Ejército de Salvación


por Budoson

Ejército de Salvación

Desde la posición en la que se encontraba (sentada en la azotea), Beatriz Fraile tenía una buena vista de la calle. Podía ver los coches circulando, a los obreros trabajando duro y a los transeúntes ir de un sitio a otro. Entre ellos, decenas de cabezas canosas y despobladas se dirigían al Congreso, al Parlamento, al Ayuntamiento, a la Residencia Presidencial, a la sede del Banco Nacional. Desde diferentes puntos, sin llamar la atención. Se encendió un cigarrillo y aspiró el humo. Había estudiado Ciencias Políticas. También Sociología. De hecho era una especialista en Radcliffe-Brown. Exhaló. Llevaba cuatro meses trabajando de telefonista en un gabinete audiológico y cobrando el salario mínimo. Concertando revisiones para viejos incautos a los que otros se encargaban después de colocarles el audífono más caro posible. Algunos eran la viva imagen de la muerte, pero eso no importaba.

Fue precisamente en el gabinete donde se originó todo. A las pocas semanas de empezar a trabajar allí, se le ocurrió ver qué había detrás de una puerta en la que un cartel rezaba “Laboratorio.” Por curiosidad y porque alguna vez había creído escuchar voces que provenían de esa sala. Voces repetitivas. Extrañas. Aquello no era un aboratorio, estaba claro. Era una habitación vacía a excepción de un micrófono, algunos aparatos de grabación y un montón de cajas apiladas con cintas dentro. Como es evidente, cogió una de esas cintas y se la llevó a su casa para escucharla. Una voz débil pero bien modulada repetía instrucciones. Enseguida comprendió cual era la finalidad de los mensajes. Ahora sabía por qué todos esos jubilados seguían volviendo regularmente para interesarse por artículos que no podían pagar. Muy bien. Llegados a este punto, imaginaba que no le costaría demasiado descubrir cómo se implantaban estos u otros mensajes en los audífonos. Era una cuestión de tiempo. Y de hacer una selección entre todos los clientes.

Beatriz Fraile terminó su cigarro y se frotó las manos; hacía frío. En menos de dos horas,
aquellos ancianos habrían ocupado los edificios más importantes de la ciudad. Ya no necesitaba darles más orientaciones. Estaba convencida de que iban a hacer lo correcto.

¡Habla, Pueblo, habla!