto telefónico ni con la mitad. Los otros se habían «replegado» hacia no se sabe dónde.

Manuel Azaña y Francesc Maciá

Los ministros que volaron

Nunca pude averiguar si el Gobierno sabía o no lo que había ocurrido en Cataluña la víspera o si lo supo cuando vio el «salvoconducto» de Melchor Fernández Almagro. Lo único cierto es que, tan pronto como se reunieron los ministros, que fue en seguida, estuvieron de acuerdo en que debía trasladarse lo antes posible a Barcelona una comisión a fin de hablar con Maciá y deshacer el entuerto fuera como fuera.

El gobierno de Madrid había estado relativamente tranquilo, gracias a que Companys estaba haciendo equilibrios en la cuerda floja. Companys estaba muy pendiente de Madrid, cualquiera que fuese su actitud posterior, siempre desbordado por los fanáticos. Él fue quien izó la bandera republicana española antes o al tiempo que la catalana en el Gobierno Civil y en el Ayuntamiento. Y si algún «viva España» se profirió desde los balcones fue probablemente suyo. Él era quien hablaba con el ministro de la Gobernación, con el de la Guerra y, en fin, quien no perdió el contacto con Madrid ni un solo momento.

Maciá era hombre de un fanatismo tan tenso y susceptible que cualquier roce le causaba una herida.

De todos modos, había que poner las cosas en claro lo antes posible. Que no se produjeran más escándalos como el del «salvoconducto» de Melchor Fernández Milagro, que seguramente recibieron muchas otras personas, que no le dieron importancia. Unos por unas razones y otros por otras, Ia cuestión es que aquellos días todo el mundo andaba con la cabeza fuera de su sitio, salvo aquella especie «cátedra» que era la tertulia de don Felipe Sánchez Román en el «Café Lión».

No fue hasta lo menos tres días después cuando el Gobierno resolvía enviar a Barcelona tres ministros. Fueron en avión, lo cual demuestra que había prisa. Los personajes civiles jamás se habían subido a un avión. Ni siquiera se pensó en ese medio para que el rey llegase antes a Cartagena. La prueba de que era cosa insólita es que los periódicos dieron más importancia a la noticia de los “primeros ministros voladores” que al grave asunto que había determinado que se tomase aquella “resolución heroica”.

Los tres ministros, que no vacilaron ante la “heroicidad” estaban bien elegidos. Uno de ellos era Marcelino Domingo –catalán castellanizado, es decir, que no hacía política regionalista, sino que era personaje de talla nacional–, Luis Nicolau d’Olwer, catalán “ejerciente”, o sea que representaba a Cataluña en el Gobierno provisional, habiéndosele atribuido la cartera de Economía, tan importante para los intereses catalanes, y don Fernando de los Ríos, quien con su presencia, su barba respetable, su autoridad como catedrático de Derecho Político, su inmensa erudición histórica y su dominio de la dialéctica, estaba como de hecho de encargo para imponer respeto con la fuerza de su sabiduría y de su prestigio, a fin de desenvolver los argumentos necesarios para que el coronel Maciá se convenciera de que había que hacerlo todo conforme a las reglas jurídicas y a los compromisos establecidos.

Lo que consiguieron fue solo “echar un remiendo” a la situación. No se habló más de “República catalana” ni de “Estado catalán” –como había hablado Maciá los primeros días– y se convino en que el Presidente del Gobierno, don Niceto Alcalá Zamora, haría un viaje a Barcelona tan pronto como se lo permitieran las circunstancias críticas que exigían su presencia en Madrid.

El coronel Maciá quería hablar “de Presidente a Presidente”, el único interlocutor válido para él era Alcalá Zamora. Así pues, con el voto en contra de algunos ministros, principalmente de Azaña, quien, a pesar de los “sambenitos” que le colgaron después, era hombre de tendencia centralista y temperamento jerarquizante, por lo cual seguía y siguió creyendo que el Presidente del Gobierno de la nación no era el interlocutor apropiado para el “autotitulado” presidente de una región, todavía no declarada autónoma.

Niceto Alcalá Zamora y Francesc Maciá

Azaña no quería

Sin embargo, don Niceto creyó que no era el momento de crear más problemas ni de complicar la situación, ya de por sí delicada, con “tiquismiquis” protocolarios y decidió complacer a Maciá anunciando que saldría de Madrid el 25 de abril por la noche para llegar a Barcelona el 26 hacia mediodía.

No era cosa de repetir el sensacionalismo del avión que, además de peligroso, daba la impresión de cosa precipitada por razones de urgencia y de ningún modo se prestaba a la solemnidad que, desde casi un siglo atrás, rodeaba a los recibimientos en las estaciones de ferrocarril engalanadas.

En principio, el coronel Maciá se había salido con la suya. El Presidente del Gobierno de la nación iba a visitarle en lugar de venir él a Madrid a presentarse al gobierno, como sostenía Azaña con todo fundamento.

  • Es él quien tiene que venir. La República no puede empezar reconociendo señoríos feudales ni templando gaitas –repetía.

Sin embargo, las cosas salieron al revés y quien se llevó la baza fue el Gobierno central.

Nadie podía imaginarse que don Niceto tuviera en Barcelona un recibimiento como el que tuvo. Toda la ciudad se echó a la calle –igual o más que el 14 de abril– y Alcalá Zamora estuvo rodeado de multitudes y aclamaciones desde que se apeó del tren hasta que volvió a subir.

El zumo de la uva moscatel andaluza fue el que zanjó estos tres días de república catalana en 1931.

Lo más curioso de todo fue que el Presidente de Madrid supo desplegar tal habilidad que, además de “conquistar Barcelona”, como se solía decir en los términos estereotipados de los periódicos, se conquistó al propio Maciá. El viejo coronel, semejante por fuera a la estampa de don Quijote, era también quijotesco por dentro. La nobleza, la sencillez y la cordialidad andaluza de Alcalá Zamora pudieron más que la aparentemente inquebrantable intransigencia de aquel hombre, también noble, pero de un fanatismo tan tenso y susceptible que cualquier roce le causaba una herida. Don Niceto supo convencerle para que esperase a la aprobación del Estatuto. Además, a la fuerza de buenas palabras, entre abrazo va y abrazo viene, el seco Maciá, el viejo sarmiento de la “rabassa” se conmovió tanto con el zumo de la uva moscatel andaluza, que nació entre ellos una verdadera amistad que duró mientras vivió el coronel. Un par de años solamente.

La proclamación de la república catalana en 1931 y 2017

 

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