El nacimiento del aullido

Abrían el Sol con un lápiz quirúrgico. El bisturí se adentraba en la piel del astro sometiéndolo fríamente sin anestesia, pues así lo había decidido el paciente. Por primera vez su carne roja quedaba a la vista, pero tan mortecina que podía mirarse sin protección ocular. El equipo médico no sabía muy bien en qué consistía la ope- ración. Sí que por voluntad propia el Sol accedió a consulta externa, de ahí a la lista de espera del hospital, para luego tumbarse en la mesa de operaciones, rechazar la inconsciencia y pedir un espejo para ver el desarrollo de la intervención desde la horizontal. Observaciones: “Me encuentro apagado, doctor, me duele el pecho, tengo frecuentes accesos de tos. Mi brillo se debilita, la fuerza característica me abandona…” Un breve repaso del cirujano jefe a la primera entrevista de su expediente fue el glosario histórico que resumió su tiempo. El Sol entró en coma saltando a la comba del arco iris de la radiación cósmica. Una pregunta sobrevolaba la sala de operaciones: ¿podrá volver a moverse a su habitual velocidad de la luz? Le han extirpado un cáncer de grandes dimensiones, redondo y pálido como un muerto. Hoy ha despertado de buena mano y temprano con un apetito pronto saciado, desde los primeros rayos hacia el universo circundante. Se encuentra reestablecido. Aún así dos Oradores Gigantes vinieron esta mañana para hablar con el cirujano jefe: “No debemos estresarlo, podría recaer. Su jornada se verá reducida a la mitad. A partir de mañana, la excrecencia se encargará de llenar ese hueco”. “Te repito que no extirpaste un tumor -corrigió el segundo- sino que asististe a un parto”.

¡Habla, Pueblo, habla!