Capillitas de la hegemonía

Una multitud que se pierde en los confines de la foto muestra su adhesión al Gobierno en 1970 en Madrid, con gentes venidas de toda España, entre enseñas nacionales puestas por el Gobierno y otras muchas traídas por los asistentes. Bocata desenfundado, porrón en ristre, se encaraman a árboles y farolas para ver al jefe.

Medio siglo después, una multitud que se pierde en los confines de la foto muestra su adhesión al Gobierno en Madrid. Pancarta en ristre, con una épica iluminación morada a cargo de Telefónica y el Ayuntamiento, los asistentes corean la resistencia al sistema entre ministros.

Los tiempos cambian, las multitudes permanecen: los capillitas de la hegemonía.

Los capillitas de la hegemonía confunden la moral del establishment con su antítesis. Creen que viven en un mundo dominado por la segunda y se involucran a tope con la primera, figurándose que su posición moral es combativa. Esta es la característica fundamental del capillismo.

Sin embargo, su interpretación del mundo está mediada por los sistemas de propaganda del poder económico (es decir, la prensa), que magnifican un pequeño problema social y lo convierten en amenaza total. Ante ella el establishment se presenta como salvador y garante del bien. El miedo es la forma más efectiva de control social, ante el cual todo ciudadano suplicará por un Leviatán más poderoso y feroz. Miedo: el infierno cristiano, el terrorismo islámico para EE.UU., la peña que usa Varón Dandy en España en 2021, etc.

Análisis de artículos del New York Times y el Washington Post que contienen palabras relacionadas con prejuicios en la década de 2010. Este aumento no está relacionado con la prevalencia real del prejuicio, pero precede al aumento de las percepciones públicas de la prevalencia, lo que se conoce como «sesgo de disponibilidad». Fuente

(Un caso concreto de los capillitas de la hegemonía son los anacroactivistas, que responden hoy a problemas del pasado. Aquí puedes leer más.)

Los capillitas de la hegemonía persiguen genuinamente el bien, pero su idea del bien viene definida por la moral hegemónica de turno, ya sea la tradicional-católica de antes o la progresista-humanista de ahora. Una moralidad no es peor o mejor que otra, solo más o menos adecuada a su tiempo, y es difícil salirse de la propia para evaluar las otras. Esta es otra de las características princpales del capillita de la hegemonía: está convencido de que su moralidad es superior al resto como quien está convencido que su pueblo es el mejor del mundo, y la defenderán con cualquier falacia que tengan a mano. (Y de ahí también que haya que poner advertencias de racismo en las películas viejas.)

Por tanto, las personas que hay en la manifestación de 1970 son las mismas que hay en la manifestación de 2019 y viceversa. Peña que no dudará en respaldar al Gobierno correspondiente en recortes generales de derechos y libertades, que avalará que meta el morro en la vida privada de la población, que elimine lecturas «dañinas», que tome represalias penales contra los objetores y que acalle la voz de los disidentes, todo por una idea genuina de que están haciendo el bien. Lo cual es doblemente duro porque «la acción (buena o mala) dirigida al bien no encuentra límites en la conciencia de su agente, lo que lo convierte en un peligro público mayor que el del malhechor», sostiene el antropólogo Sócrates Rigo. Es decir, los moralistas de hoy son los moralistas tradicional-católicos de siempre, pero con muffins.

Como bien advierten Enrique y Ana: «Dentro de cada uno hay un bien y hay un mal, mas no dejes que ninguno ataque a la humanidad».


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