El nacimiento del aullido


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Abrían el Sol con un lápiz quirúrgico. El bisturí se adentraba en la piel del astro sometiéndolo fríamente sin anestesia, pues así lo había decidido el paciente. Por primera vez su carne roja quedaba a la vista, pero tan mortecina que podía mirarse sin protección ocular. El equipo médico no sabía muy bien en qué consistía la ope- ración. Sí que por voluntad propia el Sol accedió a consulta externa, de ahí a la lista de espera del hospital, para luego tumbarse en la mesa de operaciones, rechazar la inconsciencia y pedir un espejo para ver el desarrollo de la intervención desde la horizontal. Observaciones: “Me encuentro apagado, doctor, me duele el pecho, tengo frecuentes accesos de tos. Mi brillo se debilita, la fuerza característica me abandona…” Un breve repaso del cirujano jefe a la primera entrevista de su expediente fue el glosario histórico que resumió su tiempo. El Sol entró en coma saltando a la comba del arco iris de la radiación cósmica. Una pregunta sobrevolaba la sala de operaciones: ¿podrá volver a moverse a su habitual velocidad de la luz? Le han extirpado un cáncer de grandes dimensiones, redondo y pálido como un muerto. Hoy ha despertado de buena mano y temprano con un apetito pronto saciado, desde los primeros rayos hacia el universo circundante. Se encuentra reestablecido. Aún así dos Oradores Gigantes vinieron esta mañana para hablar con el cirujano jefe: “No debemos estresarlo, podría recaer. Su jornada se verá reducida a la mitad. A partir de mañana, la excrecencia se encargará de llenar ese hueco”. “Te repito que no extirpaste un tumor -corrigió el segundo- sino que asististe a un parto”.


Acerca de Rasomon

Antes de nacer incluso ya se predijo, con acierto, que Rasomon moriría algún día. Por fortuna para el género humano hace más de dos tardes que el susodicho toma té de vainilla los días pares de meses alternos. Su modo de preparación es el secreto que mantiene ocupado a los cabalistas desde hace un cuarto de hora aproximadamente. Cada fotograma mantiene intacto su sabor ancestral gracias al hervido de película a la manera tirolesa. La razón por la que Rasomon hiberna tras cada telediario habría que buscarla en el baño, pero cualquiera se adentra tras el positivado del papel higiénico. Lo único cierto a estas alturas es que allí abajo hay algo y si no pregunten en la sección de conservas de su dentista más lejano. Él no sabrá nada de Rasomon pero el aire tampoco tiene hebras desde el siglo III y nadie se queja.

¡Habla, Pueblo, habla!