El drama de España o la necesidad de “querer labadora”


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Hemos leído, y sentimos que es verdad, que «difamar, vende en España». De esta constante arranca todo nuestro drama.

Lo de Marichalar y Urraca es tan grotesco, desde uno o desde otro lado, que mueve a veleidades y anatemas como «qué puto asco de tío», «¡Viva la muerte!» o «Urraca es una incapaz que hace artículos para placer de los incapaces», y sugerencias como «a Urraca la recomendaría un viaje Asturias-Madrid en ALSA, para que sepa lo que es viajar con la plebe: conversaciones telefónicas sobre estupideces, gritos, sobacos, pies en los asientos, la radio del autobús a medio sintonizar…». Por ello, creemos que artículo y réplica solo pueden ser leídos desde la óptica del ultrarracionalismo, que, en lugar de promover, en defensa del uno, la negación del otro, afirma ambos lados hasta su desvanecimiento.

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Aquí «ultrarracionalismo» puede leerse como tendencia al acabamiento, que ocupa una posición contraria al existencialismo, pues si éste es el sentimiento de opresión por la nada insertada en la raíz de la existencia, aquél es el sentimiento de fruición por la materialidad de la Meseta, que no se descarga en forma de aspiración a la destrucción absoluta (nihilismo) sino de armonización de la disonancia de los contrarios (razón y cerrazón), pues establece que la razón se halla en perpetuo devenir, esto es, que lo que hoy consideramos como irracional puede ser la base de un racionalismo futuro.

Si con anterioridad hemos leído el devenir de España desde su mismo materialismo tecnológico («tecnomeseta»), ahora nos apresuramos a leerla desde los modos del esoterismo dibujados desde su afuera.

De un lado estaría la razón, en cuanto conformación de los modos del pensamiento a las estructuras de la realidad; y de otro la intuición, en el sentido que nos llega de Goethe, aquella que nos traslada a la prehistoria del «cuñado», bajo la cual cabe admirar el fenómeno (Erschelnung) de toda magia hasta la creencia de una «aparición» de España (véase la doctrina del Empleo y Gol). Hemos escrito «fenómeno» en su traducción del alemán, ‘Erschelnung’ (literalmente: «aparición», acción de presentarse, de ponerse ahí delante y de ser intuida), por cuanto observamos el drama de España como un «fenómeno» en el sentido de «revelación mística» (como cuando, observando durante un minuto, sin pestañear, una estampita de Santa Teresa de Jesús y fijando luego la vista sobre una superficie blanca, somos víctimas de una aparición).

El ultrarracionalismo no se para en el debate en cuanto materialismo frente a idealismo sino que sería, culturalmente, algo así como una síntesis de Oriente y de Occidente; del mundo de los «sentidos» y del de los «objetos», del de la contemplación de la Meseta y del de su intelección, del de las explicaciones irracionales basadas en el afecto y el odio de la Gente Entrañable y del de las experiencias racionales fundamentadas en las formas teóricas. Si con anterioridad hemos leído el devenir de España desde su mismo materialismo tecnológico («tecnomeseta»), ahora nos apresuramos a leerla desde los modos del esoterismo dibujados desde su afuera.

Que Marichalar no es uno de los «grandes de España» en el sentido que suele dársele a la expresión resulta tan evidente como su obstinado deseo de serlo.

Dos de las corrientes esotéricas más retratadas en el cine de Berlanga, el taoísmo y la masonería, se vieron enfrentadas en aquel coche de Blablacar que atravesaba la Meseta. Sin mediar palabra hasta ahora, ambos esoterismos proceden, en tono misterioso, queriendo recrear la duplicidad fundamental de la otra España que se arrojan entre sí. Por su forma de escritura, Urraca parece forzada a entregar sus recuerdos al público, entremezclados todavía por el desprecio de España («todo el viaje fue una representación, un símbolo de esta España rancia que vivimos») y sumidos en la magia de ésta («en la que la mierda fresca nos lanza continuos destellos burlones»). El taoísmo de Urraca, que pretendía seguir el curso natural de los acontecimientos («Ni siquiera me rebelé ante el trato burlón y despectivo que nos ofrecía»), se lee ahora en su artículo como una venganza justa. En éste, leemos de Marichalar una representación del todo acertada: «todo ello lo hizo con la sonrisa de suficiencia del que tiene la seguridad de merecer cada cosa que exige».

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Dado que el acto de escribir consiste en una escisión de la conciencia cotidiana, es posible que, en esa radicalidad del yo, quepa lo auténtico en el artículo de Urraca, como un reducto inaccesible a toda penetración que no sea la espontánea eclosión de cultivar el ensueño. Dice Dschuang Dsi que «no hay conocimiento verdadero sin persona verdadera». Ese absoluto se haya por la entrega de la autenticidad. «Lo único que tenía era ese halo de desfachatez y socarronería altiva propio de los grandes de España»; aun sin creer demasiado exactas las definiciones que nos ofrece Urraca, tampoco oponemos un reparo definitivo.

Debemos encontrar un marco especulativo adecuado para una nueva concepción de España

Que Marichalar no es uno de los «grandes de España» en el sentido que suele dársele a la expresión resulta tan evidente como su obstinado deseo de serlo. No creo traicionarlo si lo imagino defendiendo unos valores masónicos en una España que no está hecha a su medida. «Tu cobarde proceder será aplaudido por quienes ya me han condenado sólo por haber nacido con unos valores y principios que odias aunque ni siquiera conoces». Marichalar sugiere que Urraca no puede alcanzar sino lo que ya tiene, no puede saber sino lo que ya conoce. En su réplica, no caben las formas del «pensamiento único» de la otra España (aquel «que ha robado nuestra libertad y que está dinamitando la normal convivencia en nuestra vieja Nación»); en esta depuración reside la esencia de su absolutismo.

«Mal afamada Sabina Urraca,

Difamar, vende en España.

Calumniar resulta fácil en nuestro país. Y rentable…

Mentir y manipular sale gratis aquí».

El estilo de Marichalar es de un metricismo elevado, por cuanto el ritmo es el principio vital del movimiento, que tiene por misión distribuir regularmente los tiempos en los que han de encajar los periodos de las frases. Los puntos y comas, como los puntos y aparte, no son sino la fijación canónica de los tiempos que dan la proporción deseada. De este modo, la temporalidad de la escritura queda anclada a su capacidad de expresión como factor primordial e imprescindible. La poética de Marichalar tiene su antecedente, con toda seguridad, en el «verso libre» del escritor fascista esotérico Giulio Cesare Andrea Evola (quien toma el nombre de «Julius» por su admiración fanática por la antigua Roma):

«Ella es el final de la estirpe.
Su aburrimiento es exquisito y excesivo.
Le gustaría que alguien fuese a hablarle,
y casi tiene miedo de que yo
cometa esa indiscreción».

Estas líneas de Julius Evola del poema El Jardín bien podrían ser firmadas por Marichalar. Siguiendo la «contrainiciación» que Evola recriminaba en el ensayo Máscaras y rostros del espiritualismo contemporáneo (1932) al masón y sufista René Guénon, diría aquí Marichalar refiriéndose al proceder de Urraca que no es sino una forma de espiritualidad «de pacotilla» desde el «más allá» de España, que se enfrenta a las vivencias simbólicas de ésta desde una exterioridad deseada pero no ejercitada.

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El abrazo de Marichalar a Urraca.

Marichalar nos recuerda que «para vivir en concordia hay que conocer la historia y saber perdonar y abrazar». De lo cual se sigue lo que ya sabíamos, que debemos encontrar un marco especulativo adecuado para una nueva concepción de España. Nos referimos a la coincidentia oppositorum («coincidencia de opuestos») de Nicolás de Cusa para superar todas las contradicciones del drama. La admiración que sentimos por Cartago la sentimos igualmente por Roma. Abracemos el espíritu masónico de Marichalar sin no dejar por ello de «querer labadora», esto es, perdonar a la «plebe» por sus «arteras balas».

quiero labadora

¡Habla, Pueblo, habla!