Coronavirus: Razones para el optimismo

La situación que estamos viviendo estos días a causa del coronavirus serían una lujuria de libertad y alegría si tuviésemos sólo la mitad de ciencia y tecnología y, digamos, la décima parte de personas. Sencillamente, ni notaríamos la presencia del virus, no sería un tema de interés.

Evidentemente, puede decirse que nuestros antepasados tienen parte de culpa por haber engendrado como conejos. Evidentemente, los países que han sido imperios y metrópolis durante la modernidad han tenido parte de culpa. Pero no puedes culpar de nada a un sistema o a cosas como haber encontrado el carbón y el petróleo en un contexto donde había que producir más a mayor velocidad para superar a rivales políticos y económicos. De hecho, este sistema (junto con hallazgos fortuitos como el petróleo, o medidas como la higiene urbana a gran escala) es el que ha hecho posible y conveniente que nuestros antepasados engendraran como conejos y sobrevivieran para poder presentarse en números colosales en la línea de batalla o de producción. Pero culpar a personas por desarrollar este engranaje más eficientemente que otros no tiene mucho sentido hasta que llegamos más o menos a 1848, que es el año en que Marx ya ha desarrollado casi todos los fundamentos de su obra y publica el Manifiesto Comunista. Antes de esta obra y algunas otras, los imperialistas, las élites y los intelectuales simplemente no conocían las dinámicas del capitalismo y la modernidad, ni por tanto las consecuencias de sus actos. De modo que poca responsabilidad podía haber por su parte, no en términos de la situación catastrófica general en la que nos hallamos.

Ahora bien, desde 1848 sí existen responsabilidades por no haber destruido esta máquina aterradora, o al menos por no revertirla a un estado menos grotesco y más manejable. Especialmente cuando, en lugar de informar a la población de qué va el mundo, te dedicas a convertirla en una pila de basura ingenua, vil e incapaz que va circulando por el mundo dando asco y pena y destruyendo todo lo que está a su paso y fuera de él. Esta pila de basura humana, por mucho que engendre y destruya a toda velocidad, no es en general responsable de lo que ocurrió en el siglo XX y lo mucho peor que nos espera en el XXI. No es responsable porque no conoce y no puede. Ahora bien, las élites que los controlan sí conocen, de modo que son responsables de esta pandemia y de los horrores mucho mayores que la seguirán.

A no ser, naturalmente, que no tengan en su poder alterar hacia un camino menos (auto)destructivo la maquinaria grotesca e infernal que han ayudado a desarrollar. El problema es que es muy probable que las élites tampoco tengan este poder, y que las pocas décadas y islotes geográficos de vida digna que queden sean, de hecho, una propina.

 

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