¡Asalto al Capitolio! El triunfo de las vanguardias

 Hoffman, Rubin y los yippies pretendían que mediante unos rituales el Pentágono levitara y cambiara de color

El 21 de octubre de 1967 una banda de hippies, liderados por Abbie Hoffman y Jerry Rubin lograron convocar a más de 50.000 personas (entre las que se contaban Allen Ginsberg, Norman Mailer, Tom Wolfe y un joven Noam Chomsky) ante el edificio del Pentágono para llevar a cabo un exorcismo de sexo y drogas que pretendía provocar la levitación y transfiguración de la sede del poder militar de los EEUU para conseguir, de alguna manera, el final inmediato de la guerra de Vietnam. Hoffman y Rubin se aseguraron de dar suficiente publicidad al evento como para que la prensa le diera cobertura. Los posteriormente conocidos como yippies ofrecían un caramelo demasiado tentador para ser rechazado por los medios de masas: el espectáculo de una horda de jóvenes barbarizados intentando derribar los pilares de la civilización y sus valores, algo a lo que el público no estaba acostumbrado.

53 años después, el 6 de enero de 2021, un grupo de personas, alguna de ellas ataviada con atuendos tribales similares a los que llevaban los hippies en el 67, tomaron al asalto otra sede del poder y la burocracia estatal estadounidense. Y al igual que los yippies, lo hicieron con la convicción de estar arrebatándole el poder a las siniestras entidades burocráticas que mueven los hilos en la penumbra para devolvérselo al alienado pueblo americano despojado de su esencia y pureza. Pero a diferencia del 67, el pegamento que aglutinaba a la masa de los manifestantes no era la juventud y, en esta ocasión, no fue necesario convocar a la prensa: la oportunidad de aparecer en los medios de masas encarnando un bárbaro derribando los pilares de la civilización es un caramelo demasiado tentador para el hombre-masa del siglo XXI.

En efecto, las actitudes y los valores subversivos que enarbolaban los yippies y que se fueron forjando a través de diversos movimientos culturales revolucionarios y vanguardistas que se sucedieron desde por lo menos el tercer cuarto del siglo XIX ─ pero que se pueden rastrear hasta determinadas corrientes filosóficas marginales de la Antigüedad como el cinismo y el escepticismo ─ están tan asimilados por la sociedad del siglo XXI que ni siquiera nos damos cuenta[1].

Da igual que los asaltantes del Capitolio estuvieran en las antípodas ideológicas de los yippies: ambos colectivos se regían por las mismas ideas subyacentes: la búsqueda de la autenticidad perdida en las culturas no occidentales ─ tradición romántica que exacerbaron vanguardistas como Marinetti o Breton ─, el inconformismo y la aventura como guías vitales ─ a imagen y semejanza de Kerouac y sus correligionarios beat ─, las expresiones personales de pertenencia a un grupo como forma de declaración política ─ arma que emplearon escritores revolucionarios de colectivos marginados como Le Roi Jones/Amiri Baraka o Luis Valdez ─… uno a uno todos los torpedos que los vanguardistas revolucionarios lanzaron contra la tradición, la responsabilidad, las convenciones, la ley y la comunidad acabaron impactando contra la sociedad, pero para sorpresa de casi todos, los impactos no provocaron su estallido, si no que fueron cómodamente absorbidos: la rebelión como estética y el hedonismo individualista como aspiración encontraron acomodo en la sociedad capitalista sin tener que llevar a cabo demasiadas contorsiones. Tan a gusto se encontraron, que desde que llegaron ya no hace falta ser menor de treinta para reivindicar la irresponsabilidad y la insensatez de la juventud, y hasta los conservadores han abrazado el individualismo de tal forma que pueden aborrecer la influencia excesiva de un Estado que se entromete en los excesos de sus vidas privadas sin contradicción alguna y, si no han sido detenidosacribillados, volver tranquilamente a su trabajo de nueve a cinco al día siguiente.

hasta los conservadores han abrazado el individualismo de tal forma que pueden aborrecer la influencia excesiva de un Estado que se entromete en los excesos de sus vidas privadas sin contradicción alguna y, si no han sido detenidos o acribillados, volver tranquilamente a su trabajo de nueve a cinco al día siguiente

Sin duda, los catalizadores de esta situación fueron ─ y siguen siendo ─ los medios de comunicación. Los situacionistas, con Debord al frente, ejercieron de Casandra advirtiendo sobre la amenaza de la sustitución de la vida por un mero espectáculo y, tras mayo del 68, intuyendo lo que iba a suceder, el líder situacionista se sometió a un destierro voluntario en un pueblecito de Alto Loira para evitar convertirse en pasto del espectáculo contra el que tan febril actividad había desplegado. Otros personajes afines al situacionismo, como Malcolm McLaren, se aprovecharon del nuevo paradigma para enriquecerse vendiendo pantalones a las hordas bárbaras de jóvenes descastados capitaneadas por los Sex Pistols que él mismo había desatado sobre Inglaterra. Pero él no fue el primero en reclamar la atención de los medios. Fueron Hoffman y Rubin quienes destaparon la caja de Pandora cuando se les ocurrió que, a través de la colaboración de estos, sobre todo de la televisión, serían capaces de desatar la revolución en todos los hogares. Sin embargo, como previeron Guy Debord y Raoul Vaneigem, la revolución que se produjo no fue política, sino mediática. La rebelión y el inconformismo se convirtieron en el combustible que alimenta los índices de audiencia. Y, auspiciada por profetas de la banalidad como Warhol, nació la celebridad: tótem que compila la autoridad moral otorgada por los valores revolucionarios que encarna: la juventud, la rebeldía, el inconformismo… en definitiva, el nuevo horizonte social en el que reflejarse.

La celebridad, el personaje mediático, se convirtió en el portavoz de las causas sociales. Legitimada exclusivamente por su éxito en los medios, tiene que medir sus intervenciones si quiere mantener su fama y buen nombre para seguir actuando como referente y sacar réditos por ello, convirtiendo el debate público en un círculo vicioso en una lógica parecida a la que exponía Walter Benjamin cuando señalaba que la relación del hombre con la naturaleza había cambiado con la irrupción de la cámara de cine. Con la irrupción de la cámara de televisión el cambio ha sido aún más radical, la rendición del individuo a la cámara ha sido total. Por muy nobles y sinceras que sean las causas defendidas, el aura de banalidad y la sospecha de autopromoción planean perennemente sobre la figura del paladín de turno. La chica falangista cuyo discurso antisemita fue ampliamente difundido y contrapuesto al de Pablo Hasél en el debate sobre la libertad de expresión podría parecer un mal ejemplo, ya que su alocución fue filtrada y no iba dirigida a los medios. Sin embargo, su posterior disposición a participar en diversas entrevistas demuestra hasta qué punto todos los miembros la sociedad, incluso los autodenominados antisistema, acatamos las reglas impuestas por los medios; simplemente no concebimos otra manera de relacionarnos con el mundo. Si alguien se niega a participar en este juego ─ como por ejemplo el matemático Grigori Perelman ─ será considerado, como mínimo, un excéntrico.

el algoritmo no permite que el intelectual que defiende unos argumentos se imponga a la celebridad que busca promocionar su imagen pública y el aplauso de sus correligionarios

La irrupción y popularización de las redes sociales solo ha conseguido arraigar más profundamente esta lógica perversa. Su éxito no se basa en las hasta hace nada impensables posibilidades de conexión con otras personas de lugares remotos; esa posibilidad ya existía con los foros, y ciertamente nadie las utiliza para eso. Las redes nos proporcionan la oportunidad de hacer realidad el sueño húmedo de Warhol: la posibilidad de modelar las identidades de todos los miembros de la sociedad, incluso las de los más anodinos, a imagen y semejanza de la de la celebridad. Las redes nos posibilitan  mostrarnos afectados por la tragedia del día, apoyar y hasta recaudar dinero para causas nobles el día de nuestro cumpleaños, u ocupar una trinchera en alguna de las guerras culturales en boga como la del feminismo o la de la sostenibilidad, que debido a las propias mecánicas de las redes, por mucho que uno lo intente, nunca se convierte en un intercambio de ideas serio y moderado; el algoritmo no permite que el intelectual que defiende unos argumentos se imponga a la celebridad que busca promocionar su imagen pública y el aplauso de sus correligionarios; los asaltantes que tomaron el Capitolio entre balas parecían tomarse más en serio la toma de selfies que perpetuaran su hazaña en las redes que la demolición de las bases del sistema democrático estadounidense.

 Ejemplo clamoroso de la perversidad de la «lógica de la celebridad»

La posibilidad de que un acontecimiento como el del Capitolio trascienda el mero espectáculo se antoja una quimera en nuestros días. Es difícil encontrarse con una soflama revolucionaria y radical que no sirva para respaldar un rédito personal y/o económico que el implicado ni siquiera considera necesario disimular, como si el discurso por sí solo sirviera para justificar cualquier práctica, aunque el uno y la otra se encuentren en franca contradicción.

Por ejemplo, los museos y las galerías de arte contemporáneo se dedican a promocionar y subvencionar artistas tan célebres como banales que ornamentan su nulidad artística con un discurso feminista, ambientalista, político, o lo que toque, mientras rechazan a artistas más interesantes que en vez de centrarse en el lucro y la autopromoción muestran un espíritu provocador y crítico en mayor consonancia con las antiobras de arte con las que los dadaístas pretendían acabar con las instituciones artísticas y que estas exhiben alegremente en sus vitrinas como si la cosa no fuera con ellas. Un ejemplo paradigmático es el de Homo Velamine, que tras el escándalo provocado por su genial acción de la página del Tour de la Manada[2] con la que expusieron la doble moral de los medios de comunicación, el Museo Nacional Centro de Arte Contemporáneo Reina Sofía canceló los compromisos que tenía contraídos con ellos.

Otro ejemplo preclaro es el de la música rock, fenómeno sociocultural que prácticamente funciona como sinónimo de los valores la revolución de los 60. Los amantes del rock, como John Sinclair en el 67, siguen enrocados en su creencia ciega en la subversión inherente a su estilo de música favorito, sin que los millones que genera les parezcan incompatibles con la amenaza potencial al sistema que presuntamente contiene, ni sin que les parezca oportuno señalar la escasa coherencia en el hecho de que grupos con un discurso político como Rage Against the Machine participen en festivales como Coachella a 400 euros la entrada patrocinados por multinacionales[3], ni sin que dejen de venerar a Led Zeppelin como estandartes de la filosofía flower power, sin importar que los relatos de extorsiones, palizas y violaciones de los que son protagonistas sean de dominio público, ni sin que dejen de alabar la autenticidad y la espontaneidad del movimiento punk, pese a la abierta confesión de McLaren de que todo aquello no fue más que una formidable estrategia para promocionar pantalones… La lógica de la celebridad actúa como una membrana de Gore-Tex que impide que cale hasta la más obvia de las críticas.

Podríamos continuar poniendo ejemplos hasta el infinito. Con los conservadores tomando el Capitolio en nombre de la libertad individual amenazada y el socialismo en declive tras el fracaso de la Unión Soviética, parece que el nicho de la defensa de los intereses colectivos ha quedado vacante y anhelando ser rellenado. En el ensayo que ha inspirado este artículo, El Puño Invisible, Arte, Revolución y un Siglo de Cambios Culturales, escrito en 2011, hace ahora 10 años, su autor, Carlos Granés, ante el surgimiento de movimientos como el 15-M, se muestra optimista ante una generación que se ha asomado al abismo de la crisis y ha abandonado los románticos ensueños de acabar con la alienación inherente al sistema mediante el sexo y las drogas de la generación de sus padres. Como contrapunto, estos jóvenes salieron a las calles para reivindicar denostados vicios pequeñoburgueses como el acceso a una vivienda y un trabajo dignos, respaldados por la generación más sensata de sus abuelos encarnada en intelectuales como Stèphane Hessel o José Luis Sampedro, que tuvo que padecer hambre y guerras. Lo único que preocupaba al autor era el idealismo de los nuevos revolucionarios que no consideraban congruente constituir un brazo político para imponer sus ideas. Al final ese brazo se constituyó, pero no creo que Granés esté muy contento con la deriva de los acontecimientos[4]. Los políticos surgidos de la revolución del 15-M han demostrado adaptarse con demasiada facilidad a las maneras de la política tradicional y, aunque han intentado empuñar la bandera de la defensa del interés público sobre el privado, el hecho de que no parezcan dispuestos a abandonar los mitos de la revolución del 68 les impide hacerlo con el ímpetu deseable. El camino que han tomado estos políticos hacia una política pública eficaz se tropieza con el relativismo cultural promovido por Baraka y Valdez, que niega la universalidad de la experiencia humana y reduce las premisas para medirla y experimentarla a categorías como la sangre, la raza o el género. Esta doctrina se hizo fuerte en el ámbito académico tras mayo del 68, y desde 2011 ha ido calando al resto de la sociedad hasta el punto de que los propios asaltantes del Capitolio se sentían parte de una minoría amenzada víctima de un ataque a su forma de vida.

La lógica subyacente que opera tras el aparente antagonismo ideológico de unos y otros es la misma, y aunque sus rivales políticos critiquen el asalto públicamente, está claro que lo que más resentimiento les genera es que no se les haya ocurrido a los de su bando, como demuestra la defensa de los disturbios provocados por ejemplo por el movimiento Black Lives Matter, o aquí en España, por los disturbios tras la entrada en prisión de Pablo Hasél o la existencia de iniciativas como Rodea el congreso, que aunque puedan provenir de reivindicaciones más honestas, sus promotores y actores se someten voluntariosamente a las reglas de juego que les imponen los medios, quienes no distinguen entre los fanáticos asaltantes del congreso y los defensores de la justicia social; para ellos no son más que peleles intercambiables igualmente idóneos para alimentar el espectáculo que les sustenta.

Política aparte, a pesar de lo vaticinado por Granés, la estafa del arte contemporáneo parece que sigue gozando de buena salud, los vicios y mitos del rock se adaptan como un guante a los nuevos géneros como el trap y el boom de las redes sociales ha llevado la lógica de los medios de comunicación a la vida cotidiana, por lo que si tuviera que apostar diría que a la pesadilla recurrente de Debord, alentada por correvolucionarios como Hoffman y Rubin, todavía le queda inercia para seguir circulando unos cuantos años. En fin, preparemos las palomitas e intentemos disfrutar del espectáculo mientras dure. La verdad, me encantaría ver el Bernabéu en llamas, ¿alguien se apunta? ¡Seguro que sale por la tele!

[1] Este hecho, junto al reconocimiento de que sus consecuencias no siempre dieron los frutos que sus patrocinadores esperaban, es la principal tesis del épico y enciclopédico ensayo de GRANÉS MAYA, Carlos, El Puño Invisible, Arte, Revolución y un Siglo de Cambios Culturales, Taurus, Madrid, 2012, en el que está inspirado este artículo.

[2] Más información sobre este caso tan delirante como silenciado aquí: https://ko-fi.com/homovelamine

[3] En favor de Rage Against the Machine hay que señalar que su compromiso con su discurso parece sincero, en su contra que no aprendieron de los errores de los yippies en los 60 y pensaron que la apertura de su mensaje a una base de público más amplia ayudaría a la difusión de la revolución.

[4] Su opinión al respecto se puede encontrar en GRANÉS MAYA, Carlos, Salvajes de una Nueva Época, Taurus, Madrid, 2019


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