Culture jamming

Con todo el espacio que se ha dado a la cura de cucarachas, ¿no tiene derecho el lector a pregutarse qué se ha quedado fuera para que esto salga aquí?
Protesta de un periodista contra un bulo de Joey Skaggs
Retratando a los malos. Uno de los posters con los que Robbie Conal lleva empapelando las ciudades desde los años 80. Este es de 1988.

Al mismo tiempo que el punk, pero de manera mucho más underground, surge el culture jamming o “interferencia cultural”. Con sólidas raíces en el détournement situacionista y sus tácticas de alteración comunicativa, la idea es “introducir ruido en la señal en su camino de transmisor a receptor, fomentando interpretaciones inintencionadas”.47 No se trata de un movimiento cohesionado, sino de una táctica que usaron multitud de colectivos y artistas con distintas formas de acción, desde pirateo informático para denunciar prácticas gubernamentales hasta la alteración de la iconografía vendegrasas de los anuncios.

La palabra fue acuñada por el grupo Negativland en 1985, cuya música es una mezcla de composiciones, como tonadillas y voces en off de anuncios o partes de telediarios. Es decir, un collage dadaísta, pero sonoro. En su cassette Jamcon ‘84 la banda observa que “mientras que nos damos cada vez más cuenta de cómo el entorno mediático que ocupamos afecta y dirige nuestra vida, algunas personas se resisten. El anuncio habilidosamente alterado dirige al espectador a una reflexión sobre la estrategia corporativa original. El estudio del cultural jammer es el mundo en su totalidad”.48

Pero el término fue popularizado por el crítico cultural Mark Dery, que en 1990 escribió sobre esta práctica por primera vez en un medio de comunicación de masas. Fue en The New York Times, en un artículo titulado Los bromistas felices y el arte del engaño, en el que da cuenta del origen del término y expone multitud de ejemplos. Más tarde, en 1993, el autor ampliaría el tema con una suerte de manifiesto jammer en la revista Open Magazine: Culture Jamming: Hacking, Slashing and Sniping in the Empire of Signs.49 En él denuncia la mediatización de Estados Unidos y expone las principales técnicas de interferencia ejecutadas por los jammers, a algunas de las cuales pone nombre.

Las influencias dadaístas y situacionistas son obvias. En lo referente a técnicas, Dery compara los discos de Negativland con el bigote de la Gioconda. Sus numerosas acciones de noticias falsas, además, recuerdan al propio dadaísmo. En un terreno más político, los jammers denuncian que “Estados Unidos se ha transformado en una democracia de televisión, cuya primera directiva es el control social mediante la fabricación y manipulación de imágenes”. Critican el oligopolio de los medios, “invisible para el consumidor, que sigue viendo multitud de cabeceras”; y la “tubería unidireccional de información, que solo transmite, nunca recibe”. En su manifiesto, Dery menciona al filósofo Jean Baudrillard y su idea de que vivimos en una “hiperrealidad”, donde “lo fabricado, lo falso y lo orquestado han expulsado a lo natural, lo genuino y lo espontáneo, de modo que no hay distinción entre realidad y ficción.”

Los jammers, pues, continúan la oposición a la “sociedad del espectáculo” situacionista: tratan de minar la credibilidad de los medios, desde donde se construye el mundo mediatizado, y desenmascarar las prácticas del capitalismo global. “Los jammers cuestionan la visión del mundo contemporáneo en la que el panorama general, para la mayoría, está construído por píxeles de vídeo y puntos Benday, de ruido blanco y medias verdades”, reflexiona Dery. “El sentido del culture jamming, en su nivel más profundo, es rehacer la realidad”. El jammer Joey Skaggs, especialista en producir noticias falsas, sentencia que “como simple ciudadano no puedo dar una rueda de prensa para decir que los medios de comunicación se han convertido en una máquina de propaganda gubernamental, que nos manipula para creer que tenemos que ir a la guerra en Oriente Medio. Pero como un media jammer puedo revelarlo creando una noticia falsa. Estoy demostrando lo fácil que es engañarnos para el Gobierno y las grandes empresas”.

En este sentido, el manifiesto de Dery propone que la solución reside en la “guerra de guerrillas semiológica” que imaginó Umberto Eco:

El receptor del mensaje parece tener una libertad residual: la libertad de leerlo de una forma diferente. Yo propongo pasar a la acción y alentar a la audiencia a controlar el mensaje y sus múltiples posibilidades de interpretación. (...) El universo de comunicación tecnológica será vigilado por grupos de guerrilla comunicativa, que restaurarán una dimensión crítica a la recepción pasiva.50
Desinformando a quienes desinforman. Joey Skaggs se disfraza de un científico que descubre una cura a base de cucarachas, por la que fue entrevistado en televisión en 1981 en una escalada de comentarios y situaciones absurdas. “Estoy preparado para todo. Si me pillan, me pillan. Si no, lo llevo al siguiente nivel, claro.” (Joey Skaggs, The art of the prank, 2018).

El objetivo es, pues, hacer explícitos los mensajes que los medios de comunicación lanzan subrepticiamente. Dery cita al semiólogo Roland Barthes y su disposición a “examinar la serie de normas, códigos y convenciones generalmente ocultos mediante los cuales significados particulares de grupos sociales específicos (es decir, los que tienen el poder) son tomados como universales y dados por hecho para toda la sociedad”.

El culture jamming, además, toma del dadaísmo y el situacionismo su distanciamiento del arte. Dery señala que esta práctica no produce “residuo vendible”, y que “muchos jammers financian su arte con trabajos de 9 a 5”. Skaggs incide en que lo que les diferencia del mundo del arte es que su trabajo no está diseñado para hacer dinero, sino que constituye una declaración política. La sátira sociopolítica es un arte: “Más que seguir con la pintura al óleo, los medios de comunicación se convirtieron en mi medio”. Algo similar apunta Robbie Conal, un “semiótico de guerrilla” cuyo trabajo consiste en pintar retratos satíricos de especuladores, que luego pega en las paredes de las principales ciudades: “Las galerías de arte son tiendas de objetos de lujo, como las joyerías, que venden signos y símbolos culturales”. Se trata de un nuevo arte fuera del arte: un arte comunicado a las masas en lugar de a un grupo selecto de personas. “En este sentido, los artistas piratas son el futuro”, sentencia Geno Rodríguez, director del Alternative Museum de Nueva York.

Subvertising (o “contrapublicidad”). El primer mural de Jerry Johnson, de 1979, representa el colorido e idealista sueño americano presente en la publicidad estadounidense: un trozo de cherry pie, un gasolinero servicial o unos flamencos. Según Johnson, los colores y las imágenes contradictorias son un recordatorio de “promesas imposibles de cumplir”.
“Nuevo. Malo. Y un rollo”. Australia fue el primer país en prohibir la publicidad de tabaco en exteriores, en 1994. Durante los 80, el grupo BUGA UP (Billboard Utilising Graffitists Against Unhealthy Promotions, o «Grafiteros que Usan Vallas Publicitarias contra Promociones Insanas») modificó cientos de anuncios de marcas de tabaco. “BUGA UP ha hecho más por la salud pública que cualquier campaña gubernamental”, declaran. Su web, bugaup.org, tiene documentación muy interesante de sus métodos y filosofía.

Interferencias culturales

Una de las especialidades de los culture jammers es la difusión de noticias falsas. Joey Skaggs ha perpetrado multitud de bulos informativos desde que a principios de los 70 una protesta que organizó contra la guerra de Vietnam fuera tomada como “una bacanal hippie” por los periódicos. En ese momento decidió que, en lugar de usar a los medios de comunicación para difundir su trabajo, los usaría como parte de su trabajo. Así, en 1976 conceptualizó un burdel canino: en enero puso un anuncio en un periódico, difundió una nota de prensa y contrató actores. “Por 50 dólares puedes dar a tu chucho una compañera en un estado de celo inducido artificialmente, y un fotógrafo profesional preservará la memoria de tu Toby en acción”. El “burdel” fue recogido por muchos medios, entre ellos por la cadena ABC, que presentaba a Skaggs como un “proxeneta canino explotando a perritas inocentes por dinero”, y causó la furia entre asociaciones animalistas, organismos gubernamentales, la policía y el Ayuntamiento de Nueva York. Su artífice fue denunciado y llamado a juicio, por casualidad, el April Fool’s Day (el 1 de abril, equivalente al Día de los Santos Inocentes en Estados Unidos). Media hora antes del juicio el jammer dio una rueda de prensa en la que aclaró que era una pieza de performance cultural, y la causa fue cerrada. Pero ABC nunca corrigió la noticia, posiblemente porque había sido premiada con un Emmy. Los productores de la cadena defienden que Skaggs dijo que era falso solo para evitar la persecución judicial.51

“Se debatió mucho sobre el prostíbulo canino en los medios de comunicación. El mito continúa hoy. En un libro titulado The total dog book, de Louis L. Vine, hay una sección que aún informa al lector de que en algún lugar de Greenwich Village hay un lupanar perruno”. (Joey Skaggs, Cathouse for dogs)

Uno de los ejemplos más claros de culture jamming, que sobrevive hasta nuestros días, es el colectivo Adbusters, “una red global de artistas, escritores, músicos, diseñadores, poetas, filósofos y punks intentando llevar a cabo una transformación radical del orden mundial actual”.52 Fue fundado en 1989 y su manifestación más característica es la publicación de una revista. Sus temas son el capitalismo y el consumismo, y son conocidas sus alteraciones de anuncios. Entre los proyectos que han promovido están el Día sin compras, una respuesta al Black Friday, o el propio Occupy Wall Street.53

Otro proyecto interesante es el de Luther Blisset, nombre con el que firmaron multitud de artistas y activistas en Europa en la década de 1990. Entre sus acciones destaca el falso caso de un artista que estaba recorriendo Europa en bicicleta y desapareció en la frontera entre Italia y Eslovenia. El hecho fue comunicado al ¿Quién sabe dónde? italiano, que lo estuvo buscando infructuosamente hasta que el colectivo confesó su autoría.

El caso más exquisito de culture jamming lo encontramos en los estadounidenses The Yes Men. Su especialidad es hacerse pasar por empresas y organismos capitalistas y dar charlas y entrevistas en su nombre, generalmente haciendo las declaraciones que el organismo haría si actuase éticamente. El mejor ejemplo es la entrevista que dieron en directo a la BBC, impersonándose como Dow Chemical, una empresa que había comprado a Union Carbide, que veinte años antes había sido responsable de un grave accidente en Bhopal (India) que causó miles de muertos y heridos, que en ese momento seguían sin ser justamente compensados. Uno de los miembros de The Yes Men apareció en televisión asegurando que por fin se compensaría económicamente a todas las personas afectadas. Ello hizo que las acciones de la compañía bajasen un 4.24% en 23 minutos: dos mil millones de dólares. De esta manera los activistas expusieron cómo el mercado bursátil premia las malas prácticas empresariales, aunque ello no ha conseguido evitar que se sigan llevando a cabo.

Pero esto ocurrió en 2004 y ya habíamos cambiado de era. Ahora el mundo solo puede entenderse desde el ultrarracionalismo. Sigue leyendo.

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Notas

47 Dery, M. (1993) Culture Jamming: Hacking, Slashing and Sniping in the Empire of Signs. En Open Magazine.
48 Dery, M. (1990) Los bromistas felices y el arte del engaño. En The New York Times (23 diciembre).
49 i. No vamos a intentar traducir este título. En cualquier caso, estas técnicas de guerrilla se suelen nombrar en inglés, como buen ejemplo de imperialismo cultural.
49 ii. A no ser que se indique lo contrario, todas las citas y referencias de este apartado están tomadas de estas dos piezas de Mark Dery.
50 Eco, U. (1967) Per una guerriglia semiologica. Citado en Dery, M. (1993) Op. cit.
51 Skaggs, J. (1997) Cathouse for dogs.
52 Adbusters. Sección About de su página web, adbusters.org
53 Tuve la suerte de visitar Nueva York en noviembre de 2011. Fresquita del 15M, había seguido con entusiasmo los primeros pasos de Occupy Wall Street, y no faltó mi visita a la acampada con unos carteles que imitaban a los que ya había hecho en Madrid. Para entonces el 15M, medio año después de su eclosión, estaba mutando en nuevas formas de organización colectiva y seguía siendo muy ilusionante. En Zuccotti Park, mes y medio después del nacimiento de Occupy Wall Street, empecé a sospechar que algo no iba bien cuando me pidieron dinero por tercera vez en menos de veinte minutos, en esta ocasión para costear un billete de avión a Londres.

¡Habla, Pueblo, habla!