Errores de la izquierda y algunas razones para el optimismo

Lógicamente, hay que identificar a la izquierda con un pensamiento que pone de manifiesto al carácter contingente y hasta arbitrario de gran parte de la realidad social, que critica esa realidad en función de potenciales socio-eco-humanos no realizados o insuficientemente realizados, y que, según estos potenciales, evalúa y propone alternativas de transformación a un mundo más deseable. Dada esta definición, se dibujan al menos tres problemas en las propuestas históricas de izquierda.

Los dos primeros defectos surgen de un compromiso excesivo y acrítico con ideales modernos fallidos. Primero: el excepcionalismo, la idea de autonomía, y el consiguiente productivismo. Filósofos como Bacon, apoyándose en los hallazgos de las revoluciones científicas y tecnológicas, nos hicieron creer que el ser humano es una excepción natural: el único animal que puede subvertir las leyes de la naturaleza o librarse de ellas. Como consecuencia, nos creímos libres para ponernos nuestras propias leyes, es decir autónomos, sin que existiesen leyes o principios naturales con los que negociar nuestra acción. Ello nos llevó a la idea de que las sociedades humanas podían crecer infinitamente, o desarrollar sus fuerzas productivas ilimitadamente, sin tener en cuenta nada más que el ingenio y libertad de la especie. Marx parece haber aceptado estas ideas faústicas propias de Bacon y muchos otros modernos, por ejemplo, en sus críticas a Malthus. Casi toda la paleo-izquierda y los partidos tradicionales de todo el espectro aún cree en estos principios.

Segundo: una visión necesitarista de la historia consistente con los ideales modernos antedichos. Simplificando, según Hegel, la historia es una evolución progresiva y necesaria de la libertad humana, y el régimen liberal, al arrinconar las relaciones formales de servidumbre, pone las condiciones idóneas para el despliegue final de esta historia necesaria. En muchos textos, Marx, análogamente, sugiere que la historia humana es un despliegue progresivo de la libertad y la igualdad. Relaciones de producción asimétricas e injustas en numerosos frentes han sido sucesivamente sustituidas por otras mejores. Así llegamos al capitalismo, cuyas relaciones de producción sólo son injustas en un frente: el económico. El final de la historia es, por ende, la destrucción del único eje de asimetría social vigente bajo el liberalismo, que es la destrucción de las clases económicas, es decir, la burguesía y el proletariado. El ser humano, y en particular el proletariado, está llamado a realizar esta última revolución transformadora.

Por tanto, dos problemas: la falsedad e irracionalidad de las ideas excepcionalistas, autonomistas y productivistas; y la falsedad y carácter peligroso del necesitarismo histórico, al menos cuando se lo plantea en los términos señalados. Este último precepto ha sido el que la izquierda tardó menos en abandonar. El otro (más bien un ‘set’ o juego de preceptos) acompaña aún a gran parte de los intelectuales, aunque cada vez más anarquistas y socialistas lo rechazan.

Finalmente, tenemos un tercer problema, que es la incertidumbre intrínsecamente asociada a todo programa o curso de acción basado en lo potencial: existe siempre el peligro de sobreestimar este potencial, sus efectos deseables, o la libertad de acción colectiva. Este defecto es connatural e inevitable en toda propuesta más o menos utópica. El mundo es un conjunto de sistemas complejos entrelazados de diversas formas, y está plagado -especialmente en la compleja fábrica del mundo moderno- de numerosos riesgos emergentes. Existen dos momentos o formas de encarar estos riesgos. Por un lado, en períodos de estabilidad se requiere por lo general prudencia, carácter reflexivo y mirada de largo plazo. Esto obliga a cualquier proyecto de transformación social a ser flexible y científico, en el sentido de ser sensible a las evidencias. Incluso si uno sospecha de la aplicación social intensiva de la ciencia, no puede sospecharse de la conveniencia de que la gente tenga generalmente una actitud científica, especialmente en momentos de aparente estabilidad.

Por otro lado, los sistemas complejos y los riesgos emergentes a menudo producen ventanas de transformación, es decir, momentos en que la historia se acelera y donde realidades dominantes se derrumban y desintegran mientras que potenciales anteriormente secuestrados e invisibilizados se ven liberados y pasan a primer plano de la realidad. En estos momentos se requiere más atrevimiento, determinación y capacidad de asociación e imaginación creativa que sensibilidad a la evidencia. El Renacimiento, el período de entreguerras, o incluso una media década en los 60-70 fueron un tal momento. La izquierda no puede dispensarse de estos potenciales creativos en ventanas de transformación, pero me pregunto si la especie humana en general puede permitirse hacerlo.

El mayor problema que afronta la izquierda es el biempensar: menospreciar los desafíos y tender a poner sus deseos por delante de lo que la realidad te permite en cada caso.

Por ejemplo: ¿podemos permitirnos no ser radicales cuando toda nuestra civilización está organizada en torno a un paradigma y un modo de vida que se encuentra en clara contradicción con la posibilidad de supervivencia de la especie humana y otras muchas especies, y que está poniendo esta terrible perspectiva cada vez en un horizonte más cercano? Al contrario: es en este contexto cuando hay que poner sobre la mesa ideas tales como: gobierno global; reducción controlada de las economías y cadenas logísticas y limitación del uso de mercados a contextos bien especificados, sector por sector; reorganización territorial del mundo, incluyendo troceamiento de estados peligrosos o imperialistas como EE.UU.; subvención masiva garantizada a los jóvenes para que abandonen las ciudades y emprendan proyectos de autoabastecimiento; creación de redes regionales de ayuda mutua obligatoria para situaciones de crisis productiva, catástrofe natural o pandemia; etc. etc.

Por tanto, la izquierda, si es algo, es un proyecto deliberado de transformación social. No hay izquierda digna de su nombre que pueda rechazar a la ciencia porque no es razonable -tampoco políticamente- hacerlo. Y la ciencia te dice muchas cosas: que las ideas modernas excepcionalistas, autonomistas y productivistas son estúpidas si no sumamente peligrosas; que la visión necesitarista de la historia es una ficción; y que lo más científico es ser flexible y prudente en períodos de estabilidad, y radical y enérgico en momentos de crisis.

A tenor de lo explicado, no creo que estas ideas sean extrañas, y ni siquiera difíciles de entender. Tampoco creo que mucha gente de izquierda, ni siquiera los paleo-izquierdistas más dogmáticos, esté tan lejos de aceptar las tres. ¿Cuál es el mayor problema que afronta la gente de izquierda? Por lo general, el biempensar: menospreciar los desafíos y tender a poner sus deseos por delante de lo que la realidad te permite en cada caso. En nuestro caso, por ejemplo, quizás un imperialismo chino o un estado global federalizado sean posibles. Una solución amistosa al cambio climático que deje a todos contentos, en cambio, es imposible. Que el mundo se convierta de inmediato en un paraíso epicúreo-libertario donde la gente danza en pelotas fumando porros y comiendo melva canutera gratis es también imposible.

La derecha está dominada por la cobardía, el miedo y la misantropía, cuando no el desprecio por la vida en general.

Lógicamente, estos no son los problemas de la derecha. La derecha me aburre y me repugna, así que no emplearé tanto tiempo en definirla o en explicar sus opciones de futuro. De todos modos, creo que esto es muy fácil. Un programa de derechas naturaliza las relaciones sociales y disfraza la realidad de necesidad. En consonancia, la gente de derechas no tiende a pecar de biempensar, sino que están, por lo general, dominada por dos sentimientos: la cobardía o el miedo, y la misantropía, cuando no el desprecio por la vida en general. La cobardía es aquí el sentimiento fundamental: antes que nada, uno es de derechas porque su familia o comunidad lo es, es decir, porque esa persona tiene miedo a violentar su base identitaria y de relaciones personales íntimas.

Asumo que un programa de derechas puede ser llamativo cuando el biempensar domina injustificablemente la sociedad. Asumo que los errores tradicionales del marxismo podían, también, ser gasolina para distintos programas de derechas: es fácil apelar a la tradición o a la conservación cuando estás rodeado de gente que quiere imponer a toda velocidad un final de la historia que no tiene en cuenta las distintas peculiaridades de cada pueblo, región o persona. Ahora bien, asumo también que, a la postre, el único programa de derechas posible en el capitalismo es un programa socialdarwinista. Y esos son los programas que vemos en la derecha mundial. La preocupación no es conservar nada, ni paliar ningún exceso izquierdista. La derecha más bien se entrega a todos los excesos modernistas, exceptuando el uso racional de la ciencia. La ciencia te dice que el combustible fósil se acaba y que, en todo caso, debes abandonarlo; la derecha niega ambas cosas y reputa a esta ciencia de ideología. La ciencia te dice que debemos transformar y simplificar brutalmente nuestros hábitos de movilidad y de vida, y la derecha lo niega y apoya a los coches y a las industrias contaminantes. La ciencia te dice que necesitas mecanismos de gobernanza global, y la derecha se entrega a una versión neofeudal del capitalismo. Le dices a un teólogo capitalista que el capitalismo está destruyendo la biodiversidad y la vida humana, y su respuesta es no se qué del Teorema de Coase. Los científicos animan a que seamos radicales para conservar la vida humana y animal mínimamente digna; y la derecha es radical sólo para imaginar macroproyectos de desarrollo de rascacielos en la Antártida.

La izquierda necesita creérselo un poco más y comenzar a poner en marcha la máquina de pensar y actuar.

En suma, cada día se derrumba más el tópico de una izquierda trasnochada y una derecha realista. Lo que asistimos ahora es a una izquierda que no acaba de creérselo, pero que cada día es, contra sus propias intuiciones, más razonable. Mientras que, entre tanto, la derecha no tiene dudas sino en lo siguiente: ¿de qué modo es más probable salvar los privilegios del hombre blanco rico? ¿De qué modo es más eficiente mandar a la gente a la picadora? ¿Cómo podemos freír a la gente viva más cost-efficiently?

En esta situación, y con las reservas comentadas acerca del biempensar, creo que la izquierda necesita creérselo un poco más y comenzar a poner en marcha la máquina de pensar y actuar. No se puede ya naturalizar lo existente cuando lo existente es un genocidio en marcha. No se puede apelar a la seguridad de una realidad que se desmorona, y donde la cobardía de hoy es la agonía y la pesadumbre de mañana. Yo soy muy pesimista, creo que mi hijo vivirá un infierno en la tierra. Pero quizás todavía los peores escenarios posibles del siglo XXI pueden evitarse si ponemos a la derecha y a la gente de derecha donde se merecen: en el mejor de los casos, como gente cobarde y pobre de imaginación; el peor, que es de los poderosos, como gente ruin que envenena la sociedad y las mentes, y que son responsables de la destrucción en marcha de toda una civilización.

 

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