Amar a España para conocerla

Llegan las Santas Pascuas, y con ellas el ayuno y el cirio, la Pasión y la Santa Procesión de los Seres. Al igual que para Plotino la procesión de todas las criaturas era la nota cristiana que le faltaba a la síntesis y el análisis expuestos en el Fedro platónico, ¿qué es para nosotros, españoles seculares, interpretadores, la Primera Carta a los Corintios? ¿Qué decir de su enigmático autor, Pablo de Tarso, el gran iluminado, el gran converso, que nunca llegó a perdonarse el haber perseguido a los cristianos en su pasado pagano? Que no os engañen con la devoción y con la confesión de vuestros pecados. ¡En lugar de confesar vuestros humildes pecadillos (que a nadie le importan), interpretad!

Abascal mirando al horizonte, con su pistola y su Constitución en el pecho.

He aquí, pues, una interpretación de la carta, escrita en Éfeso (costa occidental de Anatolia) en alguna fecha del año 54 al 57. Pablo, aquél que, como nuestro Abascal, se presentó ante los antiguos romanos «débil y con mucho temor y temblor. Mi palabra y mi predicación no consistían en hábiles discursos de sabiduría, sino en demostración de espíritu y de poder». ¿No es así como aparece el líder de Vox, el primer político que omite preguntas que no sabe, y que admite no haber reflexionado sobre ciertos temas? Porque Abascal sabe que es un San Pablo secularizado, que viene a echar fe sobre la trenzada sabiduría de los podemitas, a mostrar su corazón ante las frías disquisiciones de Daniel Lacalle. Abascal se yergue solemne ante su Pueblo, y en lugar de hablarle del Señor, que ya está un poco viejete, le habla de una moza jovial y castiza: España y su Unidad. Santi no es tonto, sólo debe cambiar una palabra de la Carta: «Quien tenga orgullo, que lo tenga en el Señor [vale decir: en España]», 1, 31.

Es por eso que la cantinela de Abascal es la unidad de la nación, al igual que las tribulaciones de Pablo, que pretendía sancionar la discordia y los brotes de inmoralidad que proliferaban por Corinto. Y es que en Corinto hay quien dice que es de Cefas, otro que es de Apolo (no el Dios griego, sino un predicador cristiano), otro que es de Cristo, otro que es de Pablo. Por otra parte, en el pueblo conviven cristianos con griegos y judíos: «Ahí están, por un lado, los judíos pidiendo señales: y los griegos, por otra, buscando sabiduría», 1, 21. Pablo es un incendiario, como nuestro amigo Abascal. Pablo maneja a la perfección la acusación y la diatriba. Se parece en esto a los grandes predicadores, a Marx, a Nietzsche, al propio Cristo: «Lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros estéis en comunión con los demonios», 10, 20. Tampoco le falta la soberbia propia de los mentados filósofos: «Yo quisiera que todos los hombres fueran como yo. Pero cada uno tiene recibido de Dios su propio don: unos de una manera, y otros de otra», 7, 7. Por su parte, Abascal, que según Losantos siempre va armado, también quiere que todos los españoles sean como él: así se entiende que el partido incluyera la tenencia legal de armas como una de sus propuestas.

Pablo no soporta a los judíos porque quieren más señales, siguen creyendo en los indicios, en la Tierra Prometida, podríamos decir, desde nuestra perspectiva actual, que siguen anclados al Antiguo Testamento. Tampoco soporta a los paganos, y precisamente por sus ansias de conocimiento. Éste es uno de los dos hilos conductores de la Carta, junto al objetivo de reconciliar la Iglesia de Corinto. Pablo persigue la unidad de la Iglesia, y para ello reclama la fe de los corintios, su amor, su esperanza. En la Carta encontramos un bello discurso sobre el amor: «Si hablo las lenguas de los hombre y de los ángeles, pero no tengo amor, soy como bronce que suena o como címbalo que retiñe», 13, 1. Este amor ha de oponerse al impío conocimiento de los griegos, que pretenden alzarse sobre Dios en cuanto al conocimiento del mundo. La tesis de Pablo es que el conocimiento llegará después del Juicio Final, cuando dejemos de ver «borrosamente como en un espejo», y veamos las cosas «cara a cara». Antes de ese momento, cualquier intento de conocer es vano. Sólo la esperanza de que se conocerá (en futuro) salva: «Ahora conozco imperfectamente; entonces conoceré cabalmente, con la perfección con que fui conocido», 13, 12. Yo creo que este desprecio por el conocimiento, este deseo de normas rígidas y fáciles de asimilar, está en la esencia del programa y el espíritu de Vox. También está en los ataques epiléptico-verbales de Losantos y en la sabiduría psicodélica y burda de Sánchez Dragó, quien odia la política porque no la entiende. Vox es un partido apolítico en este sentido: desdeña el carácter complejo de lo político, quiere volver al estadismo imperial, y una prueba de ello es que Abascal ni sabe ni quiere oír una palabra de geopolítica. Preguntado por Putin, por Macron, por relaciones internacionales en general, su respuesta es que no ha pensado en eso, que su única preocupación es España.

Durante su visita al refugio de Dragó en Castilfrío de la Sierra, Abascal probó el buen Gol soriano.

Este simplismo político se muestra en la Carta en la forma de prédicas y sanciones. Pablo amonesta a los pecadores corintios de muy diversas formas, y es de esas amonestaciones que surgen interesantes apuntes ultrarracionales para el presente:

  1. UN CASO ESCANDALOSO: Un hijo ha yacido con su madre: «que ese hombre sea entregado a Satanás, para que se destruya lo puramente humano y el espíritu sea salvo en el día del Señor», 5, 5. El Obispado de Alcalá de Henares se está mostrando más sutil en cuestiones de lujuria, y en lugar de entregar al demonio a los depravados homosexuales, está intentando extraérselo con sacacorchos.
  2. RECURSO A TRIBUNALES PAGANOS: Un pleito entre dos hermanos está siendo dirimido por un juzgado pagano. ¡Intolerable! Igual de intolerable como que el juicio al Procés lo lleve a cabo el Tribunal Constitucional. Desde Homo Velamine exigimos un juicio por combate entre Abascal y Puigdemont. ¡Sólo la Justicia Divina puede dirimir la discordia, igualmente divina, puesta en marcha por un independentismo sin razón de ser!
  3. VUELCO DEFINITIVO A LA LEY DE VIOLENCIA DE GÉNERO Y A LA DICTADURA DE LO PROGRE: «Ni lujuriosos, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni calumniadores, ni salteadores heredarán el reino de Dios», 5, 9. En concordancia con el espíritu de esta Carta, exigimos que ningún miembro LGTBIQ+ pueda heredar el Reino de España, ni gozar de la protección del Estado, forjado en la virilidad de Pelayos, Corteses, Felipes y Urdangarines.
  4. EL PECADO DE LUJURIA: La fina prosa de Pablo convence más que cualquier prédica de cualquier obispo del «catolicismo cobarde» actual: «¿O es que no sabéis que el que se junta con la prostituta se hace con ella un solo cuerpo? Porque serán los dos una sola carne […] ¿O no sabéis […] que no os pertenecéis a vosotros mismos?», 6, 16-19. Sólo Dios guarda la procreación dentro del matrimonio.
  5. MATRIMONIO Y SOLTERÍA: Usad el matrimonio, y cualquier institución avalada por el Estado, para vuestro propio interés. Así lo explica el Santo: «La mujer no es dueña de su propio cuerpo, sino el marido; lo mismo que el marido no es dueño de su propio cuerpo, sino la mujer», 7, 4. El matrimonio es para el cristianismo un mal menor, antes del mal absoluto que es arder en el infierno ante el pecado de la lujuria. El que sienta demasiado cerca los tentáculos de la tentación, ¡que se case! Así su lujuria será permitida. Porque ojalá todos pudieran sentir por España lo que siente el guerrero corazón de Abascal: «Yo quisiera que todos los hombres fueran como yo», 7, 7. Pero ante semejante imposibilidad, recréate en los símbolos patrios. Si no puedes ser como Abascal, búscale entre la leve sombra de sus mitos: recorre las peripecias del Cid, pímplate un Imperial cada domingo, caza, reza, surca el cielo de Soria en busca de la esencia perdida, y esboza una sonrisa paternal ante el próximo caso de violencia machista.
  6. LA IDOLATRÍA: El Dios uno que es España se ve atacado por diversos frentes: los defensores de la Ley de Memoria Histórica, que quieren reactivar la Guerra Civil, los independentistas catalanes, y en fin, PSOE, Podemos y toda la «dictadura de lo progre», que pactan con unos y con otros para destruir esta maltrecha España. ¡Los progres son los nuevos idólatras! Y sus ídolos son la Independencia, el terrorismo, la historia sesgada, la exhumación de Franco y las cunetas. Por eso Pablo nos ordena: no comáis de lo que ha sido inmolado a los ídolos.
  7. EL VELO DE LAS MUJERES: En Corintios 1 encontramos una explicación teológica de la obligación, por parte de las mujeres, de cubrirse la cabeza durante la oración: «La cabeza de todo varón es Cristo; la cabeza de la mujer es el varón; y la cabeza de Cristo es Dios», 11, 3. Las mujeres no pueden mostrar su cabeza y su cabellera porque sería como exhibir lo humano del varón durante la oración. Análogamente, el varón no puede cubrir su cabeza porque estaría escondiendo la manifestación de Cristo. Si la política española tiene que ser un ejercicio de la devoción por España, proponemos prescribir el velo femenino en toda sesión parlamentaria, en todo consejo de ministros, en todo juicio.

Por más que Abascal se empeñé en afirmar que Vox es un partido aconfesional, se trata en realidad de un partido ultra-católico en lo que tiene de pasión (fe, esperanza, amor) y de fobia por lo complejo. La complejidad de lo real, adorada y buscada por los griegos, elevada a concepto desde el Sofista platónico, es vapuleada por Vox y por San Pablo, el ideólogo del catolicismo. Losantos, Dragó, Abascal: los tres claman a una voz que el suyo es el partido de la sobremesa: de los temas pequeños, fáciles de solventar, que preocupan a los españoles de bien. No les falta razón: el Pueblo siempre ha huido de lo complejo. Así leemos en Corintios, innumerables veces, que el conocimiento pierde a los hombres. Que el que ama a Dios ya lo conoce, mientras que el que pesquisa las cosas de este mundo, está perdido. «El conocimiento infla, mientras que el amor construye», 8, 1.

Así, querido lector, desde Homo Velamine tenemos palabras reconfortantes para ti: si amas a España, ya la conoces. Más aún, si amas a España y a Dios, ellos ya te conocen.

 

Eh, ya que pasa usted por aquí…

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