Propuestas para una mejora ultrarracional de Estrecho

Propuestas para una mejora ultrarracional de la ciudad de Madrid‘ es un garbeo semanal que parte cada martes de una estación de metro distinta, barriendo el plano por orden de líneas y de norte a sur. Cada garbeo consiste en caminar por donde nos venga en gana y realizar una visita a un bar local. En ellos conocemos al Pueblo en su salsa, interactuamos con él, cantamos a favor de la labadora, etc. Consulte aquí los próximos destinos.

Nuestros garbeos semanales con fines ultrarracionales por las calles de Madrid no son nada nuevo, son algo que ya hicieron Guy DebordFrancisco Umbral (Paco, para los amigos). Este último escribió, para gozo del pueblo español, los mismos tres libros centenares de veces: uno sobre Madrid, otro sobre el jovenzuelo de Provincia que llega a La Gran Ciudad y otro sobre amor y política. Ahora que estamos a punto de ser desalojados de nuestro piso porque nos suben el alquiler 200€, releer a Umbral y, concretamente, Travesía de Madrid  mientras damos vueltas por la metrópolis nos resulta tan útil como el Valium en un ataque de ansiedad. No solo porque descubrimos zonas nuevas donde podríamos reubicarnos (no ya dentro de la M-30, sino dentro de la M-50, a ser posible, pero si hay que gentrificar Getafe se la gentrifica), también porque descubrimos el alma de cada barrio. Baste citar este párrafo umbraliano donde se retratan a la perfección los alrededores de Bravo Murillo, que con tanto ahínco estamos recorriendo en las últimas semanas:

Madrid compra un chaquetón de piel en una boutique de Serrano y años más tarde lo vende por la puerta de servicio y vuelve a comprarlo en las ropavejerías del Rastro y sigue comerciando con él, con su vejez, años y años. Madrid no tira nada, no desaprovecha nada. Es ciudad de traperos y traperas, las traperas aciertan a ver y recoger lo que les ha pasado inadvertido a los traperos, las sobras de la última criba, los desperdicios de la última inmundicia. Los basureros se alejan luego en sus carritos, a las nueve, a las diez de la mañana, por Bravo Murillo, hacia no se sabe dónde.

En esta peluquería local puedes cortarte el cerquillo por 5 €

Tras haber examinado los alrededores de esta importante arteria, esto es, Pinar de Chamartín, Bambú, Chamartín, Plaza de Castilla, Valdeacederas Tetuán (con el bonus track de Logroño), procedemos a recorrer Estrecho ilusionados como el viajero recién llegado a Madrid a través del aeropuerto que se encuentra en la obligación de que pagar 7,50€ para llegar al centro en Metro, es decir: sin ninguna ilusión. 

Convergemos tres personas ultrarracionales en la parada de metro, donde llueve. Acostumbrados a la lluvia ácida que ya disfrutamos en la deriva de Chamartín, agradecemos el temporal de nieve y viento que nos llena el cuerpo de agua limpia. Los tres estamos a favor del colapso de la A-6 del pasado domingo, por supuesto, pues gracias al caos se han llenado los pantanos. Brenda sugiere, mientras derivan, vivir en Madrid pero alquilando un piso más allá de la A-6El Medievalista rechaza la idea justo a la altura de este paredón con los versos del poema ‘Por un vivir activo’ del poeta Leopoldo de Luis: 

No es verdad que tengamos que morirnos.

Nadie se muere si en la tierra deja

una clara semilla que la reja

del arado del tiempo ahínque.

Madrid no nos deja dejar nuestra semilla a pesar del poema tan hermoso que acabamos de leer, porque al tercer año de alquiler, siempre te expulsa. Así como la URSS promovía los planes quinquenales, el capitalismo marca España promueve los planes trienales. Quizá en este barrio tan poético y Estrecho, pensamos, podremos encontrar una vivienda digna, así que nos ponemos a recorrer sus calles buscando sitios para comer y disfrutar porque en ellos se podrían reunir nuestros próximos vecinos y necesitamos conocerles cuanto antes.

Localizamos un gastrobar peruano muy por encima de los restaurantes peruanos de mentira que existen en Madrid Centro.
Nos llama la atención que una taberna castellana disponga de especialidades gallegas. ¡Ay, si Rosalía de Castro levantara la cabezaCastellanos de Castilla, tratade ben ós galegos.

En este bar castellano de especialidades gallegas, los parroquianos se alegraron mucho con nuestra llegada, nada que ver con cómo nos recibieron en aquel bar de Tetuán en el penúltimo garbeo. Jóvenes, niños, abuelas, casi nos aplauden al entrar, pues no deben ver muchos forasteros frecuentemente. Tal recibimiento nos anima a ponernos a buscar pisos por la zona pero quedamos aun más fascinados por la tapa que nos ponen, la cual resulta ser, como comprobamos luego, el denominador común de la gastronomía tradicional de Estrecho: un pan con tocino y salsa de tomate. ¡Delicioso manjar!

En otro de los bares donde nos sirvieron la tapa tradicional, el dueño nos contó que su bar llevaba 30 años funcionando, en concreto, desde noviembre de 1988. Nunca tuvo problemas con la clientela “salvo cuando Zapatero abrió las puertas y esto se le llenó de ecuatorianos y moros” y nos enseña un palo de golf vendado, al que llama cariñosamente La Estaca, para demostrar que cuenta con herramientas de gestión emocional. Cambiamos de tema hablando del tiempo, de la lluvia, sin mencionar el cambio climático para evitar problemas, y nos remite a Don Dionisio, residente en Matalpino, una autoridad que predice el tiempo gracias a sus conocimientos de astrología y agricultura. No sabemos muy bien quién es ese tipo pero a continuación nos informamos en La Internet y comprobamos que Don Donisio fue un chavalín cabrero. Salimos del bar. Por el camino observamos que el sistema de transporte característico de Estrecho son las bicicletas compartidas asiáticas, de Obike que no usa nadie porque son caras y no tienen marchas, y los todoterrenos rotos, probablemente empotrados en algún punto de la A6 nevada.

En un sitio indeterminado, nos encontramos con una enorme carpa en medio de un solar, coronada además por diferentes adornos navideños. En el muro hay una plaquita que pone “Ioan Popescu” y enfrente una furgoneta de mudanzas que también hace de taxi, por lo que intuimos que se trata de una vivienda autoconstruida y que el inquilino trabaja cara al público. Justo cuando empezamos a adentrarnos para examinar mejor una posibilidad alternativa a nuestro inminente problema de reubicación, nos gritan: ‘Eh, tú. ¿Has visto algo interesante ahí dentro? No se puede meter la cabeza en propiedad privada‘. Atemorizados, echamos a correr sin miedo a resbalarnos por la lluvia.

Las conclusiones de la deriva son buenas. Puede ser un buen sitio para buscar un alquiler o, si resulta demasiado caro, construirnos nuestra casita, que es el sueño de la antigua clase media. Del barrio, a priori, no cambiaríamos nada, a pesar de que Estrecho no es un sitio recomendable para pasar la infancia. Los pocos niños que nos hemos cruzado son demasiado maduros para su edad. No tienen nada de cabreros como Don Dionisio, pero sí de traperos, tanto en el sentido del que hablaba Umbral en el párrafo antes citado, como en el sentido moderno de filósofos y juglares de barrio que difuminan su voz con Auto-Tune. Así que puede que nos vengamos a vivir por aquí cuando nos echen de nuestro piso del centro pero buscaremos otro lugar, más allá de la A-6 cuando queramos criar a nuestros hijos.

Restos de plastilina playdoh que abandona un niño antes de ir a resolver un ajuste de cuentas.


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(Homo Velamine nº12)
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¡Habla, Pueblo, habla!