Estoy contigo en Rockland

Día lunes

No he mejorado, digamos. Sigo esperando una nueva lectura de la fortuna, mi hipoteca ya no parece tan intimidante, pero sigue mirándome con la autoridad de la Reconquista: ¿negociamos o la espada? En fin.

Me encuentro en Madrid, enfermo de literatosis aguda y con agravantes. He vuelto aquí para trabajar pero hago poca cosa: recorrer las librerías de viejo buscando libros de poetas surrealistas peruanos que murieron hace más de 50 años, tomar café, cerveza, vodka, etc., y la verdad poco más, no estoy para juicios de valor.

Tengo internet, eso sí, y todo me parece tan inmanejable, tan espectacular y tan urgente, que la verdad no sé cómo Occidente se sustrae a la destrucción total cada mañana.

Hace poco asistí a una conferencia titulada La existencia mediática donde la ponente, creo sinceramente que con buenas intenciones, animaba a los presentes a lanzarse a la piscina de las redes, sin paracaídas y con toda la confianza del mundo. Luego en el tiempo de preguntas la reventaron literalmente con el tema de la protección de datos, de hecho todas las preguntas fueron sobre seguridad. De repente, ese grupo heterogéneo de personas (me imagino que usuarias de redes sociales) que habían ido allí quién sabe a qué, eran expertas en la nueva regulación europea, el robo de datos, la historia de Anonymous, etc. En resumen, tenían las mismas preocupaciones que el jefe de ciberseguridad de la Casa Blanca; o vemos demasiadas películas de Hollywood donde intentan matar al presidente o, de verdad, no nos merecemos nuestra propia tecnología.

En estos casos me muerdo las manos (también porque estoy intentando dejar de fumar, con poco éxito por cierto), será que soy un dinosaurio marxista, pero mi razonamiento es: si no quieres que “X” persona o empresa o lo que sea sepa cosas sobre ti, ¿para qué utilizas redes? Entiendo que todos tenemos derecho a participar de este mundo de fanfarria, si todo es una falsificación producto del poder de la publicidad, los medios, etc., ¿por qué yo (que soy pequeñito pequeñito pequeñito e intrascendente) no puedo vivir aunque sea una jornada de placer virtual en Sodoma? Una sola, sólo eso pido, ¿por qué yo, que soy menos que un chancro microscópico pegado en la pata trasera de un camello, tengo que vivir éticamente? ¿Por qué no puedo entregarme a los fantasmas de mi imaginación?, y si alguien se los cree, ¿mejor no?

En cualquier caso mi yo real tiene otro problema, el intento diario de evitar a las decenas de miles de aspirantes al Nostradamus del año haciendo sus predicciones apocalípticas sobre la llegada del no va más todos los días: el “no va más” ya depende, un día puede ser un bebé clonado, al siguiente la extrema derecha, Puigdemont (Puchi para los amigos), las declaraciones de cualquier persona en realidad normalita; pero que debido a los designios de algún partido mesetario ha venido a recalar en la alcaldía de un pueblo perdido al que nunca hemos ido, ni iremos, pero, ¡mira tú!, ¡lo que ha dicho este animal!, o incluso algo tan ramplón como la lenta e imparable decadencia de los valores socialdemócratas de la Unión Económica Europea, parece mentira pero os lo juro, yo he leído a personas que pensaban que esto era el no va más.

Alguien me podría replicar que el problema es que leo demasiado, y a los malos, y que debería simplemente dedicarme a trabajar, como Dios manda, o, sino quiero molestar al personal con mi absurda participación, simplemente beber más vodka, o más café, y así emplear el tiempo en una misión sencilla y bendecida por nuestra sociedad que por lo menos dará de comer a alguna familia en alguna parte: consumir hasta morir.

No sé dónde está mi centro y tampoco si es necesario, me dejo conducir a un descampado vacío, no sé si estoy profanando algo; un espacio mental o algo por el estilo, pero ya no importa, me recuesto en un arbusto para descansar, no vuelvo a interrumpir.
Tiene sentido, como misión no exige demasiado compromiso ni da lugar a interpretaciones contrapuestas que la dificulten, pero hay algo en mí que se resiste a creer que nuestro sistema de valores depende de ese simple gesto de ir al supermercado y pagar con un dinero que mi jefe me ha dado, y que él ha sacado quién sabe de dónde, una botella de vodka que me llevará a ese soporífero estado de duermevela donde se mezclan en mi cabeza ideas difusas: mi hipoteca, frases de películas antiguas (Said baise la police, por ejemplo), jóvenes soldados americanos que buscan amor y comprensión en las afueras de Basora, el móvil, caballos, el móvil otra vez, y cosas peores. No sé qué pensar, me cuesta encajarlo. No sé dónde está mi centro y tampoco si es necesario, me dejo conducir a un descampado vacío, no sé si estoy profanando algo; un espacio mental o algo por el estilo, pero ya no importa, me recuesto en un arbusto para descansar, no vuelvo a interrumpir.

 

Día martes

Ayer, mientras estaba escribiendo estas preclaras reflexiones me quedé dormido, en realidad no sé si escribía o intentaba no soltar el teclado. De todas maneras llegó a casa mi amigo Abou, y por supuesto dejé de escribir, o salí del soponcio, según se mire, y me entregué conscientemente a la bebida y el dicharacheo.

Abou vino a Europa desde Guinea Conakry en un viaje de vida o muerte que duró 5 meses, con paso del estrecho de Gibraltar en barca incluido. Pero eso fue hace 5 años, ahora ya se ha movilizado, y como toda persona de bien en España mira el móvil cada minuto, y acompaña sus reflexiones y anécdotas con vídeos de youtube, chistes de wassapp y artículos de periódicos independientes que dicen la verdad con todas las letras, verdades duras como puños. Y mientras bebíamos mis últimas existencias de un vino joven que traje de Galicia la última vez que hice la vendimia, definitivamente horroroso (por eso había sobrevivido tantos años al fondo de un armario de mi cocina), me daba vergüenza tener que decirle que todo ese viaje que él había realizado hacia una Europa idealizada (Abou es un amante de la cultura europea, músico y escultor) era en vano, que esa cultura que él había venido a buscar ya no existía, que sólo quedaban aquí reflejos deformes (Ana Rosa Quintana, el móvil, la extrema derecha, Puchi, twitter, etc.) de algo que parecía haber ocurrido en un pasado remoto. ¿Con qué cara iba yo a decirle a Abou ayer, que estábamos borrachos por completo, que lo mejor que podía hacer era volverse por donde había venido si quería seguir aprendiendo, porque aquí ya estábamos cansados hasta de nuestro propio tufo? Otro amigo me hizo un chiste hace unos días sobre “ese hedor” nauseabundo que jodía sobremanera a Smith, el villano de Matrix. Según él, lo que olía Smith en la piel humana era Europa, ¡la puta vieja Europa!, y se reía a carcajada limpia, apoyado en un banco de madrugada, borracho y puesto hasta las trancas. Por cierto, para terminar la escena, mientras Manuel (mi amigo con pretensiones de crítico de cine) apenas podía mantenerse en pie de las carcajadas, salió una señora a un pequeño balconcillo, con un albornoz rojo indescriptible, digno de un Madrid tan profundo que nunca pensé que pudiera existir, y nos espetó unas lindezas para el recuerdo.

Pero claro, yo también estaba borracho ayer, y como todos los Nostradamus del mundo, pensaba que la razón estaba de mi lado, hoy que ya estoy deshidratado, he dejado que mis ganas de tener razón vuelvan a esconderse en el rincón de donde nunca debieron salir: el fondo del armario de mi cocina.

 

Día jueves

Por la mañana he leído un libro de poesía que me han regalado: «Quiero quemar las librerías llenas de postales de playas que nunca veré» de un amigo de un amigo.

Ha venido a verme Marta, mi ex, me ha encontrado muy delgado y tristón, me ha echado la bronca por pasar tanto tiempo viendo el twitter, le parece que es normal que esté deprimido si me paso todo el día introduciendo porquerías en mi cabeza, me llevará al campo el fin de semana, me ha dicho casi textualmente: “Todas esas cosas que me estás contando sobre el mundo no tienen sentido, ¡deja el móvil coño que te estoy hablando! A ver, coño te estas convirtiendo en un cerdo, en un onanista… sí sí, a ver, no te rías, pareces tonto, es que me sorprende que tú que te precias de ser una persona culta y demás ahora te vayas por aquí, en fin, hazme el favor ponte los zapatos porque es que aquí no se puede ni respirar, tienes que orear esta casa de vez en cuando, ya sé que es invierno pero es necesario, venga vamos, vamos a la calle”.

 

Día sábado

Me he duchado y he abierto algunas ventanas de casa. Y sí, puedo comprobar como unos hilillos tenues de escepticismo se escapan hacia fuera, afortunadamente para mí, espero que con el objetivo de invadir otros domicilios y no volver por aquí. Me alegro de no haber tenido con Abou esa conversación que por un momento me pareció imprescindible, es verdaderamente descorazonador comprobar como el ansia de tener razón puede perderme a veces por completo. 

Me he duchado y he abierto algunas ventanas de casa. Y sí, puedo comprobar como unos hilillos tenues de escepticismo se escapan hacia fuera, afortunadamente para mí, espero que con el objetivo de invadir otros domicilios y no volver por aquí.

La visita de Marta ha sido reparadora porque ha asentado en mi cabeza una duda fundamental sobre la pertinencia de todas mis teorías sobre el devenir de Occidente. Me ha llamado Onanista, y como tiene razón, ahora ya dudo de todo lo demás. Como era de esperar, he tratado de liarme con ella de la manera más patética posible, con un movimiento de brazo he intentado acariciarla en el hombro mientras estábamos sentados en una cafetería, obviamente no ha sido posible. De forma muy elegante, me ha quitado la mano de su hombro y me ha mirado con ternura, no ha necesitado decir nada para hacerme comprender que una vez más me arrastraba buscando compasión y lujuria a la vez. Afortunadamente no se lo ha tomado a mal, supongo que lo esperaba de alguna manera, y ha calmado mis animosidades con el tacto que utilizamos para acariciar a un perro faldero. Sé que visto desde fuera (el barman de la Conejita Maja lo vio todo, pero ya me conoce de sobra) puede parecer que mi comportamiento es rastrero y despreciable, y quizás lo sea, pero no me avergüenza ser tan patético, lo soy, lo admito, pero en mi defensa diré que por lo menos no estoy todo el tiempo sacando a pasear mis desvergüenzas, ni en la calle ni en facebook, donde hay muchos que tienen una imagen de sí mismos blasonada con atributos de héroe de Marvel. Soy patético, sí, pero intento beber en casa, estrictamente, y seguiré intentándolo de ahora en adelante para ahorrar al personal mis devaneos de intelectual totalitario.

 

Día domingo

Esta mañana he ido a la montaña con Marta, me ha llevado a un sitio de la sierra de Madrid cerca de un pueblo llamado Cercedilla, hemos subido por una ladera hasta un claro muy bonito, con mucha nieve. Ha sido durísimo, tuve ganas de abandonar varias veces y lo habría hecho sin duda si hubiera ido solo, pero no quería chafarle el día a ella, que se encuentra en un estado físico muy superior al mío. En cualquier caso la experiencia ha sido muy buena desde el punto de vista mental, no porque haya experimentado “lo sublime posmoderno” o alguna parafilia parecida, no he intentado volver a tocarla en todo el día, sino porque he respirado mejor, la gente con la que nos cruzamos daba los buenos días y parecía estar de excelente humor, y en general, alejarme de la ciudad y todo lo que significa, me ayuda a darme cuenta de la enorme cantidad de tiempo que gasto denostando a la lista de sospechosos habituales (twitter, Trump, Cristiano Ronaldo, Ana Rosa, etc.). Marta me lo dijo el otro día, soy como un polemista de Sálvame que ha suspendido antropología social y quiere venganza.

Afortunadamente, hoy en la montaña, ni Occidente ni el futuro ni Europa ni España ni Podemos ni Ciudadanos; toda mi energía estaba puesta en subir esa cuesta, cada bocanada de aire tenía un fin específico directo, no había margen para el razonamiento supuestamente ilustrado, ¡qué felicidad!

Pero lo más curioso del día ha ocurrido al regresar a Madrid. Iba caminando hacia mi casa cuando he visto de frente a esa mujer del albornoz rojo, que unos días atrás había salido a un balcón para quejarse por el ruido nocturno. He intentado taparme la cara por miedo a ser reconocido, pero se me ha parado en frente, cortándome el paso, y me ha saludado con buen tono:

– Hola joven, no sé si te acuerdas de que tú y uno que iba contigo estabais haciendo alboroto hace unos días en Tribulete, muy tarde por la noche, tranquilo que no te he parado para echarte la bronca, sólo quería decirte que a tu amigo se le cayó esto, yo lo vi, y a la mañana siguiente cuando bajé a darle una escoba al portal lo recogí del piso. – Gracias, gracias – le contesté, con el tono de los quinceañeros que reciben la paga del abuelo en fin de año, mientras me daba un papel amarillo que parecía una factura o un formulario. Lo metí en un bolsillo sin mirar y me fui directo a casa. Ahora, que ya me he dado una buena ducha y he comido, mientras ponía la ropa a lavar, he sacado del bolsillo una cita de Manuel (es abogado experto en inmigración) en la oficina del registro civil de Madrid.

 

Último lunes

Llamé a Manuel y quedamos en el registro de la calle Pradillo para darle el papel que había perdido, al parecer era importante. Una vez allí decidí quedarme un rato por curiosidad antropológica supongo, o simplemente porque no está claro el esfuerzo o compromiso temporal que exige mi trabajo actual. En cualquier caso pude escuchar una conversación que me pareció sintomática, no sé si de nuestro tiempo o de mis obsesiones personales, seguramente de una amalgama de ambas cosas y seguro que otras menos definidas, que tengo en alguna parte del cerebro.

Estaba sentado en una sala de espera, apoyado en uno de esos paneles separadores que se usan en las oficinas, al otro lado había un espacio bastante amplio, sin columnas, donde estaban distribuidos los escritorios de atención al público, por lo menos 20, los interesados iban pasando por número.

Justo al otro lado del panel donde me había recostado, un peruano, creo por el acento, yo no podía verle porque el panel era azul oscuro, intentaba argumentar a una funcionaria. Al parecer le faltaba algún papel para sacar un permiso de residencia o lo que fuera, no lo sé, la funcionaria trataba de explicarle que sin ese papel no podía continuar con el trámite, hasta que el hombre soltó su argumento estrella: “Mire señora, yo llevo en España 15 años, 15, y todos trabajando, porque yo no soy rico, soy un trabajador, yo soy un trabajador, y nunca nunca he tenido ningún problema legal ni nada parecido, a mí no me han detenido jamás, yo que lo sepa usted soy una persona decente, una persona honrada, yo lo que he hecho aquí, en este país, como usted, evidentemente, como usted, es trabajar, y he trabajado en Galicia, en Sevilla, en Extremadura fui repartidor 6 años, sí sí mire aquí lo pone, así que conozco España, conozco España que si conozco España, que me la sé de memoria y mire, permítame que le diga, con todo el respeto, con todo el respeto no se crea que yo soy uno de esos, yo, a día de hoy, sí sí, ahora, mire, yo hoy en día soy tan español como el que más, como cualquiera, y la prueba es muy sencilla: yo, señora, odio España, odio España casi tanto como un español fíjese, casi tanto como un español”. El argumento me pareció glorioso, insuperable, pero lamentablemente no pude escuchar la respuesta de la mujer porque el ruido circundante no lo permitió, pagaría mi sueldo de un mes por saber qué contestó aquella mujer a aquel hombre, incluso pagaría dos meses. Yo, si fuera por mí, habría nacionalizado a aquel individuo automáticamente en ese mismo instante, sin necesidad de jurar la bandera ni nada, si existe una forma pura del patriotismo mesetario, sin duda es esta.

 

 

¡Habla, Pueblo, habla!