El feminismo silenciado


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Los últimos años hemos presenciado un notable auge del feminismo. Es señal inequívoca de una sociedad en progreso, y un valioso ejemplo de avance hacia el altruismo y la empatía. En este nuevo feminismo confluyen el magnífico precedente de sus antecesores y la entrada en escena de internet, que ha contribuido a su viralización y visibilización al favorecer la ruptura de la “espiral del silencio”.

Pero todo ello es un arma de doble filo. Como ocurre con numerosos grupos de opinión, internet está dando voz sólo a un tipo de feminismo, al que podríamos llamar “feminismo normativo”. Es un feminismo que, aunque por supuesto ansía un cambio en las desigualdades reales –discriminación laboral, sexismo en publicidad, evaluación de la indumentaria o atributos físicos de las mujeres que destacan por otros logros, etc.–, se visibiliza particularmente en su lucha por cambiar símbolos –lenguaje, humor, tradiciones, etc.–.

Frente a él encontramos un feminismo no menos comprometido y decidido a cambiar problemas y actitudes machistas reales, pero que entiende que la lucha de los símbolos es desgastante y contraproducente y que, en última instancia, éstos son negativos sólo cuando su intención lo es. Es un feminismo menos agresivo y evangelizador, que lucha ante las injusticias reales y no ficticias, y que a menudo queda silenciado por el anterior, por lo que podríamos llamarle “feminismo no normativo”.

Duro, pero con ternura. La sonrisa marca la diferencia entre el feminismo normativo y no normativo.

Duro, pero con ternura. La sonrisa marca la diferencia entre el feminismo normativo y no normativo.

Entre ambos feminismos, el normativo hace, a nuestro parecer, flaco favor a la causa, aún cuando es puro de espíritu e intenciones. Bajo la excusa de la igualdad de género lanza unas exigencias en el ámbito de lo simbólico que pueden ser engorrosas, de difícil cumplimiento o peregrinas. Ejemplo de ello es el lenguaje inclusivo, la inclusión de “Reinas Magas” en el desfile de Reyes, o la adición de faldas al símbolo de persona en los semáforos de Valencia. El debate acaba centrado en la pertinencia de estos cambios y, aún cuando su objetivo es visibilizar la lucha por una igualdad real en otros ámbitos, ésta queda relegada a un terrible segundo plano. Ello resulta contraproducente, además, porque estas exigencias en lo simbólico resultan a menudo ridículas a un amplio sector progresista, señal inequívoca de un error en la forma.

El feminismo normativo suele pecar, además, de un exceso de victimismo, culpabilizando genéricamente a los cishombres de la minusvaloración de la mujer a lo largo de la historia y en la actualidad. Ello fomenta una guerra de género de la cual habría que huir a toda costa y que, de nuevo, causa rechazo a muchos varones que se sienten perfectamente feministas. Por otra parte, el feminismo normativo suele a su vez promover políticas para dar mayor presencia de mujeres en distintos ámbitos, pero que ponen implícitamente a la mujer en una posición inferior y hace flaco favor a la meritocracia. En cambio, habría que luchar por mecanismos más justos que den las mismas oportunidades a las diferentes piezas de la sociedad.

Además, el feminismo normativo suele ser por desgracia demasiado tajante. A menudo encaja toda crítica, incluso la constructiva, como un ataque, y responde con terribles y manidos epítetos. Es una apropiación de lo peor de la masculinidad, que infunde una sensación de agresividad y de no disposición al diálogo, lo cual, de nuevo, puede producir rechazo en las partes menos beligerantes de la sociedad. Tal vez este mismo escrito sea interpretado como un ataque entre los círculos más normativos del feminismo, lo cual lamentaríamos profundamente, pero ello no nos ha de impedir escribirlo: supondría transigir con un totalitarismo tácito que no podemos aceptar.

Cuando alguna de estas cosas sucede, el feminismo pierde la batalla. Es el árbol que cae y silencia al resto de árboles que crecen.

Este tipo de problemas no es exclusivo del feminismo normativo, sino que suele ocurrir con todo el pensamiento progresista en general cuando hace proselitismo, especialmente en nuestro país. Puede suceder, por ejemplo, con causas más difíciles y marginales que el feminismo, como el animalista que amarga la comida a sus comensales (“Eres un cementerio”); o en política, con el izquierdista que aborrece los símbolos nacionales (“Eres un fascista”). Se trata de una estrategia fallida, en nuestra opinión, porque lanza un ataque frontal que automáticamente crea un “enemigo” que defenderá su postura con vehemencia aún mayor, alejando posiciones e imposibilitando un entendimiento.

Es mucho más exitoso, en cambio, adaptar el ideal al interlocutor, moldeándolo en la medida de lo necesario a su realidad (usos sociales, diferencia de pensamiento, conveniencia y practicidad de la propuesta, etc.). O, simplemente, abrir el camino con el ejemplo, sin tratar de imponerlo a otras personas. No olvidemos que el grueso de la sociedad avanza despacio y las ideas cuajan en ella más lentamente cuanto más innovadoras son: para triunfar en la batalla del progreso social hay que pensar radicalmente pero actuar con moderación, como sugiere el ultrarracionalismo positivista.

Por todo ello creemos que el feminismo no normativo es el que tiene la clave para el avance de la igualdad real de género. Su baza victoriosa es la actitud: firme pero amable, directa pero razonable, contundente pero abierta. Con ella, el feminismo no normativo consigue seducir a otras personas y sumarlas a la causa donde el feminismo normativo causa rechazo. Démosle voz: no podemos romper una espiral del silencio y entregarnos a otra.

Nada más. Sirva esto como un pequeño y modesto aporte, desd eun punto de vista activista y masculino, a la lucha feminista, a la que no podemos desear más que triunfos. Vamos por buen camino, porque ser feminista hoy es como ser del Real Madrid: casi siempre se tienen las de ganar. Pronto, la Champions.


¡Habla, Pueblo, habla!

Un comentario en “El feminismo silenciado

  • Ana

    Buenooo, cuando el feminismo pierde la batalla es porque se consideran tonterías cuestiones que no lo son. Se considera humano a un único grupo, universalidad sustitoria, que excluye a las mujeres y priva sus experiencias.
    Sufragettes y sufragistas, nada nuevo bajo el sol, basta ya
    Viva las Tres Reinas Magas de Gloria Fuertes