Cómo gozo en el calabozo


UNA PRODUCCIÓN DE HOMO VELAMINE
CON PABLO METEORO LORD ENZO ANÓNIMO GARCÍA ROSA HERRERO
CÁMARA OMAR OESTE SONIDO BORJA CARO
GUIÓN Y DIRECCIÓN ANÓNIMO GARCÍA
TEXTO BIYU


Tengo un sistema muy simple para saber cuando algo es estúpido. Tan simple que ni siquiera me hace falta definir la estupidez. Allegro ma non tropo. Y es que yo sé que una cosa es una gilipollez y que yo estoy siendo un gilipollas (o mejor, un gilipolla, en singular) cuando se la intento explicar a mi absurdamente inteligente mujer y me siento estúpido mientras lo hago. Si le intento explicar, por ejemplo, que Albert Rivera es centrista, me ruborizo enseguida, comienzo a tartamudear y entonces me doy cuenta de que lo que sale de mi boca es mierda o papel mojado o quizás papel empapado de mierda húmeda. Admito que no es un método demasiado científico, pero por ahora me ha funcionado bastante bien. Y hace unos meses, mientras cumplíamos con el sacramento de la compra semanal, mi señora me cazó sacándole fotos a unas cajas de té helado AriZona y me miró con esa cara que en feminés quiere decir “¿qué cojones estás haciendo?”

Ya desde el principio se me hizo algo absurdo verme a mí, nacido al lado del Ebro, explicándole el significado cultural de una bebida de Arizona a una mujer que nació en los mismísimos Estados Unidos de América. Seguro que en Twitter hay un término para esto, posiblemente mañosplaining. Pero el deber cristiano de enseñar al que no sabe siempre ha sido mi veneno así que, tras asegurarme de que nadie nos escuchaba, le expliqué la obsesión que el movimiento vaporwave tiene con esta marca de té. Por supuesto, la siguiente pregunta fue “¿vaporwave?” aunque más bien fue una afirmación con más puntos suspensivos de lo gramáticamente correcto. Vaporwave………

“Sí, mujer, es… el vaporwave es… como un movimiento estético… salido de internet, ¿eh?… que usa artefactos gráficos y musicales de los ochenta y noventa así como muy comerciales y los distorsiona… pero en plan cultura baja, basura de consumo, cosas completamente impersonales como clipart o muzak… la música a veces toma samples y los ralentiza… y les da… otro sentido… con colores neon y… pero tiene un componente político, ¿eh?, una crítica al capitalismo y la sociedad de consumo y un intento de culture hacking, de reapropiar los… uhh… y les gusta mucho el AriZona…”

La larga mirada de mi mujer me convenció de dos cosas: primero, que quizás ese rumor de que me acosté con mi profesora de Retórica para sacar sobresaliente sea cierto y simplemente mi mente lo haya bloqueado; y segundo que sí, que el vaporwave me encanta, pero es una soberana tontería. No es algo que me afecte especialmente y tampoco intento ofender a nadie: hay muchas tonterías que me encantan, como tomar cañas hablando de juegos de rol con amigos o como esta revista que lee usted. Pero a lo que vamos: hoy estoy aquí para reseñar un cortometraje que se autodefine como “vaporwave aragonés.” Es una película porno vapormaña y lujuriosa.

A diferencia del lío del vaporwave, a mi mujer lo de zaragozano no se lo he tenido que aclarar, ya que inexplicablemente se casó con uno, pero aún así le he comentado que la parte terrenal de la trama discurre en el puente de Piedra, famoso por haber sido construído a partes iguales por nuestros fundadores romanos y por el cadalso socialista de los ochenta, una unión de imperios ignorantes de su cercana decadencia que demuestra que Dios existe y que bebe vino en bota. Mi señora conoce perfectamente el puente, especialmente ese viento helado que castiga al inútil que decide cruzarlo a pie y no dentro de un humeante coche, pues la naturaleza siempre tiene un puntito nihilista. Mi señora, les decía, aún tiene Zaragoza algo idealizada y le cuesta imaginar que nadie pudiese compararla con un calabozo: para ella es la ciudad de los treinta minutos, del tranvía y de los bares de copas que cierran con el canto del gallo. No comprende la represión intrínseca resultante de vivir en una aldea grande que ha dado en llamarse ciudad y no ser del corrillo de la dama de las fiestas o del hijo del señor maestro. No entiende que la pornografía zaragozana es quizás la más pornográficamente pornográfica de las pornotecas de la Pornomeseta.

Miento, miento como un cerdo. Lo entiende perfec-tamente. Entiende que la erección pixelada de la ciudad tiene que acabar por fuerza en un money shot de la Basílica del Pilar brotando de la verga Iniesta del Ebro y fluyendo al espacio como el río de semen que es. Comprende que los labriegos aragoneses y catalanes enterrados hasta la cintura en fango del delta del Ebro se seguirán dando estacazos hasta el final de los días.

Lo único que no ha entendido ha sido que le dijese lo del gol de Nayim. “¿Nayim? Es… como el Bejamin Franklin de mi tierra. Nunca fue presidente, pero de él brota la aragonesidad. Y a él vuelve.”

Esto también lo entiende. Ella le ha dado a la película tres estrellas de un posible total de cuatro, que es el estilo americano. Yo le he dado un siete con cinco.

¡Habla, Pueblo, habla!