El insulto, motor de la sociedad


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“Hay que instaurar la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol”. Esta idea, que desearíamos nuestra, no es sino de Valle-Inclán, que en su magnífico canto “Luces de Bohemia” ansiaba acabar así, al buen ritmo de una guillotina eléctrica, con cuantos seres despreciables pululan por España. Que vienen a ser todos los españoles, explica.

Valle-Inclán no es el único que desea la muerte o utiliza el insulto con afán artístico. Antonio Machado tampoco pierde la ocasión de menospreciar a todos los españoles (a usted, a mí, a su abuela y su hermana) en su redondilla:

–Nuestro español bosteza.
¿Es hambre? ¿Sueño? ¿Hastío?
Doctor, ¿tendrá el estómago vacío?
–El vacío es más bien en la cabeza.

Benjamin Peret insultando a un cura ("La revolution surréaliste", 1.926)

Benjamin Peret insultando a un cura (“La revolution surréaliste”, 1.926)

Los surrealistas nos dan también grandes alegrías en el campo del insulto: André Bretón en su segundo manifiesto del Surrealismo nos encomia a disparar contra todo aquél que nunca haya sentido “el principio de degradación y embrutecimiento existente hoy en día”. Benjamín Péret, por su parte, sale magníficamente retratado insultando a un cura en una famosa fotografía. Dalí escupe sobre el retrato de su madre, y un par de surrealistas aburridos en un pueblo envían una hermosa carta de insultos al primero de la promoción de la academia militar francesa. Buñuel, además, confiesa que ansía mandar a la silla eléctrica a los jovencitos que tocan la guitarra eléctrica (“ese invento de Satanás”) a más de tantos decibelios. Etcétera.

Hay más. Thoreau sostiene que quien lee el periódico a diario es como “el perro que vuelve a su vómito”. Y nosotros mismos hemos declarado abiertamente nuestra aversión a los viejos, e incluso a toda la humanidad con nuestro famoso aforismo “El aborto no puede ser un derecho: ha de ser una obligación”.

Hay que dejarlo claro: el insulto a tal o cual persona o colectivo, e imaginar el exterminio de tal o cual sector es, en ultima instancia, positivo. Hace discurrir la mente hacia las más ricas imaginaciones, guarida primigenia del arte, que ha de ser, por definición ultrarracionalista, provocador. Por ello, censurar el insulto en el arte es censurar el arte mismo. Y censurar el arte es castrar uno de los principales motores de la sociedad, porque en él reside de forma natural la capacidad de crear ideas nuevas e incrustar las valiosas de entre ellas en el imaginario colectivo.

Censurar el insulto en el arte es censurar el arte mismo. Y censurar el arte es castrar uno de los principales motores de la sociedad, porque en él reside de forma natural la capacidad de crear ideas nuevas.

Así, por ejemplo, André Bretón se lamentaba en 1.955 de que el escándalo había dejado de ser posible. ¡Claro que lo era! Pero los prejuicios contra los que él había luchado en los años 20 ya comenzaban a estar superados -al menos en Francia-, y nadie se escandalizaba por arremeter contra esos asuntos que tanto excitaron a los surrealistas treinta años atrás. ¡Breton había triunfado, y lo lamentaba como un fracaso! Y Belle de jour de Buñuel, una película atrevida por su trato hacia la sexualidad y la infidelidad -decadente, sin romanticismos hollywoodenses- pero hoy ampliamente superada por los miles de filmes y programas televisivos que usan el sexo como reclamo vulgar para una audiencia grotesca, resulta para el espectador de hoy anodina: se ha matado a sí misma al contribuir a superar los prejuicios de los que trata.

Algo parecido podría ocurrir con los videojuegos. Se habla mucho de si tal o cual videojuego violento incita a matar personas. ¡Más nos valdría! Pero no es así: miles de españoles menores de 40 años han jugado profusamente a todo tipo de videojuegos, incluidos el Doom, el Mortal Kombat y el Carmaggedon, y el nivel de violencia en nuestro país ha descendido notablemente con respecto a generaciones anteriores, que solo supieron defender sus posiciones con una bonita Guerra Civil.

Por ello tenemos que defender siempre que la imaginación es inocente. ¿Qué importa aniquilar mentalmente a tal o cual persona, si nunca llevamos el acto a cabo? Olvidar la inocencia de la imaginación induce inmediatamente a caer en el pecado, y ello a censurar racionalmente el natural discurrir del pensamiento. ¡No hay cosa más grave! Los problemas que acarrea son evidentes: desviaciones de conducta, prejuicios obscenos, moral absurda, censura del arte provocador y, a la larga, el avance de la sociedad hacia el Homo velamine, la podredumbre y el esperpento, en lugar de a la gracia y el superhombre. Y ya sólo nos quedará suspirar, como un Valle-Inclán desesperado ante la cerrazón moral que había hecho de España una “deformación grotesca de Europa”, por “la bomba que destroce el terrón maldito de España”.

“¿Cuál es el valor de una libertad política sino el de hacer posible la libertad moral? ¿Alardeamos de la libertad de ser esclavos o de la libertad de ser libres?” se pregunta Thoreau. Es decir: ¿cuál es la ventaja de haber conquistado la libertad de expresión en el s. XX, si en el XXI la encorsetamos en un buenrollismo aniquilador? Es precisamente la libertad de expresión, junto a la transgresión y provocación inherentes al arte, la que permite producir nuevos pensamientos que, con el tiempo, pueden pasar al flujo de la cultura y hacer a la sociedad que la ostenta más rica, más libre y menos velamínica, como ya hemos dicho.

El Partido Popular no cejará en su obsesión de enarbolar una moral que exalte el pecado, para que mientras nos entretenemos defendiéndonos de fantasmales ataques a nuestro honor sus secuaces puedan seguir robando a espuertas.

Por ello, censurar a Guillermo Zapata por un efluvio de la imaginación es pueril y mezquino. Otra cosa es que esos efluvios no hayan sido los excelsos exabruptos de Valle-Inclán o Bretón, cosa que admitimos. Pero sabemos que el Partido Popular no cejará en su obsesión de enarbolar una moral que exalte el pecado para que, mientras nos entretenemos defendiéndonos de fantasmales ataques a nuestro honor, sus secuaces puedan seguir robando a espuertas. Por ejemplo, su Ley de Seguridad Ciudadana, que entra el vigor el próximo 1 de julio, castiga las afrentas contra España. ¿Debemos tirar la estatua de Valle-Inclán del Paseo Recoletos y renombrar todas las avenidas, calles y plazas llamadas “Antonio Machado” para ponerles nombres de bancos? Deberíamos promoverlo, si somos buenos observadores de la ley.

Entonces: ¿tiene que dimitir Zapata? Pregunta obscena: esto no es el parchís, donde al comer una hay que contar veinte. Zapata sólo “tiene que dimitir” mientras aceptemos este extraño sistema de manchas en el honor que hemos aceptado. Es decir, “tiene que dimitir” mientras haya idiotas que digan que “tiene que dimitir”. Y su dimisión da una palmada en la espalda y dos pulgares arriba a una forma ruin y despreciable de hacer política. Nos dice que cuando la señora Aguirre le manda a sus esbirros que rebusquen en los contenedores de basura de toda la lista de Ahora Madrid a ver si hay algo de estiércol que lanzar el día de la investidura, está haciendo algo que va a funcionar. De modo que ahora preparaos para que los vacíacubos dominen el escenario político. Y, por supuesto, este tipo de maniobras no funcionaría sin el beneplácito popular, así que felicidades: Sálvame ha vuelto, y en horario de máxima audiencia.

Insultos contra Zapata

Nada más. Sólo nos queda citar al más grande transgresor, y con ello nos despedimos. Adelante, marqués de Sade:

“Un esfuerzo más; puesto que trabajáis por destruir todos los prejuicios, no dejéis subsistir ninguno, porque basta uno solo para volver a traerlos todos”.


¡Habla, Pueblo, habla!

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