La canción de Pablo e Isabel (Parte I)

Pablo Iglesias e Isabel Ayuso nacieron exactamente el mismo día, un 17 de octubre de 1978.

Durante años hicieron sus vidas de forma independiente, sin conocer de la existencia del otro. Empezaron a coincidir de forma habitual en la década de 2010, en los círculos en los que se movían jóvenes como ellos, hambrientos de influencia y poder. En un principio, nada les hizo suponer lo que iba a pasar.

Sí, sentían una atracción muy fuerte, casi telúrica, pero venían de mundos distintos. Lo suyo no era más que una fantasía, apenas un cruce de miradas y de mensajes sugerentes y ambiguos por redes sociales, pero nunca llegó a nada. Él era un perroflauta (aunque de buena familia) y ella una niña bien que trataba de abrirse camino en el PP.
Pasaron los años. Pablo e Isabel siguieron con sus vidas, ahora convertidos en estrellas políticas y mediáticas. Compraron casas, fundaron familias, tuvieron aventuras con varios amantes, pero nunca perdieron el contacto. Su affaire platónico no iba más allá de mensajes y fotos subidas de tono, pero nada más. Era peligroso, era excitante, era algo que nadie podía saber jamás, pero no dejaba de ser un simple juego.

Hasta la pandemia.

2020 fue un año de locura. Pablo e Isabel se vieron obligados a trabajar verdaderamente duro por primera vez en sus vidas. Las reuniones, las negociaciones, la prensa… el trabajo lo envolvía todo, y ambos se sabían responsables de gestionar el mayor reto político, logístico y humano al que el país se había enfrentado en las últimas décadas. Nunca antes se habían sentido tan estresados… y tan solos.

Comenzaron a hablar más a menudo. Sus conversaciones nocturnas eran lo único que conseguía apartarles de la rabiosa y urgente actualidad. Si hablaban de política, era solo para mandarse memes de Errejón o hacer chistes sobre el romance entre Pedro Sánchez y Letizia Ortiz, un secreto a voces en Madrid. Pero por lo general se dedicaban a intercambiar videos graciosos para mitigar el estrés y, sobre todo, a coquetear. Pablo se quejaba de lo aburrida que era la vida en su casa y de la monotonía de la vida marital nueva mientras Isabel le enviaba sugerentes fotos de sus piernas en la bañera de la suite de lujo en la que pasaba la cuarentena.

Cada vez se obsesionaron más el uno como el otro. Lo que parecía una forma inocente de lidiar con el estrés empezó a convertirse en un juego peligroso. El whatsapp no era suficiente; querían más. Empezaron a planear seriamente un encuentro aprovechando que Isabel tenía una suite privada y Pablo la excusa del consejo de ministros. Al morbo de lo políticamente prohibido se le sumaba el placer de saltarse la ley impunemente, una de las grandes aficiones de la clase política. Por fin, tras años de flirteo virtual, iban a poder verse a solas en persona, como en los buenos tiempos allá por el 15M, cuando Pablo no era más que un profesor pedante y presentador de un programa de televisión marginal e Isabel una ambiciosa becaria en el equipo de Esperanza Aguirre.

Fue arriesgado, pero lo consiguieron. Fueron apenas unas horas, pero para Pablo e Isabel fueron sin duda las mejores horas de 2020. Agotados y empapados en sudor, los dos enemigos políticos se sintieron en paz por primera vez en mucho tiempo. No había ternura entre ellos; no hubo caricias ni palabras de amor. Pero la complicidad que habían sentido era especial, eléctrica. Y no solamente en la cama: Isabel y Pablo compartían el mismo sentido del humor y el mismo gusto por la trama y la intriga.

Fue el primero de muchos encuentros. En el gobierno nadie entendía muy bien por qué Pablo se había empeñado en saltarse el confinamiento y reunirse con los ministros en persona. El vicepresidente explicaba que la comunicación por videoconferencia no es efectiva, que el lenguaje corporal y el contacto visual son imprescindibles… a la vez que se presentaba en las reuniones con la corbata mal atada y la camisa arrugada por fuera de los pantalones.

Pasaron los meses. Pablo estaba cada vez de peor humor: solo podía pensar en ella. ¡Ojalá hubieran empezado a verse en 2012 y no ahora! Todo era superfluo: la pandemia, el país, la política… nada merecía la pena si solo podía pasar unas pocas horas a la semana con ella. Isabel, por su parte, se encontraba en su mejor momento. Popularidad, fama, y un amante complaciente dispuesto a arriesgar su carrera y su dignidad solo por verla. Cierto, le hubiera gustado ver a Pablo más a menudo y con menos seguridad, pero ya estaba maquinando un plan…

La segunda semana de marzo de 2021, Isabel escribió a Pablo:

—Si quieres que estemos juntos para siempre haz lo que te diga. [emoticono de guiño] Tendrás que renunciar a algunas cosas, pero te prometo que todo lo que pierdas lo acabarás recuperando.
—Isabel, me asustas [emoticono de diablillo] Pero por ti hago lo que sea.
—Vas a tener que renunciar a tu cargo de vicepresidente
—Isa, no sé si estoy preparado para algo así… me gustas mucho, pero tengo que pensar en la hipoteca, en Irene, en los niños…
—Hazme caso. Está todo pensado.
—Yo renuncio a mi poder. ¿Y luego qué? ¿A qué renuncias tú?
—Déjame escribir, que eres un ansias.
—…
—Me han llegado rumores de que dentro de poco va a haber lío político en Murcia. Los de C’s están planeando alguna gilipollez efectista de las suyas. El caso es que van a intentar derribar al gobierno regional.
—Hostias
—Entonces, aprovechando la confusión, voy a presentar mi dimisión como presidenta de Madrid
—¿Cómo?
—Y voy a convocar elecciones
—¿Qué?
—Y tú te vas a presentar contra mí
—Isabel, ¿qué dices?
—Hazme caso, Pablo. Mira, vas a sacar escaño seguro, y con eso ya tenemos excusa para vernos en varias reuniones a la semana.
—Pero Isabel, es un suicidio político
—Ya estás muerto políticamente, aunque no lo sepas. No te preocupes. Tus fans lo presentarán como un gesto maquiavélico para acabar con Errejón (que oye, puede ser un buen daño colateral) y tu imagen de estadista no se verá dañada. Además, ¿no estás hasta los huevos de aguantar a Pedro y a Calviño?
—Un poco sí, la verdad
—Pues ya está hecho, Pablo. Ya verás qué bien nos lo vamos a pasar.

Continuará…


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