Creadores hoy, líderes mañana6 min read


Estoy en un bar. El camarero, de veintipocos años, quiere ser actor. Dice que aunque tiene que trabajar en el bar, aún puede mantenerse, y que otros compañeros no. Su interlocutor, al otro lado de la barra, dice que quiere empezar un proyecto. Un corto, una obra, algo. Que este año ya no, pero que al año que viene lo hará. El camarero dice que espera que todo ese curro le lleve a algo. A una oportunidad mayor o un contrato, por ejemplo.

Los escucho quedamente, y les deseo suerte. Me he encontrado mil veces en conversaciones semejantes, y conozco la tesitura de largo. Es la maldición del creador: tener tiempo para crear, y a la vez tener tiempo para entregar su carne al capitalismo.

¿Quién cree que ha de dotar de ese tiempo al creador? Elija su propia historia:

  • Si cree que deber ser el propio creadorpinche aquí.
  • Si cree que deber ser el estado, siga leyendo.

SURREALISTAS[1]

Ahora bien, ¿debe el estado proveerle de ese tiempo? Seguramente sí, y las naciones más avanzadas lo intentan hacer. Pero, aunque no lo hagan abiertamente, toda nación -entendida como un conjunto de personas que vuelcan sus pasiones en ella, voluntaria o involuntariamente- lo hace. Pero, ¿cuánto le cuesta?

Tomemos el Quijote. Para poder escribirlo, Cervantes tenía que poder garantizar su supervivencia sin las tediosas tareas que ésta demanda, ocupando a otras personas para servirle. Campesinos que produjesen la comida. Mesoneros que sirviesen vino. Sastres que propiciasen ropa. Etcétera. Y, sobre todo, paisanos que le sirviesen de inspiración. Carne que se autogenera y perece entre pasiones y dolor, y de la que nunca nadie se acordará más. Pero que, sin embargo, han contribuido a hacer el Quijote.

El dentista, el farmacéutico o el cajero, cuyos trabajos son meramente circunstanciales, son útiles sin embargo para que sobreviva la estructura social que genera cultura, arte y progreso.

Trasladémoslo a hoy. ¿Qué es esa carne? Gente que vaga sin rumbo ni interés particular por grotescas profesiones de éxito y dinero. ¿Para qué querría alguien estudiar una carrera cuyo fin fuese hurgar bocas ajenas, por mucho dinero que se cobre y prestigio que se gane? ¿Por qué estudiar varios años de Farmacia para acabar tras un mostrador? ¿De qué sirve Empresariales si todo lo que se aspira es a atender abuelos en Ibercaja? Es este último caso, por ejemplo, bastaría saber sumar y restar, algo de informática básica y unas nociones de psicogeriatría para desempeñarlo a las mil maravillas. Sin embargo, el Pueblo se entrega a ellas sin mayor interés que el de sobrevivir, como el perezoso que come hojas en su árbol, pero de una manera mucho más sofisticada. El perezoso permite que sobreviva la especie; el dentista, el farmacéutico o el cajero, cuyos trabajos son meramente circunstanciales, permite que sobreviva la estructura social que genera cultura, arte y progreso, residuo último de toda sociedad, y único valor verdadero y permanente de toda nación o grupo de personas.

El arte como motor de la sociedad

Así es: el arte, cuya principal herramienta es la imaginación, ha de ser (por definición) un caldero de constantes ideas nuevas que repiquetean fuera de la olla como gotas hirvientes para introducir conceptos frescos en el imaginario colectivo, de manera que conduzcan a la sociedad a un estado cada vez más libre, más justo y menos velamínico. El arte, pues, ha de provocar nuevos pensamientos, nuevas concepciones, y en última instancia, nuevas formas de organización social.

El Pueblo no es más que el instrumento del arte para perpetuarse.

Por ello el Pueblo no es más que el instrumento del arte para perpetuarse, y la clase creativa su heraldo. Las ideas que hoy genera la clase creativa mañana pasarán a formar parte del cuerpo de la sociedad; en ese momento, todos los poderes fácticos deberán someterse a ellas para mantenerse en el poder. Así, los gobernantes de hoy se subyugan a la clase creativa de ayer, igual que se subyugarán mañana a la clase creativa de hoy. Por ello, la clase creativa es la que verdaderamente ostenta el poder, aunque lo hace en diferido. Hoy hasta los sectores más retrógrados de la sociedad defienden valores como la libertad de expresión o el derecho a voto universal, contra la que ellos mismos lucharon años atrás.

Veamos ejemplos:

  • El otro día leía sobre Walter Benjamin, que iba de aquí para allá huyendo primero de los nazis, luego del gobierno de Vichy, y acabó suicidándose para no caer en manos de la policía franquista. Hoy menospreciamos a Hitler, a Pétain y a Franco; en cambio exaltamos a Benjamin por el poder que nos ha dado en forma de nuevas ideas.
  • André Bretón se lamentaba en 1.955 de que el escándalo había dejado de ser posible. ¡Claro que lo era! Pero los prejuicios contra los que él había luchado en los años 20 ya comenzaban a estar superados -al menos en Francia-, y nadie se escandalizaba por arremeter contra esos asuntos que tanto excitaron a los surrealistas treinta años atrás. ¡Breton había triunfado, y lo lamentaba como un fracaso!
  • Belle de jour de Buñuel, una película atrevida por su trato hacia la sexualidad y la infidelidad -decadente, sin romanticismos hollywoodenses- pero hoy ampliamente superada por los miles de filmes y programas televisivos que usan el sexo como reclamo vulgar para una audiencia grotesca, resulta para el espectador de hoy anodina: se ha matado a sí misma al contribuir a superar los prejuicios de los que trata.

La clase creativa es la que verdaderamente ostenta el poder, aunque lo hace en diferido.

He aquí, pues, cómo la clase creativa tiene el poder en diferido. ¿Deberían los dirigentes del estado postrarse ante la clase creativa de hoy, en lugar de la de ayer, y proveerle el Tiempo necesario para crear? Sería inteligente, pero la propia dialéctica arte-poder lo impide.

En cualquier caso, sepa, pues, amigo banquero, político, dentista, presentador de televisión: usted no es más que un engranaje que la sociedad pone a disposición de la clase creativa para que esta genere nuevas ideas. Su labor será eternamente olvidada a no ser que sirva de resorte y sustento a la clase creativa. Por ello, empaste un diente gratis, ceda un préstamo sin devolución o dé de comer a un artista o pensador: sólo así saldará su deuda con la clase creativa del ayer: ayudando a la clase creativa del presente. Sólo así podrá pagar el precio de vivir en una sociedad más justa y libre que la de sus antepasados, ayudando a que sea más justa y libre para sus descendientes.

Se lo ponemos fácil. Su donativo a nuestro colectivo de artistas contribuirá a crear una sociedad más justa. ¡Gracias! :)

Ahora lea la otra opción, si le apetece.


Acerca de Anónimo García

Ultrarracionalista, determinista-libertario, exterminista-humanista, misfilántropo y moderno pero español. Me dedico a la comunicación en todos sus ámbitos, especialmente el visual, en el que destaca mi perfecta y característica ejecución del corte de mangas. He sido galardonado en varias ocasiones, entre las que se encuentra el premio al número ganador en una rifa de mi colegio; y tengo el honor de haber confundido “humper” con “hamper” en el texto de uno de mis diseños. Más en www.anonimogarcia.com

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