El arte al servicio de la revolución

“Es triste tener que reconocerlo, mi querido Luis, pero el escándalo ya no existe”.

En estos términos se lamentaba André Breton ante Luis Buñuel en 1955. Treinta años atrás, Breton y sus secuaces surrealistas habían explotado los mecanismos de la provocación, con tanto éxito que los resultados fueron duros. Por ejemplo, el escritor Georges Sadoul tuvo que huir a Rusia tras mandar una carta a la academia militar francesa en la que, entre otras cosas, decía escupir en la bandera tricolor, mientras que a principios de los años 30 Gala y Dalí tuvieron que disculparse ante la prensa por haberse presentado en una fiesta de la jet set neoyorquina portando sobre la cabeza un “niño Lindbergh asesinado”, el hijo del famoso aviador, cuyo asesino acababa de ser condenado a pena de muerte.

Gala con el “niño Lindbergh asesinado”.

Por supuesto, Breton se equivocaba al anunciar la muerte del escándalo. A sus 59 años el artista ya no tenía más mecanismos de provocación, por un sencillo motivo: ya era viejo. Pero poco después otros movimientos continuarían su senda. En 1966 varios discípulos del situacionismo en la Universidad de Estrasburgo sacaron a la luz el manifiesto De la miseria en el medio estudiantil, que les valió la expulsión de la universidad y el cierre de su asociación por orden judicial. Diez años más tarde los Sex Pistols desataron la furia de las abuelas británicas al usar palabras malsonantes en televisión. El presentador del programa que les había invitado fue expulsado del canal al día siguiente, y dio comienzo una de las historias más cortas y accidentadas de la música contemporánea.

Son solo un par de ejemplos que anticipan otros muchos que exploramos en nuestro número 14, Post-arte: La obra de arte en la era de la comunicación digital. Lo que tienen en común todos ellos es un imperativo marxista que Breton introdujo en el arte: el espíritu revolucionario. Con él el surrealismo se alineaba con tantos otros pensadores de entreguerras que teorizaban sobre la deseable liberación del Pueblo. El arte debía, pues, trascender sus propios confines y sumarse a la causa libertadora. Y su mejor técnica era la provocación: sacar al arte del museo y acercarlo a los lugares comunes del Pueblo para suscitar en él una reacción y agitar su estado de aturdimiento. Crear un “arte de la provocación” con fines revolucionarios.

Sin pretender que sea un libro de bachillerato, en Post-arte: La obra de arte en la era de la comunicación digital repasamos esta cuestión en algunos movimientos artístico-intelectuales del siglo XX y la comparamos con la actualidad.

 

Este artículo es parte de nuestro libro Post-arte: La obra de arte en la era de la comunicación digital. Consiga aquí su copia.
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