El Gran Kowanka

Este texto forma parte de la serie de relatos neonormales por entregas que publicaremos de forma aleatoria e impredecible.

Ilustración por Pablo Orza.

 

«El silencio de la tierra se introducía en el corazón de todos».
(Josep Conrad. El Corazón de las Tinieblas)

 

«A partir de cierto punto no hay retorno.
Ese es el punto que hay que alcanzar».
(Franz Kafka. El Castillo)

Estás a punto de empezar a olvidarlo todo.
Te repites que no era culpa tuya, que nada de esto puede haber pasado, que ese niño no debería haber estado ahí.
Es imposible que le hayas disparado, si no estaba antes.
¿Qué es lo que hacía en este lugar?
¿Dónde se ha metido el resto de la gente?

Es una realidad dura: un niño desangrándose, tirado en el suelo, muriéndose.
Se supone que los niños están hechos para vivir, pero a este le queda poco tiempo.

Tus perseguidores han desaparecido, se han volatilizado. Puede que esto sea demasiado hasta para ellos.
Un niño muriéndose en una azotea solitaria es algo especialmente aterrador; es algo que da miedo, incluso en estos tiempos.
La bala ha atravesado por completo su torso. Tumbado en el suelo, el charco de sangre bajo su cuerpo se hace más y más grande a cada latido que da su corazón.
No deben de quedarle muchos.
Te arrodillas junto a él. Nadie te persigue ya. Por increíble que parezca, estáis solos.
Su mirada está clavada en el cielo que sus ojos ya no están viendo.
—¡Qué hacías aquí! ¡Cómo no te escondiste!

Él no tiene miedo, pero tú sí.
Piensas que es curioso que el miedo se pueda oler, que se perciba incluso como un aroma, como un peso difuso.
—Gr… gran… Kowanka.
Su pequeña mano se mueve. Observas que sostiene una pequeña cajita. Parece querer ofrecértela.
—¿Qué coño…?
—Gra… Kowa…
Su último estertor de vida coincide con el instante donde suelta el objeto, de forma que este cae junto a tus piernas, encharcadas en sangre. La escena, de alguna manera, recordaría un poco al comienzo de la película Ciudadano Kane, pero tú eso no lo sabes, en parte porque no la has visto, y en parte también porque, defendiéndote en un tiroteo, acabas de matar accidentalmente a un niño de unos ocho años que surgió de la nada y no estás tampoco para ese tipo de reflexiones.

«Nadie nace, ni muere realmente; al menos desde que empezó la Nueva Normalidad» es el pensamiento con el que elijes tratar de consolarte mientras cierras sus ojos.
Parece mentira que todos se hayan ido, pero no deberías tentar la suerte y permanecer mucho más tiempo en ese lugar.
Llevas muchas horas sin dormir. Casi envidias un poco ser tú quien cierra ya, de una vez sus párpados para siempre.
Además, sería lo justo, y seguramente, tampoco quedará mucho para ello.

¿Quién cojones era ese niño, y por qué apareció, de repente, en medio de un tiroteo?
Piensas que lo más probable es que fuera un huérfano (casi todos los niños ahora lo son).
La caja tiene una cerradura, y es imposible forzarla. También parece irrompible.
Lo cierto es que nunca habías visto una artilugio así. Es como si fuera un objeto alienígena.
Te aseguras de que el niño no llevaba la llave encima antes de arrojar su cuerpo desde la azotea.
Son unos nueve pisos de altura, pero no hace ruido al caer. Nada lo hace nunca desde que la calle dejó de ser la calle y se convirtió en El Exterior: el lugar desde el que nadie ha vuelto.

El día en el que súbitamente aquello ocurrió, los edificios pasaron a ser estrechas islas rodeadas por un mar insondable, y la única manera de desplazarse por la ciudad pasó a ser por medio de precarias pasarelas entre azotea y azotea, fabricadas por la gente con lo que tenían a mano.

Hay teorías optimistas que dicen que El Exterior no es algo malo, y que puede que incluso sea un lugar mejor, o que se trate simplemente de otra dimensión en la que uno sigue con vida, pero es imposible saberlo, porque todo lo que se posa sobre ello desaparece para siempre.

Las calles no tienen calzadas, ni coches, ni farolas, ni luces, ni bancadas. Solamente la silenciosa incolora y opaca nada, que lo cubre todo a ras de suelo y en la que todo se sumerge.
Con el paso de los meses la llegada del desabastecimiento y la creciente violencia, son muchos los que finalmente han optado por arrojarse desde sus balcones, o saltar desde sus portales.
No se sabe hasta qué punto es un suicidio o no. Es como si cayeran en una piscina de mercurio, en la que no hay sonidos, ni luz.

Algunas teorías acerca de El Exterior son mucho más negativas, entendiéndolo como una entidad aniquiladora; una especie de castigo divino por la culpa colectiva.
Hay barrios donde esta visión se ha impuesto, de forma que estos nuevos fanáticos religiosos se han organizado para invadir mediante pasarelas (ellos lo llaman «depurar») los edificios anexos, para luego arrojar automáticamente al vacío a todo extranjero, así como a todo aquel cuya conducta sea sospechosa de vicio, homosexualidad, o cualquier otra cosa que a su líder, Donald Bolsonaro, le parezca una desviación.
Las únicas formas de sobrevivir a esta cruzada son lograr huir, o bien unirte a ella, de modo que la Hermandad de Los Verdaderos se está extendiendo como la pólvora.
No siempre necesitan hacer uso de la violencia. El miedo al caos y al surgimiento de las pequeñas mafias logran que muchas comunidades de vecinos vean en esto el único orden posible y se sometan voluntariamente al proceso de expiación, rindiendo sus edificios.
El mensaje de Donald Bolsonaro es sencillo: aproximadamente, los dos tercios de la población son puros, y siempre que se muestren colaboradores y sumisos, no tendrán absolutamente nada que temer.
Para el tercio restante se ha creado, precisamente, El Exterior.

En cuanto al nombre que pronunció aquel pobre niño: el Gran Kowanka… claro que te suena.
Muchos hablan de un supuesto líder revolucionario que habría logrado anexionar varios bloques, creando una comunidad utópica y multirracial en la parte sur de la ciudad.
Algunos idolatran a este personaje: una especie de líder de los oprimidos y los diferentes, un contrapoder necesario contra esta ola de fanatismo.
En cambio otros se refieren a él como a un asesino (lo cierto es que durante los últimos meses, casi todo el mundo lo es, de alguna u otra forma), así como aseguran que en su círculo se practica la versión más extrema de la esclavitud sexual, y el canibalismo (costumbres que, por lo demás, están empezando a extenderse por casi todas partes).

Ya no tienes casa, ni amigos, ni familia. Son cosas que fueron quedando atrás, ancladas más o menos al Viejo Mundo.
Llevas días sin descansar (apenas quedan lugares donde poder hacerlo). Horas y horas deambulando, tratando de robar un poco de comida a las mafias que la monopolizan practicando butrones en los edificios donde hay supermercados.
El futuro es algo muy, pero que muy incierto.
Así que decides que vas a intentar terminar lo que parece que aquel niño estaba haciendo y le llevarás esa extraña caja al señor Gran Kowanka, sea donde carajo sea que se encuentre.
Es lo justo.
Lo que te ocurra después es algo que, a estas alturas, ya no puedes ni quieres controlar.

Guardas el objeto en tu zurrón y te diriges, con mucho cuidado, hacia las pasarelas que unen las construcciones que llevan hacia el sur de la ciudad.
Orientarse no es fácil. Solamente algunos hitos arquitectónicos sirven aún de referencia.
Cuesta saber en qué zona estaba la que una vez fue tu casa. Ya no hay relieves en el horizonte, ni montañas, ni mares. Tan solo El Exterior, y los edificios clavados en él como muelas inútiles.

Quizás todo lo que queda desaparezca un día, tragado inexorablemente.
Mientras tanto, procuras cruzar, con sumo cuidado, cada pequeño puente de tablones, o cada escalera de aluminio atravesada entre azoteas.
A menudo hay francotiradores que, sencillamente, se divierten disparando desde las casas a la pobre gente que trata de conseguir una lata de comida, o algo de ropa de abrigo en los mercados que aún se organizan en los terrados de algunos edificios grandes.

De vez en cuando, algunas pequeñas bandas, armadas con machetes y lanzas, tratan de hacerse con el control de los pasos de una zona determinada, exigiendo cualquier tipo de peaje, ya sean productos, o servicios sexuales.
A menudo, más que nada por entretenerse, ejecutan a alguien, a cualquiera, o le lanzan al vacío.
Todo es banal y aleatorio.
Aunque para ti, un poco menos, porque tienes un arma.

—¿Tú quién coño eres?
—Soy Marlow.
—Tienes un nombre de mierda, primo. ¿Para qué quieres cruzar?
—Quiero cruzar porque quiero cruzar —dices, mostrando, muy tranquilamente, tu pistola.
Los chavales retroceden asustados. Según su código, ahora eres tú quien podría robarles, matarles, o violar a alguno de ellos para divertirte.
Las cosas ya no son justas o injustas. Suceden o no.

Hay que tener cuidado al pasar cada plataforma. Muchas son trampas que se rompen cuando vas llegando a su centro.
Tampoco pierdes de vista al grupo de adolescentes, que te observa desde el otro extremo con cierta indecisión, dudando si tratar o no de hacerte caer.
Una vez has llegado a su edificio, su territorio, se deciden tímidamente a rodearte.
Uno de ellos, el que parece el líder, se acerca especialmente. Lleva un bate de béisbol en la mano.
No tendrá más de dieciocho o diecinueve años. Más o menos la mitad de tu edad.
—Está guapa esa pistola tuya, hermano. Nos vendrá bien. Tiene cargador de siete balas… Y mira… resulta que somos ocho.
Es lo último que dirá, antes de que la detonación, profunda y seca, sobresalte a todos y su cráneo vuele por los aires, reventado como si fuera un melón maduro.
—Ahora ya sois siete ¿Alguien más está interesado en hacerme gastar balas?

Varias horas más tarde, varias escenas similares, y varios rodeos después (las pasarelas de muchos edificios están impracticables, o acechadas por francotiradores), llegas al Mercado del Sur: la azotea de lo que hasta hace menos de un año, había sido un gran centro comercial, hoy totalmente desvalijado.
Hay quien vende latas de conserva (muchas empiezan a estar caducadas), del mismo modo que hay quien ofrece algunas verduras y hortalizas, cultivadas casi siempre en algunos huertos de terraza controlados por las mafias.
Te gusta más este mercado que los de la Zona Norte. Más ruidoso, más concurrido aún, pero donde de momento, no parece haber tráfico de esclavos.
Son demasiados los lugares en los que empieza a ser común ver a humanos desnudos, encerrados en jaulas de madera.
Observas lo demacrado que está todo el mundo. En La Nueva Normalidad, la gente es apenas piel y hueso.
Nadie lo verbaliza nunca, pero las preguntas que se hacen todos son las mismas que piensas casi a cada momento.
«¿Para qué seguir?»
«¿Qué puto sentido tiene?»
No hay día en el que no veas, varias veces, a gente (a veces familias enteras) saltando para zambullirse en El Exterior y no regresar nunca.

—Sí regresan. Los fantasmas están aquí, con nosotros.
—¿Cómo dices?
—Sobre aquello que está usted pensando: vuelven. A menudo lo hacen.
Te habla un anciano, de escasa estatura, calvo y sin apenas dientes (casi ninguno conserva ya su dentadura postiza), pero con una innegable dignidad en la mirada.
—No he dicho nada, viejo.
—No hablaba sobre aquello que está usted diciendo, sino sobre aquello que está callando.
Y sobre aquello que está usted buscando: pregunte en el puesto del fondo —dice mirándote serenamente, mientras su dedo señala hacia un grupo de individuos, armados y vestidos de paramilitares, situados en el lado opuesto de aquel espacio.
Vuestra despedida es un sencillo intercambio de miradas: el reconocimiento simple del otro, antes de que el hombre se perdiera entre la multitud y cada cual siguiera su camino.
En la Nueva Normalidad, las preguntas, a menudo, sobran.

Cruzas la azotea entre la multitud.
El puesto es una modesta lona que hace de visera sobre el muro del fondo.
Bajo la tela, escrito en la pared, puede leerse la frase «La única herencia que recibimos es la revolución que pariremos».
Habías visto alguna vez antes, lejanamente, algún miliciano.
En el puesto hay nueve: seis hombres y tres mujeres, de todo tipo de razas y procedencias.
El jefe es un hombre latino que lleva galones de sargento. Todos van vestidos de verde oscuro, armados con pistolas y rifles de caza, excepto uno: un hombre negro, gigantesco, que está en el suelo, con la mirada perdida.
De su cuello cuelga una cadena con un oxidado triángulo. Un fino hilo de baba cae desde su mandíbula.
Jurarías que está jugando con un peluche.
A la derecha de la lona hay un cartel que dice: «Ofrecemos comida a cambio de oro y armas».

—Debo ir a donde se encuentra el Gran Kowanka.
Todos parecen sobresaltarse, a excepción del grandullón, que sigue concentrado en su juguete.
—¿Cómo has dicho?
—He dicho que debo ir a donde se encuentra el Gran Kowanka.
Al principio, parecía más bien que fueran a matarte.
Después de formularte varias preguntas, su actitud va cambiando gradualmente.
Debes entregarle esa caja, y debes ser tú quien lo haga.
No será fácil llegar hasta la barriada donde habita su líder. Cada vez son más y más los edificios que han caído en poder de Los Verdaderos. Cada vez cuesta más y más rodeos llegar a poner un pie en la zona revolucionaria.

Van a ayudarte. A cambio de que les entregues antes tu arma. Nadie se planta ante su líder con una pistola.
Te acompañarán tres de ellos: dos de los hombres más jóvenes, armados hasta los dientes, que aceptan con indiferencia la orden de su jefe; así como el gigantón.
Protestas por esto último: con todos los respetos, no puedes cargar con nadie que sea un lastre.
Será una ayuda imprescindible, te rebaten. A pesar de su retraso mental, conoce cada pasarela de cada edificio de la ruta: es como llevar un mapa, dicen.
Acabas aceptando.
—Yo también iré —dice con determinación una de las mujeres que hay en el grupo.
Nadie la contradice, de forma que los cinco os ponéis pesada y silenciosamente en marcha.
—Una última cosa —dice el sargento—. Nuestro líder no acepta debilidades, ni errores. Si dices que tu misión es de veras entregarle esa caja, más te vale que lo hagas.

Las primeras horas son una sucesión de fracasos.
Los edificios de la barriada donde permanecen atrincherados el Gran Kowanka y los suyos, el lugar desde donde se supone que se está preparando la resistencia, la revolución que habrá de liberar a la gente de la amenaza de Los Verdaderos, se vislumbra siempre en el horizonte, pero permanece inaccesible.
Es cierto que el retrasado (sus compañeros le llaman Pike) parece conocer el escenario, pero la mayoría de las rutas que conducen hasta allá han sido destruidas en alguno u otro punto.
Resulta frustrante acercarse y tener luego que retroceder, y cada nuevo intento es más peligroso.

En la mañana del segundo día, uno de los milicianos, Reinaldo, es herido por una bala cuando se disponía a cruzar un puente.
No podéis evitar que muera. Horas de agonía, de lento desangrarse, mientras las risas, los disparos, los gritos dementes del francotirador que le ha disparado no cesan de escucharse.
Durante los instantes de delirio final, antes de apagarse del todo, no para de llamar a su madre.

Al anochecer del tercer día, pensáis que sería buena idea guarecerse de la incipiente lluvia dentro de la caseta de la azotea donde os encontráis.
Las antiguas casetas de portero, o los cuartos que albergan la maquinaria del ascensor, suelen ser una buena opción donde hacer noche.
Pero aquella, en concreto, está llena de gente descuartizada.
Posiblemente una familia (familia con niños) con la que alguien ha decidido divertirse, utilizando una motosierra.
El hedor y el horror de aquella visión resultan indescriptibles.
El gigantón se aleja todo lo posible, se sienta nerviosamente en el suelo y se pone a jugar con su peluche.
Adriano, el otro soldado, no logra evitar vomitar.
Dafne (así te dijo que se llamaba la chica) permanece llorando, de espaldas a todos, sin dejar de mirar fijamente hacia El Exterior desde la barandilla.
Primero dejaste pasar un rato, digiriendo todos esa escena, cada cual en su silencio.
Después fuiste a reunir a la gente, a decirles que había que alejarse, continuar caminando al menos un tiempo más. Quizás toda la noche.

—Dafne: tenemos que movernos.
—Sí. Dame dos minutos solamente. Los necesito.
—Tenemos que irnos ya.
—Ya no sé bien quién fui —dice con voz llorosa—. Ya no recuerdo casi nada. Ya apenas sé qué hacía en la Vieja Normalidad, antes de que esa cosa apareciera.
Los ojos de Dafne estaban aún llenos de lágrimas. Se veían ahora distintos; más vulnerables, más familiares.
—Yo tampoco.
En las paredes de la caseta, una antigua pintada que, como muchas otras en aquella zona, rezaba «La única herencia que recibimos es la revolución que pariremos», había sido sustituida por otra posterior, escrita en sangre sobre la primera.
El lema de Los Verdaderos: «Orden y retroceso».

Al atardecer del cuarto día, cuando estabais cerca de llegar a acceder por fin a la barriada-fortaleza del ejército revolucionario, la larga pasarela que unía vuestra zona con uno de los últimos edificios detonó en su centro y se quebró. Y con ella, Adriano cayó también al vacío hundiéndose todo en El Exterior sin emitir sonido alguno.
Una trampa.
Las risas de los hijos de puta que la habían perpetrado se escucharon un buen rato en las ventanas del edificio de enfrente, apenas acalladas por vuestros disparos impotentes, desesperados, dirigidos hacia un enemigo invisible, absurdo, cruel, ilógico, verdadero.
Dafne gritaba de desesperación y de rabia. Te dirigiste a Pike, que sentado en el suelo, había sacado su raído peluche.
Se lo arrancaste de las manos y lo arrojaste también al vacío.
Su cara se llenó de consternación.
—¡No es momento de huir de la realidad! ¿Ahora qué, Pike? ¿Ahora… qué?
Te miraba inexpresivamente. Quizás le hubieras golpeado, de no ser porque Dafne procuró tranquilizarte.
—Ya no hay más caminos, ¿verdad?
—Uno más.
—¿Dónde, Pike?
—Uno más. Al otro lado. Más atrás. Más lejos.

El resto de la jornada consistió en volver a alejarse de aquel horizonte de edificios donde se supone que residía la que quizás era la última esperanza de llegar a construir otra cosa distinta.
Irse para poder quedarse.
Pensaste en hasta qué punto o de qué manera, cada país, cada lugar o ciudad que quedara aún habitada, tendría también su propia Hermandad de Los Verdaderos, su propio Gran Kowanka, como un código binario repetido hasta la saciedad.

Anocheció.
El cuartel se veía ahora más lejos que nunca, pero Pike aseguraba que era el camino correcto.
Decidisteis parar, cenar en silencio las dos últimas latas de atún que quedaban y dormir algo.
Le tocaba a Dafne hacer guardia. Tus párpados se cerraban de cansancio y de sueño.
Mirar el relieve de la chica recortado por el fulgor de la luna es recordar a tu mujer; revivir el dolor que supuso que se quebrara, que se rindiera, que saltara hacia El Exterior, en una noche, en una azotea, y con una luz parecidas a esta.
Sus respectivos rasgos se asemejaban ahora más que nunca.
Quizás aquello que perseguimos en otros sea el anhelo de algo que siempre llevamos dentro. Quizás todos los seres sean el mismo, simplificados y multiplicados a la vez en todas sus variantes posibles, como si la diversidad sustituyera a la eternidad. Quizás todas las luchas, todas las revoluciones, sean la misma partida repetida, reflejada una vez y otra sobre el agua del tiempo.
Dafne pareció darse cuenta de que la estabas mirando.
—Duerme. Descansa. No voy a irme de aquí.

—… Esta vez no voy a irme.
Tuviste un sueño recurrente: aquel en el que te dejas llevar, en el que caes en El Exterior, y tu cuerpo desciende a toda velocidad en un éter sin luz ni sonido, ni fondo, ni forma.
En ese sueño no tienes miedo a chocar con un suelo, sino a morir de manera natural durante el transcurso de la propia caída y que esta continúe a lo largo del tiempo infinitamente, incluso cuando tú ya no seas.

La buena noticia es que consigues dormir varias horas.
La mala es que lo que te despierta es una patada en el costado.
Luego otra, y otra.
A su vez, alguien estaba aplastando tu cuello.
Sentiste la asfixia y la muerte; el vacío. Los colores y los sonidos se marchaban.
Experimentaste un frío inenarrable. Verdadero frío físico, más profundo que la materia de la que está hecho lo tangible. Al dejar de recibir la presión y recobrar de pronto el aire en los pulmones, fuiste consciente de que nacer debe de ser una experiencia extremadamente dolorosa.
A modo de propina, recibiste dos patadas más, que encajaste desde el suelo.
No te importó.

Pudiste ver a Pike por el rabillo del ojo.
Estaba aterrorizado.
Quisiste vislumbrar cómo estaba Dafne, pero rápidamente os ataron las manos, os vendaron los ojos y os arrastraron a la pequeña caseta de la portería.
—Traedme primero al negrata subnormal.
De pronto, el sonido de una motosierra. Gritos y lloros aterradores que ni tan siquiera el motor del aparato era capaz de atenuar.
—Te diré lo que va a pasar. Voy a cortarle a nuestro amigo alguna cosa, lo que me apetezca, cada vez que te haga una pregunta y no la contestes.
Estaba claro que os matarían, que no ibas a poder evitar que os mutilaran y asesinaran a Pike y a Dafne (quién sabe lo que además, le ocurriría a ella), de forma que todo dejó de tener sentido.
—¡Para! ¡Basta! Nos dirigimos a ver al Gran Kowanka.
—¿Qué es lo que tiene esta cajita verde que tenías aquí?
—¡No lo sé. Sólo sé que tengo que llevársela!
—¿Cómo se abre esta mierda?
—¡No lo sé!
—¡Vaya! Teniendo en cuenta que voy a mataros y a cortaros en pedacitos, ¿te importa mucho que me la quede?
De nuevo, el estruendo de la motosierra y los alaridos de Pike, que inundaron hasta el último recodo de aquella estancia.
—¡Quédatela! ¡Quédate la puta caja!
Súbitamente, el motor de aquel aparato se detuvo.
—Gracias, amigo. Muy amable. Es lo que esperaba oír.

Notaste que todos los presentes estallaban en una carcajada. También Pike, que añadió:

—¡Joder! ¡He vuelto a perder otra apuesta!
Más carcajadas.
Su voz te resultaba reconocible, pero su tono te pareció inédito cuando añadió «En fin… Desatadle, anda».
Te quitaron la venda. La mirada que tenías ante ti era la de un Pike inédito, de ojos profundos y expresión inteligente.
Os mirasteis durante un momento. Es un instante que dura un tiempo extraño. El suficiente para comprender.
—La única herencia que recibimos es la revolución que pariremos —aciertas a pronunciar.
—La verdad es que recuerdo que había bebido bastante la noche que se me ocurrió esa frase. Gracias por traer esto —dice mientras encaja la llave triangular de su colgante en la cerradura de la caja, la abre, y saca de ella un pequeño teléfono móvil, que usa de inmediato para hacer una llamada perdida.
—Ya están de camino. Vamos fuera.

—Es una lástima que no hayas superado la prueba, Marlow. Quizás la próxima vez. Te dejo aquí tu pistola. Podrías necesitarla.
En medio de aquella irrealidad, comenzaste a escuchar el sonido de un motor acercándose por el aire.
—Ahora tenemos que dejarte. Hay cosas que hacer.
Había amanecido. La luz de la mañana dañaba un poco tus ojos.
—¿Dónde está Dafne?
Tus interlocutores parecieron extrañarse.
—¿Quién?
—¿Dónde está la chica?
—¿Qué chica?

Puede que no sólo no haya respuestas, sino tampoco preguntas válidas, puede que cada acontecimiento no sea sino uno de sus muchos resultados posibles, puede que el universo mismo esté condenado a ser destruido y reiniciado de manera constante, y nosotros, en un reducto fractal, sigamos, sin saberlo, una lógica parecida.
—Algún día, Marlow, si nos vemos de nuevo con más tiempo, puede que hablemos acerca de qué es El Exterior, o de dónde estamos realmente ahora.
Con gran estruendo, un helicóptero militar aterriza en la azotea. El Gran Kowuanka y sus hombres suben a él y se marchan rumbo a su cuartel inaccesible, quizás con el objetivo de jugar a hacer su revolución, o quizás no, si es que acaso eso importa algo.

Cuando el sonido del despegue se difumina lo suficiente, oyes voces. Alguien está accediendo al edificio por una de sus pasarelas laterales.
Hombres armados, vestidos de blanco. Gente de la Hermandad de Los Verdaderos, hombres de Donald Bolsonaro.
Está claro que te han divisado, y cuáles son sus intenciones.
En un primer momento, hasta te parece una buena idea. Dejarse ir. Acabar ya.

Divisas en el suelo, donde estaba el helicóptero, la pistola que el Gran Kowanga ha dejado para ti.
Por instinto, por inercia, quién sabe si por rabia, la recoges y decides usarla una última vez.

Es entonces, al girarte, cuando aparezco yo.
En lugar de esos pistoleros, hay un niño. Un niño que se cruza, como hago cada vez antes y luego.
Una bala, entrando y saliendo de mi cuerpo, con toda su verdad inútil.

Estás a punto de empezar a olvidarlo todo.
Te repites que no era culpa tuya, que nada de esto puede haber pasado, que ese niño no debería haber estado ahí.
Es imposible que le hayas disparado, si no estaba antes.
¿Qué es lo que hacía en este lugar?
¿Dónde se ha metido el resto de la gente?

 


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