Amarga victoria del feminismo

El caso de La Manada ha supuesto, sin duda, un hito en la lucha feminista. Es un ejemplo de movilización popular exitosa; una batalla del «bien» contra el «mal» generada por una simbiosis entre el activismo y los medios de comunicación, cuyos objetivos eran distintos pero sus herramientas convergentes. Los años de insistencia mediática y de protestas han sacudido el sentido común: han puesto en el debate público la necesidad de abordar tipos de agresiones sexuales hasta entonces más o menos ignoradas.

Más allá de este aspecto positivo, lo interesante de este proceso es analizar cómo ha sido esto posible para replicarlo luego a voluntad en otros casos. En sus análisis sobre la implantación del marxismo en Europa, Gramsci establece la fórmula de todo cambio social: la consciencia no se forma “bajo el estímulo de las necesidades fisiológicas, sino por la reflexión inteligente de algunos, primero, y, luego, de toda una clase sobre las razones de ciertos hechos (…) para convertirlos en signo de rebelión y de reconstrucción social”. Toda revolución, dice el autor, ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural y de permeación de ideas.

La lucha por la hegemonía

Como hemos abordado en el artículo Los medios de comunicación como sostén del poder, del que el presente texto es un apéndice, toda ideología en su camino a la hegemonía pasa por unas fases más o menos iguales en las que se desdibuja:

En este proceso tienen especial importancia cómo se diseminan las ideas. Gramsci estudió profusamente cómo la Iglesia había conseguido durante milenios participar de la hegemonía. Observó que tenía el oligopolio mediático: por una parte los curas en misa, por otra toda clase de artistas iconizando las figuras divinas y retratando pasajes místicos. Los medios de comunicación de masas que se desarrollaron en la segunda mitad del siglo XIX y eclosionaron en el XX comenzaron a dejar las técnicas de la Iglesia obsoletas, y empezaron a resultar clave para llegar al grueso de la población. El propio Gramsci fundó el periódico L’Ordine Nuovo, alrededor del cual esperaba agrupar a la clase obrera. Hoy la financiación comercial de los grandes medios hace imposible que un periódico anti-establishment compita con ellos, de manera que hay que valerse del oligopolio mediático para transmitir el mensaje.

El éxito de un movimiento social no depende de si es justo, verdadero o necesario, sino de cuánto haga gozar al público su narrativa.

Como señala el “modelo de propaganda” de Herman y Chomsky, la construcción mediática de la realidad es flexible, al no obedecer a los designios férreos de un poder absoluto sino a varios filtros aplicados orgánicamente, como lo es el propio capitalismo. La única premisa del espectáculo es que tiene que servir a los intereses económicos de quien lo produce o facilita. La buena noticia es que, por tanto, es posible introducir nuevos temas en el maremágnum mediático; la mala es que, de igual modo, cualquiera puede hacerlo. La buena es que el activismo feminista puede meter en el debate del sentido común la lucha contra el patriarcado; la mala es que la carcundia postfranquista puede meter en ese mismo debate la lucha contra la inmigración. Cómo de éxito tenga uno u otro dependerá no de qué es más justo, verdadero o necesario, sino de cuánto haga gozar al público la narrativa, y que le encuentre sentido. Es decir: tiene que ser una buena película. Y una vez que haya tenido éxito pasará a ser parte del catálogo de elementos que el poder saca a relucir para legitimarse.

Pasolini narra los cambios en su percepción del pelo largo durante la década de 1960. En un principio lo interpretó como signo de superioridad moral y sintió rechazo. Después tuvo que tragarse la antipatía y “defender a los melenudos de los ataques de la policía y los fascistas”. Luego se hicieron numerosos y se convirtieron en una suerte de “anticuerpos” contra el consumo. El Che era melenudo, los melenudos ondearon banderas rojas en las barricadas del 68, etc., y Pasolini seguía estando de su parte. Después se hicieron ubicuos, y en 1972 “el pelo largo, con su lenguaje inarticulado y obseso de signos no verbales, con su iconicidad chulesca, dice las ‘cosas’ de la televisión y los reclamos publicitarios, cuando ya es inconcebible un joven que no tenga el pelo largo; un hecho que, hoy en día, sería escandaloso para el poder”.

Este ejemplo sirve para ilustrar cómo el poder adopta la estética de un movimiento transgresor para desvestirlo de su ética. Se convierte así en un ítem más del catálogo de elementos que el poder saca a relucir para legitimarse.

El rápido ascenso del feminismo

El feminismo no ha sido ajeno a este proceso de asimilación hegemónica. En la última década el movimiento ha logrado una espectacular sacudida al sentido común desde la ideología, propiciada por la combinación de un cambio en la estructura social (entendida como las relaciones de producción en la terminología marxista que usa Gramsci) y otro en la mediática.

  • El cambio en la estructura social es el desplazamiento del trabajo manual de los países occidentales hacia el Sur Global durante la décadas de 1980 y 90, resultando en la redundancia de la fuerza primigenia del hombre, lo que permite que permeen nuevas concepciones en el género y que se redibujen sus roles sociales. Siguen unos años de renovada actividad intelectual feminista, con los trabajos de Judith Butler o Rebecca Walker, que en España eclosionan a partir del 15M: “La revolución será feminista o no será”.
  • El cambio en la estructura mediática ocurre, obviamente, con las redes sociales, cuyos algoritmos, aún púberes a principios de la década de 2010, permitieron que el mensaje feminista desbordase el orden del discurso de los medios tradicionales. La velocidad de este desborde lo ha hecho virulento: las masas, reacias a cualquier cambio, de repente se vieron rodeadas por nuevas narrativas muy revolucionarias. Y surgió la inevitable reacción en contra.
La única premisa del espectáculo es que tiene que servir a los intereses económicos de quien lo produce o facilita.

Pero en su camino hacia las masas la ideología ve reducido su contenido a eslóganes dirigidos a la emoción. “Como escribió Engels, es muy cómodo para muchos creer en la posibilidad de conseguir a bajo precio y sin ningún esfuerzo al por mayor toda la historia de la sabiduría política y filosófica concentrada en alguna fórmula”, se lamenta Gramsci. La penúltima degradación, la fariseización, se produce cuando la ideología es asimilada por la hegemonía, convirtiéndola en un producto estético: un feminismo telecinquista. La escritora Cristina Morales lo lamenta: “Hasta Zara o Mango se declaran feministas, que son grandes potencias económicas explotadoras no solo a nivel laboral sino simbólico. ¿Qué hacemos las feministas cuando Zara es feminista?”.

El feminismo telecinquista

El progreso de toda ideología hacia la hegemonía deja en un lugar muy delicado la las ideas progresistas: no son más que la vanguardia del capitalismo. Le abren a nuevas ideas y modelos que este, en su necesidad de constante novedad, adopta y explota comercialmente. La derecha, en cambio, es su retaguardia, la que se alimenta de sus desechos: la derecha neoliberal es la que explota comercialmente lo nuevo; la derecha conservadora es la que defenderá las posiciones feministas cuando, dentro de tantos años, estás estén plenamente imbuidas en el sentido común, y las usarán como arma arrojadiza contra cualquier idea nueva que intente prosperar. Son la última fase de la degradación ideológica, la cuñadización.

Es decir, las ideas progresistas vencen muriendo. Ciertos aspectos del feminismo han pasado a formar parte del discurso mediático, por lo que ponen sobre la mesa temas relevantes, pero a la vez pasan a ser otro ítem más del catálogo de elementos que el poder saca a relucir para legitimarse. De entre las interminables calamidades que retransmite el telediario, las mujeres asesinadas a manos de sus parejas son de las más jugosas emocionalmente, y por tanto, económicamente. “El feminismo actual se ha dejado arrastrar por esta cultura de los medios de comunicación, sobre todo televisivos, de seguimiento de asesinatos y violaciones durante 24 horas al día”, sugiere Loola Pérez. Un tratamiento que, como complementa Lucía González Mediondo, destaca la victimización: “El sistema deglute y reinventa cualquier lucha, cualquier idea transformadora, y la ajusta a sus propios intereses. El único cambio radical posible es aquel que acabara con las instituciones que nos gobiernan tal y como las conocemos”.

La aparición de Rocío Carrasco en Sálvame, con un ejército de tertulianxs supuestamente compungidxs hablando de machismo, marca el paso definitivo del feminismo a la cuñadización. Nada que aparezca en televisión, mucho menos en prime time de Tele5, es revolucionario o transgresor. Ver Los medios de comunicación como sostén del poder.

También lo advierte en Pikara Magazine (2016) la activista feminista Celeste Murillo: “La incorporación de algunas demandas del feminismo a las agendas oficiales devino en la eliminación de los rasgos radicales del movimiento. (…) Este giro no fue gratuito y construyó una imagen obsoleta del feminismo como herramienta de transformación social”. Murillo recuerda las palabras de la socióloga Eva Illouz, que habla de la transformación del feminismo de movimiento político a un “código cultural, utilizado en la publicidad, en series de televisión, películas y novelas románticas. (…) Eso incluso ha hecho que el feminismo pierda su filo político, convirtiéndose en un gesto vacío”. Y las de Nancy Fraser: “Los cambios culturales propulsados por la segunda ola, saludables en sí mismos, han servido para legitimar una transformación estructural de la sociedad capitalista que avanza directamente en contra de las visiones feministas de una sociedad justa”. La propia Murillo concluye:

Esta operación despojó al feminismo de cualquier crítica radical y lo alejó de toda perspectiva transformadora (algo similar sucedió con la lucha contra el racismo o la homofobia). Cuanto más integrado está ese “código”, más dócil e inofensivo es. La producción cultural es un claro ejemplo de esta integración/reducción del feminismo. Uno de los resultados más extendidos es algo que podríamos llamar el feminismo cool, que encarna lo que esta sociedad acepta del feminismo (y, por omisión, todo lo que queda excluido). (…) Tanto las críticas del feminismo mainstream como del feminismo queer apuntan casi mayoritariamente contra la excesiva sexualización o la autocosificación antes que contra la mercantilización, normativización e institucionalización de la que ambas corrientes terminan siendo parte por acción u omisión. (…) Las sexualidades “diferentes” son integradas en tanto respeten las reglas. (…) Esta realidad es incontestada por la igualdad condicionada o la crítica posmoderna del feminismo edulcorado de las publicidades, de Hollywood y la vida televisada.

Es decir, “el ser feminista pasó de ser un pronunciamiento político a una marca de estatus, de algo cool”. Que Ana Botín se declare feminista, o que la abogada de la víctima de La Manada, que mientras defiende a hombres condenados por violencia de género usa el trampolín del feminismo para aparecer en Ana Rosa, despojan al pronunciamiento político de toda carga revolucionaria.

“El feminismo actual se ha dejado arrastrar por esta cultura de los medios de comunicación, sobre todo televisivos, de seguimiento de asesinatos y violaciones durante 24 horas al día”

Loola Pérez

Jessa Crispin en Por qué no soy feminista se muestra igual de tajante: “Para que algo sea universalmente aceptado ha de resultar de lo más banal, inocuo e inoperante posible. De ahí la pose. A la gente no le gustan los cambios; por eso el feminismo debe ir de la mano del status quo con mínimas variaciones si quiere reclutar a un gran número de personas. En otras palabras, el feminismo ha de ser completamente inútil”.

Por su parte, Loola Pérez critica:

Yo creo que más que una nueva religión el feminismo se ha convertido en un nuevo dogma, donde existen autos de fe, donde existe una curia -a la que yo muchas veces me refiero como «vacas sagradas»- y donde existe una literatura feminista que es sota, caballo y rey, muy repetitiva y superficial y que muchas veces se basa en la mera ‘opinología’, en cuestiones que tienen poco de pensamiento crítico y mucho de sensacionalismo, en textos de los años 70 y 80 que no reflejan la cultura actual, todo lo que hemos cambiado, todo lo que hemos conseguido.

En este camino hacia la hegemonía, los medios de comunicación de masas convierten un movimiento transformador, que cuestionaba a las clases dominantes, en la ideología del poder, hasta el punto que el PP lo asuma. La hace simplificando el mensaje y apelando a un maniqueísmo de buenos y malos, donde cuestionar cualquier “feminismo superficial no nos exige nada trabajoso” (Crispin).

Los elementos fariseos que inevitablemente revolotean alrededor del poder adulan hoy al feminismo, como adularían al dios-guepardo o al negrero de turno de haber sido el caso, para su propio beneficio personal.

Estamos en la guerra cultural donde “la dictuadura femiprogre” está retando a “la cultura de la violación”, por usar los términos despectivos con los que se hacen referencia mutuamente. Son narrativas que pujan por el sentido común, semihegemonías con su propio orden de discurso. El feminismo se adentra en su fase de cuñadización, que debido al rápido proceso que ha experimentado en una sociedad fragmentada por el efecto de las cámaras de eco, ha permeado muy intensamente en ciertos sectores de la sociedad y muy pobremente en otros. De ahí que el cuñado brame contra una narrativa que reta su estructura mental.

La etapa anterior, la fariseización, está plenamente desarrollada: es en ella en la que Ana Botín se declara feminista e Iberdrola pone su logo de color morado cada 8M. Los elementos fariseos que inevitablemente revolotean alrededor del poder adulan hoy al feminismo, como adularían al dios-guepardo o al negrero de turno de haber sido el caso, para su propio beneficio personal. La abogada de la víctima de La Manada es uno de esos elementos fariseos que aguarda la oportunidad de erigirse estandarte del espectáculo y representar “lo bueno, lo bello y lo verdadero”. Es una de las encarnaciones del mercado depredador, que se vale de las buenas intenciones del feminismo para sus intereses personales: aumentar su prestigio y capital.

Amarga victoria del feminismo

En 1958 el primer número de la revista de la Internacional Situacionista publicaba un texto titulado “Amarga victoria del surrealismo”:

El surrealismo ha triunfado en el marco de un mundo que no ha sido transformado esencialmente. Este éxito se vuelve contra el surrealismo, que no esperaba nada menos que la destrucción del orden social dominante. Pero el retraso sobrevenido en la acción de las masas que se dedican a esta destrucción, manteniendo y agravando, junto a las demás contradicciones del capitalismo evolucionado, las mismas impotencias de la creación cultural, mantiene la actualidad del surrealismo y favorece múltiples repeticiones degradadas. (…) La realidad que domina esta evolución es que, al no haberse hecho la revolución, todo lo que constituyó para el surrealismo un margen de libertad se ha visto recuperado y utilizado por el mundo represivo que los surrealistas habían combatido.

De igual modo, decimos amarga victoria del feminismo porque pretendía retar las dinámicas de la estructura heteropatriarcal, pero su degradación telecinquista se ha convertido en la brillantina de sus estructuras tradicionales. Porque ha conseguido poner el aparato del Estado al servicio de colectivos largamente oprimidos, pero inmediatamente han saltado sobre él las garrapatas del poder que, como la abogada que nos acusa, usan mecanismos bienintencionados de forma deshonesta. Porque abogaba por la libertad, pero a través de los medios de comunicación ha hecho del miedo un elemento de control más. Porque abanderaba nuevas formas de expresión, pero ha legitimado la censura. Porque ha conseguido retar los roles tradicionales de género, pero se ha convertido en un nuevo límite de discurso. Porque ondeaba la bandera de una sociedad menos punitiva, pero se ha convertido en represión. Porque pretendía retar al poder y este lo ha vuelto en su contra. Porque quería ser imaginación, pero se ha vuelto dogma.


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