Analizamos la película más taquillera: ‘Detective Pikachu’

Detective Pikachu es una tecnodistopía postcapitalista que hará las delicias de la generación millennial, esa generación que sigue viviendo con sus padres a los 35 años porque no se puede pagar una habitación en un piso compartido/porque alquilar es tirar el dinero, pero que sí puede pagarse los casi 10 pavos que cuesta ir al cine, y hasta pillar palomitas.

El héroe de la cinta, Tim, es un joven outsider que tiene que enfrentarse a la pérdida de su padre, tras haber perdido también a su madre con 11 años. Empezamos con daddy issues: la peli promete. Cuando le dan la noticia de la muerte de su padre, Tim se desplaza a Ryme, la ciudad en la que su padre, Harry Goodman, ejercía como policía. Ryme, que obviamente es un trasunto de Nueva York – para lectoras no avezadas, Nueva York es ese sitio donde normalmente transcurren las películas, menos cuando salen grandes llanuras y gente ruda que habla raro (eso es el Oeste americano), cuando fabrican coches (eso es, o era, Detroit), cuando salen mormones (eso es Utah) o cuando salen hippies geeks (eso es California) -, Ryme, decíamos, es una ciudad altamente tecnologizada, donde los poderes públicos son marionetas de una gran compañía que ha conseguido implementar una tecnología para domesticar a los Pokemon e integrarlos en la sociedad. La compañía en cuestión está dirigida por un par de científicos, que además son padre e hijo: un par de zumbados bastante creepy con los que no dejaría a mis geranios en verano y uno de cuyos logros consiste en haber modificado genéticamente a un Pokemon que no me acuerdo de cómo se llama para utilizarlo a su antojo.

En otras partes del país, los Pokemon son seres que viven en estado salvaje, sin embargo, en Ryme los Pokemon tienen que aparearse (en el sentido de formar pares, no en el otro) con humanos, quienes son poco menos que unos apestados sociales si no tienen un Pokemon que los acompaña becerrilmente a todas partes. Esta es la parte de la peli que más mola, a mi juicio: cuando deja entrever una crítica a la puta manía que existe en la sociedad de hoy según la cual hay que ser sociable por cojones y uno no puede estar solo nunca. Joder con la soledad de las grandes ciudades, si el problema es justo ese, que no podemos estar en soledad ni un solo minuto, siempre hay que estar acompañado, localizable, haciendo cosas que molen y encima compartirlo en redes sociales, como si tu vida fuera una puta taza de Mr. Wonderful. Bueno, que me voy del tema. Los Pokemon están en Ryme para ser poco más que sombras de los humanos, y acompañarlos a donde quiera que vayan. Mascotas, vamos.


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Cuando le avisan de la muerte de su padre, Tim se desplaza a Ryme para enfrentarse con su pasado y con sus traumas, provocados por un padre ausente durante su adolescencia y una madre muerta. Al llegar al piso de su padre conoce a Lucy, una reportera que está investigando la desaparición de Harry, el padre de Tim, y se encuentra con un Pikachu muy raro enganchado al café que encima habla con la voz de Ryan Reynolds. Lo de la voz de Ryan Reynolds parece ser lo de menos para Tim, que por cierto es el hijo de Will Smith, pero sí se raya bastante por ser el único humano que es capaz de oír lo que dice Pikachu.

Entonces, ya tenemos un chico post-adolescente bastante insulso, un pasado complicado, un amigo fiel y una chica con la que pronto surge una tensión sexual no resuelta. Por otro lado, vaya usted a saber por qué cada vez que aparecen un chico y una chica enseguida tiene que haber tensión sexual, aunque si lo piensas bien en realidad sí suele ser así, por algo somos poco más que monos. Bueno, lo que decía, que con todo eso tenemos los ingredientes para una razonablemente entretenida película americana. ¿El resto? Pues lo contaré sin desvelar demasiado el argumento: una mezcla de Jurassic Park, Star Wars, Dr. Strangelove, la Ilíada y la Biblia. Ahí es nada. No es la película del año, pero es entretenida. Y Pikachu es cuqui.


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