La sagrada misión de Homo Velamine


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Los misticismos y mitos de la era velamínica, empezando por el Progreso y las bajadas de impuestos, y terminando con los Nephilim reptilianos que se apoderaron de la voluntad de los terrícolas y de sus consejos de administración, hacen de la Santísima Trinidad y de la Inmaculada Concepción meras mentirijillas de alto contenido racional. El devenir de las ideas religiosas en ciernes apunta claramente a una mímesis reductiva mediante la cual el icono puro se erige en comandante de las fuerzas libidinosas aún no reprimidas. Hacer click es invocar a los espíritus transdimensionales bajo los cuales se desliza la providencia cuántica como cestas de compra satisfaciendo nuestras necesidades aquí y ahora. El juego de iconos impone su dialecto con escuetas series de operaciones que transubstancian la carne y establecen en la nube su definitiva reconciliación con los fragmentos de espíritu que el análisis y la estadística impedían reunificar. Por otra parte, los fragmentos pueden ser interpretados a la luz de cualquier superstición anterior, revelando la íntima superioridad del Velamine sobre sus ancestros.

Pero en ningún aspecto es tan patente la superioridad del Velamine como en la absoluta monstruosidad de sus costumbres, en su feliz disposición a trocar cualquier manifestación de orden o belleza en un engendro inconmensurable. El Velamine se entrega a un derroche incondicionado de sofisticadas herramientas y fórmulas simbólicas cuyo único fin es reforzar la estrecha conexión entre lo más bajo y lo más alto, que es lo más inútil. Su procedimiento: llevar sentimientos y actividades a la consabida mímesis reductiva. El contenido de esta mimesis no expresará ya lo elevado, sino la forma misma del afecto animal subdesarrollado, germen de toda vida. La inversión es doble: del contenido a la forma, de lo alto a lo bajo y, desde ahí, Dios dirá. Como resultado, el engendro cultural o ideológico es un cabo de nailon tendido sobre el acantilado del Gusto. A través de él asciende el engendro natural a las cimas de la vida civilizada, donde puede gozar de popularidad gracias a las retransmisiones en tiempo real.

Un engendro animal también es un animal. Y no es muy frecuente que los engendros animales prosperen; pero es un hecho notable que, a diferencia de sus primos animales, los engendros ideológicos son el pan nuestro de cada día. Sin duda, su fenomenal éxito hace de los engendros ideológicos unos entes muy especiales del género de la abominación. Pero esto no debe sorprender a nadie que conozca el Principio XIV del Ultrarracionalismo, a saber: que para que una idea pueda propagarse, debe antes ser envilecida, simplificada y ultrajada hasta que se asemeje casi a una hormona.

El Homo Velamine da consistencia y prosperidad a lo grotesco. En ello reside su libertad y su grandeza.

Todo Mentira Vs La Cucaracha: Naturaleza y Glamour.

Pero no es necesario recurrir al engendro animal para advertir la suprema virtud del Velamine, que es su habilidad para dar a cualquier contenido un carácter formal de hormona. Si un ser tan imperfecto como el Velamine es capaz de trocar ideas en hormonas sin perder ni una gota de credibilidad, ¿qué no podrán seres tan majestuosos como los grandes insectos, o los virus más resistentes y eficientes?

En efecto, la más sublime belleza humana es incomparable con la maestría alcanzada por la Naturaleza en el fabuloso diseño de la cucaracha. Los encuentros por sorpresa entre cucarachas y señoritas dejan claro que somos unos animales bastante feos. Dejan también otra conclusión: que entre las cucarachas no hay prolegómenos ni zarandajas, ni problemas para escoger vestido, ni Photoshop. Pues, con esos espléndidos cuerpos suyos, ¿acaso necesitan engañar a nadie?

Teniendo en cuenta esto, ¿quién se atrevería a considerar la posibilidad de contagios de Ébola como una amenaza de pandemia para la humanidad? ¡Toda amenaza es también una oportunidad, y ésta más que ninguna! De hecho, el contagio de Ébola supondría un triunfo enorme de la civilización, y la más soberbia realización velamínica posible. Garantizaría, al menos, la elaboración de procedimientos de prevención y seguridad, y todo ello sin dejar de parecer absurdos.

Homo Velamine: excusa perfecta para la emergencia de civilizaciones superiores de poder-afecto.

Por no hablar del aumento de la presencia de científicos en medios de comunicación: adiós fútbol, Kardashians y Mohedanos. Desde luego que los castuzos y sus counterparts extranjeros, aún demasiado racionales, correrían a sacarse la foto con científicos y víctimas, enmascarados todos ellos con su mejor Potato de pesadumbre. Pretenderían así ofrecer pruebas de compromiso y elevación; veríanse obligados a defender consignas racionales, a fingir que el orden y el conocimiento cuentan; pero así no harían más que multiplicar la cuota de comedia y vulgaridad aún muy por encima del vodevil cotidiano.

Si, por otra parte, el Ébola acabase con la población, ¡ni digamos! Mucho menos deletéreos que nosotros, los virus son, definitivamente, organizaciones superiores. ¡Cuánta sutileza en su proceder, cuánta belleza en los detalles, sin fastos ni estupideces ni bochornos públicos! ¡Ébola, ven a Nos! ¡Cercena con tu divina guadaña las miserias de la soberbia y la envidia humanas!


Acerca de James Doppelgänger

Generado a partir de un único bit y progresivamente complicado en sucesivas transformaciones (un diluvio y dos glaciaciones, una descarga masiva de ficheros, un encuentro con la Blanca Paloma, algunos trabajos de oficina e innumerables tardes de Champions), James Doppelgänger tiene cinco perfiles LinkedIn, cuatro perfiles Facebook, diez grupos WhatsApp y ha seguido la polémica del secretario papal por Twitter. Sabe cantar gol y es flexible, dinámico, entrepeneur, interdisciplinar y proactivo. Ama el trabajo colaborativo y programa en 115 lenguajes privados, muy a pesar del señor Wittgenstein. Cree en la individuación por tartazos de merengue y en los muslos de pavo siempre infinitos, siempre danzantes, a nuestra disposición. Jamás mata a las cucarachas, pues ellas son el germen de la más perfecta civilización, nuestras sucesoras.

¡Habla, Pueblo, habla!