La seriedad de ridiculizar lo ridículo

Sello postal soviético para conmemorar el centenario del nacimiento de Prokófiev.

Días antes de entrar en la cárcel el rapero Pablo Hasél concedió una breve entrevista al programa APM? de TV3. El presentador mencionaba que Lluis Llach había declarado anteriormente que a él no le habían encarcelado por L’estaca durante el franquismo pero que, claro, L’estaca estaba llena de metáforas. En este sentido, el periodista preguntaba si no hubiese sido mejor referirse al rey como “pícaro creativo” y “nostálgico empedernido” en lugar de “mafioso de mierda” y “heredero del franquismo”. Entre risas, el rapero afirmaba que él creía que se debía hablar claro y directo. Nada que no supiéramos: Pablo Hasél prefiere la literalidad, la supuesta seriedad en las formas.

El recurso de la ironía, la alegoría y la metáfora ha sido una constante en los esfuerzos por burlar las censuras. Quien ha querido decir algo que no se podía decir siempre se ha visto obligado a decirlo de otra manera. En este sentido, la apuesta de Pablo Hasél por lo supuestamente serio quizás entra en contradicción performativa con su mensaje. Si realmente estamos en un Estado opresor resulta ingenuo pensar que se puede decir seriamente que vivimos en un Estado opresor sin que te pase nada. A no ser, claro, que tu idea sea entrar en la cárcel para visibilizar la opresión, siguiendo de manera un poco torpe los preceptos de Henry David Thoreau. Por suerte, la historia está llena de autores que han procurado no entrar en la cárcel y utilizar la inteligencia para decir lo que no se podía decir. Ya lo cantaba La Trinca en su canción Homenatge:

Ai! la censura! Ai! la censura!
valga’m Déu quina tortura!

Quan deien els funcionaris
en temps de la dictadura
que «con estos catalanes
hay que tener mano dura».
I vinga fer al·legories!
I vinga fer filigranes!
Fote’t a fer jocs de mans
sense tenir-ne cap ganes
¡Ay, la censura! ¡Ay, la censura!
¡ay Dios mío, que tortura!
 
Cuando decían los funcionarios
en tiempos de la dictadura
que “con estos catalanes
hay que tener mano dura”.
¡Y venga a hacer alegorías!
¡Y venga a hacer filigranas!
Ponte a hacer juegos de manos
sin tener ningunas ganas.

Lo interesante de esta canción consiste en que trata irónicamente el hecho de tener que utilizar la ironía para esquivar la censura, señala lo ridículo de la censura en tanto que obliga a hablar ridículamente. “Ponte a hacer juegos de manos sin tener ningunas ganas” sí, pero significativamente La Trinca permanecía en la ironía y en los juegos de manos. Puede que fuera acertado eso que se dijo en la Francia del siglo XVIII, esas afirmaciones del conde de Buffon y de Voltaire citadas hasta la saciedad: “el estilo es el hombre mismo” y “todos los géneros son buenos, a excepción del género aburrido”.

Marx: lo serio como criterio del censor

A propósito de esta relación entre lo ridículo y lo serio, resulta ilustrativo el primer artículo periodístico de Karl Marx, que escribió con 24 años y fue publicado anónimamente en el primer tomo de las Anekdota Zur Neuesten Deutschen Philosophie Und Publicistik en febrero de 1843. Este genial artículo analizaba las Instrucciones para la censura promulgadas el 24 de diciembre de 1841 por el rey de Prusia Federico Guillermo IV. Las instrucciones respondían a las demandas de la oposición liberal en relación a la libertad de prensa. Aunque se presentaron como una liberalización, recurrían al anterior Edicto de censura de 1819 y, consecuentemente, resultaron sumamente insatisfactorias para la oposición liberal.

Según el artículo 2 del Edicto en cuestión, “la censura no debe obstaculizar ninguna investigación seria y modesta de la verdad ni imponer coacciones indebidas a los escritores ni obstruir el libre comercio de los libros”. En su formidable e irónico análisis, Marx defiende precisamente el libre uso de la ironía contra lo supuestamente serio y modesto. Exclama:

¡Seria y modesta! ¡Qué conceptos tan fluctuantes y relativos! ¿Dónde termina la seriedad, dónde empieza la broma? ¿Dónde termina la modestia, dónde empieza la inmodestia? Dependemos del temperamento del censor. Sería tan injusto prescribir un temperamento al censor como un estilo al escritor. Si queréis ser consecuentes en vuestra crítica estética prohibid también investigar la verdad de un modo demasiado serio y demasiado modesto, porque la seriedad demasiado grande es lo más ridículo y la modestia demasiado grande la ironía más amarga.

El problema de limitar la “investigación de la verdad” a lo serio y modesto es que la investigación forma parte de la verdad. “La verdadera investigación es la verdad desplegada” insiste el joven hegeliano. Dicho de otra manera, el objeto investigado determina la investigación, si el objeto “ríe” la investigación no puede tener aspecto serio. Por este motivo dice Marx que “se trata lo ridículo con seriedad cuando se trata de manera ridícula”. En este sentido, denunciar lo ridículo (la monarquía en el s. XXI) con la supuesta seriedad de Hasél puede correr el riesgo de caer, a su vez, en lo ridículo. Para ser serios hay que tratar lo ridículo de manera ridícula. Esto es lo que hizo, por ejemplo, el colectivo Homo Velamine con la web del falso Tour de la Manada, el acto irónico que denunciaba el grotesco sensacionalismo de los medios de comunicación y que ha sido igualmente castigado por la justicia con pena de prisión. Sintomáticamente, su caso ha sido ampliamente silenciado por los medios que, a diferencia del caso Hasél y haciendo las delicias del artículo 2 del Edicto de 1819, censuran lo que no consideran una investigación seria de la verdad. Quizás, lo que hoy en día realmente no se puede decir tenga más que ver con aquello que los medios de comunicación consideran anatema que con las sentencias judiciales anacrónicas.

Como no podía ser de otra manera, el artículo de Marx termina con la célebre cita de las Historias de Tácito: “Rara temporum felicitate, ubi sentire quae velis, et quae sentias dicere licet”. La rara felicidad de los tiempos en los que pensar lo que quieras y decir lo que piensas está permitido.

Prokófiev: los ruiseñores cantan desde la prisión

Decía antes que por suerte la historia está llena de autores que han procurado no entrar en la cárcel y utilizar la inteligencia para decir lo que no se podía decir. Autores que, cuando no se puede pensar lo que se quiera ni decir lo que se piensa, se han tomado en serio lo de ridiculizar lo ridículo. Y digo por suerte porque, a parte de evitar las incomodidades del encierro carcelario, burlar la censura tiene la ventaja de dejar en evidencia la estupidez del censor y presuponer la inteligencia del público. Por no decir que, antes del efecto Streisand, dejarse atrapar por la censura condenaba, en muchas ocasiones, al autor y a su mensaje a una suerte de damnatio memoriae.

Uno de los ejemplos paradigmáticos y menos conocido del uso de la inteligencia para burlar la censura es el de la Sonata n.º 7 para piano de Sergei Prokófiev. Sobre la censura musical en la Unión Soviética se ha escrito mucho. Son conocidas las peripecias de Dimitri Shostakóvich, quien evitó el castigo del NKVD porque su purgador fue asimismo purgado unos días antes de su interrogatorio. También son famosas las radiografías convertidas en discos de jazz y rock ’n’ roll que confirieron un nuevo sentido a aquello de “mover el esqueleto”. El caso de Prokófiev, sin embargo, ha pasado mucho más desapercibido dado que el secreto escondido en la Séptima Sonata no fue desvelado hasta medio siglo más tarde de su estreno.

En 1939 Prokófiev estaba componiendo Semión Kotko, su primera ópera soviética. El director teatral Vsévolod Meyerhold, gran amigo del compositor, iba a ser el encargado de producirla. Sin embargo, el 20 de junio de 1939 Meyerhold fue arrestado por el NKVD por haberse enfrentado varias veces con las autoridades culturales. Durante el interrogatorio Meyerhold se negó a incriminar a sus colegas y, menos de un mes más tarde, dos hombres entraron en el piso de su mujer, la actriz Zinaida Raikh, y la apuñalaron 17 veces, incluso en los ojos. Todo apunta a que el asesinato fue organizado por la NKVD y, según el periodista Arkady Vaksberg, el jefe de la organización Lavrenty Beria necesitó montar “esa sádica farsa” dado que la actriz era muy popular. De manera reveladora, el piso de la actriz fue entregado al chófer de Beria. Unos meses más tarde, el 2 de febrero de 1940, Meyerhold fue fusilado.

Justo después del arresto de Meyerhold y del asesinato de Raikh, algunos oficiales del Comité de Radio de la Unión Soviética “invitaron” a Prokófiev a componer una pieza para celebrar el sexagésimo aniversario de Stalin. Consciente del peligro que corría por ser amigo de Meyerhold, Prokófiev compuso la cantata Zdravitsa (“Un brindis”). Una pieza feliz y celebrativa cuyo coro reza:

Mi vida está floreciendo ahora como la flor de cerezo en primavera. 
Oh, el sol brilla y baila en las brillantes gotas de rocío. 
Stalin nos trajo esta luz, calor y sol.
Sabrás, querido hijo, que su calidez nos llega a través de bosques y montañas.

En la penúltima sección de esta cantata el coro sube y baja una escala de do mayor, como cuando los niños practican escalas con el piano. Algunos intérpretes se han preguntado si estas subidas y bajadas consisten en una ironía perpetrada por el compositor. Sea como fuere, simultáneamente a esta cantata Prokófiev empezó a esbozar la Sonata n.º 7 que, junto a la n.º 6 y a la n.º 8, forma parte de las conocidas como “Sonatas de Guerra”. En principio, estas sonatas dan cuenta del avance nazi durante la Operación Barbaroja, la ansiedad, el miedo y la amargura están presentes en todas ellas. Sin embargo, el segundo movimiento de la séptima Sonata empieza con un tema inusitadamente lento y bello. Daniel Jaffé publicó en 1998 una biografía del compositor soviético señalando que el tema del segundo movimiento está inspirado en un lied de Robert Schumann titulado Wehmut (“Melancolía”). La letra de este lied es la siguiente:

A veces puedo cantar deliciosamente, como si fuera feliz,
pero secretas lágrimas caen liberando mi corazón.
Mientras las brisas primaverales soplan afuera,
cantan los ruiseñores la canción nostálgica desde lo profundo de su prisión.
Entonces los corazones escuchan y todos se deleitan.
Nadie siente el dolor, sólo en la canción está el profundo lamento.

¿Hace falta decir algo más? Prokófiev escribe para el piano la partitura vocal, sobran las palabras. Como colofón, la sonata recibió un Premio Stalin de segunda clase. Nadie se dio cuenta de la filigrana y el compositor se vengó ridiculizando imperecederamente la censura soviética. Años más tarde fue acusado de formalismo a partir del decreto Zhdánov y, casualmente, terminó muriendo el mismo día que Stalin. El apartamento de Prokófiev se encontraba cerca de la Plaza Roja, donde acudieron las multitudes durante tres días para despedir al líder soviético. Por este motivo, el coche fúnebre no pudo acercarse a la casa del compositor y su ataúd tuvo que ser llevado en brazos por calles secundarias en dirección opuesta al funeral de Stalin. Del mismo modo, mientras las autoridades soviéticas aplaudían el Brindis a Stalin, el segundo movimiento de la Séptima Sonata se alejaba secretamente en dirección contraria por los callejones de la historia.

Debord y Wolman: la representación paródico-seria

Puede parecer un poco desproporcionado contraponer una sonata de Prokófiev y a Hasél cantando que la “URSS volverá seguro” y que “picará en Siberia quien nos ha jodido”. Por cierto, cuando el compositor fue acusado de formalismo, Lina Prokófiev, su primera mujer, fue enviada durante ocho años al gulag de Abez. En cualquier caso, desmarcarse del contenido de las letras de Hasél antes de pedir su libertad se ha vuelto un lugar común: “no estoy de acuerdo con lo que dice pero ningún artista debería entrar…” Sin embargo, en tanto que artista, quizás deberíamos tomar en consideración su apuesta estética. De hecho, seguramente se pueda estar de acuerdo con algunas cosas que denuncia Hasél (la desigualdad, los desahucios, la monarquía, etc.), pero resulta más problemático compartir el “cómo” lo dice. La supuesta seriedad, la falta absoluta de ironía es un indicio de lo reaccionario. De hecho, si algo tienen en común el Edicto de Censura de 1819, la doctrina Zhdánov y la Audiencia Nacional es que se inscriben en lo supuestamente serio. Lo literal es la forma sospechosa de lo oficial.

Guy Debord y Gil J. Wolman publicaron en 1956 un texto titulado Modo de empleo del détournement que puede resultar interesante al respecto. En él exploran la posibilidad de crear una “representación paródico-seria” a partir de la tergiversación de la herencia artística de la humanidad. Parten de la base de que “no sólo es reaccionario el retorno al pasado; también los objetivos culturales «modernos» en la medida en que dependen en realidad de formulaciones ideológicas de la sociedad que han prolongado su agonía mortal hasta el presente. Sólo la innovación extrema está justificada históricamente”. 

El ejemplo que proponen en el campo del cine se basa en El nacimiento de una nación de D. W. Griffith. Si bien es una película fundamental en la historia del cine por sus innovaciones técnicas, a su vez no deja de ser una obra racista. En este sentido sugieren “tergiversarla como una totalidad, sin ni siquiera modificar su metraje, añadiendo una banda sonora que la convierta en una contundente denuncia de los horrores de la guerra imperialista y las actividades del Ku Klux Klan, que continúan vigentes en los Estados Unidos”. 

Quizás esta sea una manera de interpretar al joven Marx cuando dice que lo excesivamente serio es lo más ridículo y que tratar lo ridículo de manera ridícula es tratarlo seriamente. Si entendemos que el retorno al pasado y la seriedad de Hasél son en realidad reaccionarios, la astucia de Prokófiev “tergiversando” el romanticismo de Schumann no solo ridiculiza a la censura soviética, también se vuelve visionaria en tanto que se prefigura como representación paródico-seria, como innovación justificada históricamente. Sea como fuere, y parafraseando a Marx una vez más, huelga decir que “la auténtica cura radical de la censura sería su abolición”.


¿Sabías que nos han condenado a 18 meses de cárcel y 15.000 euros por una sátira hacia los medios de comunicación? ¡No lo verás en las noticias!

La condena menoscaba derechos como el de la libertad de expresión o la tutela judicial efectiva, precisamente los que permiten ejercer control sobre el poder, y abre la puerta a denunciar productos culturales por motivos económicos o ideológicos. Puedes apoyarnos en nuestro crowdfunding. ¡Gracias!

¡Habla, Pueblo, habla!

Nos han condenado a 18 meses de cárcel y 15.000€ porque sí.  Lee más y apóyanos »