El límite del humor no es la ofensa, es el poder

Tras las múltiples concentraciones celebradas en las últimas semanas por toda la península, el caso de Pablo Hàsel es sin duda paradigmático en la respuesta popular a un exceso de poder.

Sin embargo, el caso de Homo Velamine, condenado en diciembre al doble de pena de Hàsel por una sátira contra los medios de comunicación, es paradigmático del mecanismo mismo del poder. Intentaremos analizar por qué.

1. Los medios de comunicación organizan los afectos de la ciudadanía

Una manifestación en la vía pública necesita el apoyo de un número suficientemente grande de personas. Ese apoyo solo se consigue si los medios de comunicación difunden la causa o crean un clima de exasperación. El caso de las concentraciones en las sedes del PP tras los atentados del 11M, a menudo nombrado como la primera concentración espontánea viral (¡a través de mensajes de SMS!) solo pudo ser posible gracias a la indignación previa despertada por los medios.

Las redes sociales por sí solas no tienen ese poder de convocatoria. Como dice Pilar Carrera en Basado en hechos reales, en la era de internet los medios convencionales continúan teniendo el poder de que una noticia se haga viral, convirtiéndola en un asunto público y de preocupación ciudadana.

Los medios de comunicación son, pues, quienes organizan los afectos de la ciudadanía.

2. Los medios se deben a quienes los financian

Existen dos tipos de medios por su modelo de negocio:

  1. El principal, enormes holdings mediáticos subvencionados por las grandes empresas que se pueden permitir anunciarse en ellos. Es decir, son el poder económico.
  2. El secundario, diarios online que dependen de subscripciones. Tienen una vinculación ideológica con las personas subscritas, que no van a retar ni por convicción ni por conveniencia.

3. Los medios no dan noticias que molesten a anunciantes o público

A la luz de esto es interesante que, en el intenso debate que se está produciendo estos días sobre la libertad de expresión, la reciente condena de Homo Velamine no tenga ninguna cabida. Solo tres columnistas han hablado de ello desde entonces.

Los hechos: una web irónica que ofrecía un falso tour de La Manada. Los medios lo tildaron de indignante. En medio de ese boom mediático la web mutó para recoger cómo esos mismos medios habían publicado el mapa del recorrido. En diciembre de 2020 fue condenado con 18 meses y 15.000 euros por el Tribunal Supremo. (Toda la info del caso, aquí).

¿Por qué ningún medio recoge el caso de Homo Velamine? Dos motivos:

  1. La sátira era contra los medios de comunicación, y consiguió retratar sus malas prácticas. Los medios han hablado de la acción pero desinformado sobre ella como «negocio» o «broma». No les interesa destapar el pastel, luego muy poca gente lo conoce.
  2. En su desinformación, los medios ponen contra Homo Velamine a la víctima de La Manada, es decir lo sagrado. Ello nos convierte no solo en criminales sino en algo mucho peor: herejes. Las víctimas son muy jugosas para el poder porque en nombre de su protección la ciudadanía es más laxa en ceder derechos y libertades. Piénsese en las medidas post 11S en Estados Unidos. Como ha tuiteado Amnistía Internacional, “los gobiernos deben defender los derechos de las víctimas en lugar de sofocar la libertad de expresión en su nombre”.

La religiosidad establece qué queda fuera y dentro de la sociedad, y los medios de comunicación son los púlpitos desde los que se establece qué es sagrado y qué no. El pecado permite más control social que la ley, porque es un límite moral. Como señalan Herman y Chomsky, “Los medios de comunicación permiten —e incluso fomentan— enérgicos debates, críticas y disidencias, en tanto permanezcan fielmente dentro del sistema de presupuestos y principios que constituyen el consenso de la élite, un sistema tan poderoso que puede ser interiorizado en su mayor parte, sin tener conciencia de ello».

En ese sentido, los grandes holdings mediáticos no hablan del caso porque la acción retrata precisamentesu tratamiento rápido e irreflexivo. Pero los pequeños diarios de subscripción ideológica tampoco, dado que han de acomodar los hechos para acomodarlos a sus convicciones previas, tanto las propias como las de las personas subscritas a ellos. Es ilustrativo que El Salto Diario, cuya pretensión es retar al poder económico que se esconde tras el mediático, no mencione a Homo Velamine en el artículo que publica hoy, Las 128 condenas a cárcel por delitos de libertad de expresión que nos podíamos haber ahorrado. En su día sí que publicó uno sobre el caso, que usaba varias falacias argumentativas para dar tranquilidad a su público.

Las 128 condenas a cárcel por delitos de expresión que nos podríamos haber ahorrado… La de Homo Velamine no es una de ellas para El Salto Diario.

Por ello, a diferencia del de Hàsel, el caso de Homo Velamine no opone una ideología a otra sino que revela el propio mecanismo del poder, que es el invisible. «Las mismas fuerzas que se nos escapan se nos aparecen con toda su potencia», dice Guy Debord. «Las raíces del espectáculo se hunden en la más antigua de las especializaciones sociales, la especialización del poder».

He ahí el límite último de la libertad de expresión: no es la ofensa, sino el poder.

Dicho esto, nuestro apoyo a Pablo Hàsel.

Os invitamos a leer y compartir el caso para contrarrestar -mímimanete- el silencio. Ya sabéis que toda la info relevante se encuentra en la propia web a juicio ¡Gracias!

¡Habla, Pueblo, habla!

Una idea sobre “El límite del humor no es la ofensa, es el poder”

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El Tribunal Supremo nos ha condenado a 18 meses de cárcel y 15.000€ por una sátira.