¿Cómo es pasar por un proceso penal?

Pues chungo. El Estado despliega toda la fuerza represiva sobre tu cabeza, que se traduce en culpa, rechazo social, incertidumbre, presión económica, paranoia, inseguridad y amenaza de violencia física: la cárcel.
 
En primer lugar está el rechazo de muchas personas, cercanas y no. Mucha gente con la que guardaba una relación estrecha y cariñosa me empezó a considerar un ser abominable. Así lo expresó en sus redes sociales, a las cuales yo, obviamente, tengo acceso directo, no son una web oscura a la que difícilmente llegaría. ¿Cómo puede decir esto alguien que te conoce bien? ¿Merece la pena hablar con esa persona, o mejor no? Cualquiera de las dos opciones es nefasta: una genera un duro conflicto, la otra deja una herida abierta.
 
Cuando eso va mitigando deviene en la sospecha hacia el resto de personas con las que compartes espacios. La duda de si lo saben o no, si les parece bien o no, si te lo dirían o no, si lo conocen bien o solo lo que dice Tele5. Personas con las que trabajas y familiares a quienes no ves tan a menudo, principalmente.
 
En contraposición están los familiares y amigos cercanos que te intentan cuidar. Lo agradeces, pero notas su preocupación. No puedes reconfortarles de ninguna manera porque esta nave no la pilotas tú.
 
Porque a la par de todo esto, lo que hay es una inquietud constante: la incertidumbre de estar en manos de alguien que solo te conoce por unos papeles falsedos por motivos espurios que dicen tal y cual cosa de ti. Que tienen tu futuro en sus manos, para quien solo eres un rato de trabajo que quitarse de encima lo antes posible. Y la impotencia de que no hay manera de explicarse más que con fórmulas ráncias en lenguaje ininteligible, y que además no les interesa.
 
También está la amenaza constante de que se difunda tu nombre y foto por los medios de comunicación, que asociarían a toda clase de podredumbre. Esta es y no otra la labor principal de los medios, alimentar el odio y la desinformación generalizados, y por eso me alegro que El País y otros no dejen leer ya más que cinco artículos gratis: eso que nos ahorramos como sociedad. En mi caso, por suerte, no ocurrió: ni a la abogada ni a los medios les interesó difundir quién era ni mis actividades habituales como activista de Greenpeace, No Somos Delito, o nuestro trabajo con desinformación, porque ello contradecía frontalmente el relato que vendían.
 
Luego empiezan a llegar las movidas tangibles. Paga dinero. Vete a un juicio a que te insulten a la cara. Que te condenen. Perder tu trabajo, y aquí volvemos a la casilla cero: que personas con las que has trabajado años, precisamente en campañas de contrapoder, se alineen con un poder abusivo, desbocado, manipulador y punitivista, y que de esa manera legitimen la opresión. Un segundo juicio paralelo que duró seis meses, y más duro que el principal si cabe por venir de personas cercanas.
Luego llegan las cancelaciones de charlas y talleres en los que solemos participar. Colectivos con los que compartimos espacios presionan para que no nos admitan en sitios. Y a tenor de la sentencia, es lógico. Pero la sentencia es el poder, que con este uso de las víctimas se gana los corazones de los movimientos contestatarios.
 
Junto a ello también está el sentimiento de culpa. ¿Qué he hecho tan grave para que el sistema me quiera recluir? Que te acusen de ir en contra de las normas sociales es el castigo más duro, porque supone expulsarte del grupo y arrebatarte toda sensación de pertenencia y arraigo. Ojo a esto que se dice fácil pero se siente difícil.
 
Luego llega más incertidumbre y más dinero en recursos (en este punto ya unos 10.000 euros entre abogados y costas, y ya has perdido el curro). La vida se queda en pausa, esperando más resoluciones de la maquinaria despiadada del Estado.
 
Y ojo, claro, no tengas otros problemillas simultáneamente en tu vida. Alguna enfermedacilla que te estás tratando, algún conflicto de pareja, alguna pandemia mundial, porque esto se va a enquistar en todo lo demás, haciéndolo más grande e irresoluble.
 
Después la condena en firme: cércel y muchísimo dinero. Un mes después la prisión por fortuna queda suspendida. Queda supeditada al cumplimiento de otra condena despiadada y silenciosa: la económica. De repente hay que pagar 15.000 euros en un par de meses y otros 10.000 en dos años. ¿Quién tiene esa cantidad pra soltarla ya? Sumado a ello, para recurrir hay que gastarse otros 4.200. ¿Cómo asumir el coste de la justicia? En un mes la factura ha ascendido a 40.000 euros en total. Si te quedaba alguna gana de hacer cosas, olvídate: durante años tu vida va a consistir en recuperar esa cantidad. Pensadlo. ¿Cuánto tenéis ahorrado en el banco? ¿Cuánto os costaría conseguirla? ¿Qué tenéis que hacer, o dejar de hacer, para reunirla? Si no pagas vas a la cárcel. Toma. Y aún hay quien te felicita por la suspensión de la pena de prisión, y así es como el sistema judicial parece amable cuando te está jodiendo a tope por lo bajinis.
 
De esa cantidad, 12.000 euros son directamente para el mal: la abogada acusadora. Ella conoce todo esto que estoy contando, que en el mundo jurídico se llama «pena de banquillo». Aún así inicia un proceso penal a partir de unas mentiras que fabrica. No le está robando a un banco ni a Amancio Ortega, sino a una persona aleatoria, para quien, en el mejor de los casos, son los ahorros de muchos años. Y yo, que creo que la forma de activismo más efectiva es el consumo, es decir, poner el dinero cotidiano en sitios responsables, sostenibles, que hagan tejido social, etc, de repente me veo financiando el mal, la mentira, y el uso despiadado y nefasto de las intituciones del estado. Los tribunales le premian con ese dinero por menoscabar la libertad de expresión de toda la ciudadanía. Pero solo puede ser una persona que cada vez que mira el cielo en la noche ve el negro y vacío infinito de su alma.
 
Bueno, eso hasta ahora. Aún nos quedan al menos otros dos años por delante así. Seguiremos informando.

 


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