2000-2001: La Edad de Oro de la historia de la música

Si os preguntaran por el mejor año de la historia de la música, ¿cuál elegiríais? ¿El 69? ¿El 77? ¿El 84?¿El 91? ¿1824? Yo lo tengo clarísimo, fueron los años 2000 y 2001, y aún sería capaz de hilar más fino y señalar los veranos de aquellos años como el momento de mayor lustre y esplendor de la historia de este milenario arte. Durante aquellos veranos, los artistas más dotados de todos los tiempos dieron forma a los anhelos de una humanidad que esperaba la llegada de una era de paz y prosperidad en las postrimerías de un siglo más bien difícil. Se creía que la historia había terminado, y aunque algunos adolescentes desorientados de la generación X, galvanizados por una caterva de tertulianos desencantados con la ausencia de valores de la juventud se intentara convencer de que vivíamos en el peor de los mundos posibles,((El desajuste entre las pretensiones de rebeldía de la juventud y la realidad serena y carente de acontecimientos produjo en la segunda mitad de los noventa la época más infame de la música rock: el nu metal, el punk californiano, más pastel que las Spice Girls, el rock hegemónico que se pretendía vender con la etiqueta de alternativo y que no era más que un refrito infecto… La música que analizamos en este artículo supone el caso contrario, una producto artístico-industrial en perfecta consonancia con el espíritu de la época.)) lo cierto es que la economía iba viento en popa y durante este cambio de siglo la humanidad llegó a creer francamente que pronto alcanzaríamos uno de los objetivos más codiciadas de su historia: un mundo en el que no haría falta pensar para vivir, no ya dignamente, sino a todo tren.

Lamentablemente, aquellas aspiraciones rápidamente se quedaron en agua de borrajas y el siglo XXI pronto enseñó sus garras demostrando que llegaría a ser tan despiadado como el siglo XX. Por lo menos quedaron para la posteridad aquellas muestras de lo más elevado del espíritu humano, fiel reflejo de las aspiraciones de aquellos tiempos. Este verano se cumplen 20 años de aquella cima de la historia de la humanidad y como homenaje vamos a repasar las canciones que hicieron de los veranos del 2000 y el 2001 un periodo tan especial. Y cómo no empezar con el mayor éxito de aquel verano, firmado por el mayor artista de aquella generación. Al parecer ni siquiera se trataba de una composición suya, pero eso es lo que hacen los genios, transformar lo vulgar en una obra de arte con su mero contacto, cual rey Midas. Sin más dilación, disfruten de La bomba del inimitable King África:

 

¿Cuántos artistas serían capaces de cosechar dos éxitos en un solo verano, y especialmente en un verano como el del año 2000 repleto de obras maestras? Sin duda, muy pocos. Y sin embargo, tras el éxito de La Bomba, King África sorprendió a propios y extraños logrando una segunda entrada en lo más alto de las listas de éxitos reciclando un tema de la propia banda, cuando tenían otro cantante, en 1993: Salta.((El artista que conocemos en España como King África en realidad se llama Alan Duffy y antes era rockero. El King África original se llama Martín Laacré y fue el inventor de esa manera tan especial de cantar. Más información aquí.)) Esta hazaña reservada a unos pocos elegidos solo es posible si su artífice no es humano, sino uno de los inmortales que habitan el Parnaso.

King África, con su estilismo, su performance y sus vídeos, es probablemente el último gran artista que ha intentado derribar la barrera entre la cultura popular y la alta cultura, y además desde abajo.

El tema que mejor representa la continuidad histórica entre los veranos del 2000 y el 2001 es el tercer gran éxito de King África de este periodo y en mi humilde opinión el mejor de los tres: El Humauaqueño. Es la perfecta representación del enlace entre ambos veranos ya que fue lanzado en enero de 2001 coincidiendo con el verano austral, buscando asaltar las listas de éxitos de los países sudamericanos, lo que no impidió que alcanzara un éxito inmediato en nuestro país… ¡en pleno invierno! Otra hazaña solo al alcance de los más grandes. King África consiguió que este tema popular andino quedase asociado a su nombre por los siglos de los siglos, reforzando esta asociación con un vídeo absolutamente delirante.

Aquí quiero hacer una reflexión que se puede aplicar perfectamente en los vídeos de La Bomba o Salta: King África, con su estilismo, su performance y sus vídeos, es probablemente el último gran artista que ha intentado derribar la barrera entre la cultura popular y la alta cultura, y además desde abajo. Porque si este vídeo lo llega a facturar, yo qué sé, Orlan, por ejemplo, y lo acompaña de una cartela comentando que se trata de una reflexión sobre el colonialismo o algo así, triunfa en ARCO pero vamos, garantizadísimo. Change my mind.

A veces creo que formo parte de la generación más afortunada de la historia cuando pienso que tenía 16 o 17 años cuando se publicó este TEMAZO INCONTESTABLE en verano de 2001: Yo quiero bailar. Es cierto que Sonia y Selena, en comparación con King África, son más difíciles de defender desde el punto de vista puramente artístico, pero hay que ser un auténtico Adorno-Horkheimer de la vida para negarse a reconocer las virtudes de esta indiscutible cumbre de la música ligera. Además, este tema vivió una segunda juventud en 2017 cuando fue reivindicado por el movimiento Tocker, poniendo de manifiesto lo trascendental de la propuesta de Sonia y Selena más allá de la mera canción del verano.

La verdad es que cualquiera de estos temas por sí solo habría hecho de cualquier verano uno de los mejores de la historia. Lo mismo se puede decir de Mayonesa del combo uruguayo Chocolate Latino. Este tema iba acompañado de una coreografía que molaba mogollón reproducir en la pista de baile, y el estribillo mayonesa, ella me bate como haciendo mayonesa, es pura poesía.

Una canción de la época 2000-2001 injustamente enterrada bajo las arenas del tiempo es El verano ya llegó, de unos tales Megalo, de los que ni siquiera se puede encontrar demasiada información en internet. Parece ser que venían de Cuba, lo que supondría la muestra más flagrante de la posibilidad de un socialismo de rostro humano, mucho más que cualquier película que hubiera podido facturar Milos Forman en Checoslovaquia. Recuerdo que la primera vez que oí esta canción fue cuando me asomé por primera vez, escéptico pero ilusionado al mismo tiempo, a Gran Hermano, otro de los hitos culturales de la época, que tras su primera edición no volvió a ser lo mismo, ayudando a construir junto a los temas que estamos comentando una época irrepetible.

El siguiente tema es mi favorito personal de la serie: Que sí, que no, del grupo argentino El símbolo. Un auténtico melocotonazo que embiste directamente contra el cerebro reptiliano. Si estás en la pista de baile y durante el subidón del final (¡que sí! ¡que no! ¡que sí! ¡que no! quesíquenoquesíquenoqueUEEEEEH) no te posee el frenesí o estás muerto o más te valdría estarlo porque tu vida no merece la pena ser vivida. Y pensar que por aquel entonces había gente que desdeñaba esta música y presumían de escuchar a Björk… ¡y encima se creían mejores que los demás! En fin…

Uno de los protagonistas musicales del 2000 y 2001 fue indiscutiblemente Raúl, que consiguió cosechar un éxito en cada uno de los veranos, Sueño su boca y Prohibida. Ambas canciones son bastante parecidas, siendo Prohibida la versión 2.0 de Sueño su boca. El videoclip de aquella está mejor y además molaba mucho reproducir en la pista de baile la coreografía, sobre todo cuando dice lo de debería estar prohibido ese tumbao, aunque bien es cierto que hace tanto que sueño su boca que la vida se me ha vuelto loca daba más juego a la hora de realizar versiones obscenas. Como se puede comprobar, el origen alavés de Raúl no pervierte en absoluto su rollo latino. No sé qué habrá sido de él desde entonces, pero consiguió unos merecidos no sé cuántos discos de oro y platino, una barbaridad.

No solo de latineo se vivió en los veranos de 2000 – 2001. El méxicano Coyote Dax lo petó fuerte el verano del 2001 con No rompas más. Quien quiera que fuera capaz de escrutar que algo tan ajeno a nuestra cultura como el rollo country-ranchero podría arrasar en las listas sin el filtro de Bertín Osborne merece el Princesa de Asturias del emprendimiento. Seguramente la clave de su éxito reside en su coreografía, tan ortopédica como absolutamente inolvidable que, no mires al suelo, tú también has bailado.

Muy presente estuvo también el gitaneo en aquellos veranos transeculares. El mejor ejemplo de ello lo trajo Lolita con su maravillosa versión del Sarandonga de Los Compadres. Cuando la ponían en la discoteca todo el mundo se ponía a tocar palmas, por lo que me acordé mucho de esta canción durante el confinamiento, más o menos a la hora del atardecer. Otra canción del mismo palo que sonaba mucho por las discotecas por aquel entonces era El probe Miguel de Triana Pura, pero no la incluímos en este recopilatorio por tratarse de un tema de 1998, aunque recomiendo encarecidamente su escucha.

Qué mejor forma de terminar con esta lista que con la representación viva de las esperanzas en el futuro de aquella generación… me refiero a la (aún) joven Melody, que con su maravilloso Baile del gorila nos invitaba a hacer el gorila en la discoteca, cosechando las más bochornosas performances.

Estos temas representan el espíritu de un breve periodo de estabilidad, de prosperidad económica, sin una espada de Damocles en forma de conflicto ideológico-bélico, y aún no muy conscientes de la amenaza climática, que se atrevió a abandonarse al más indolente hedonismo.

Acabamos con Melody este repaso no exhaustivo de las mejores canciones de los veranos del 2000 y el 2001, consciente de que, por preferencias meramente personales dejo fuera a artistas importantes (Papá Levante, David Civera, La Mosca, que la verdad es que era una mierda, por no hablar de artistas que sacaron temazos pero que no dependen exclusivamente del mercado estival como Mónica Naranjo, OBK o Camela), pero creo que los temas presentados son los que mejor representan el espíritu de aquel breve periodo en el que la humanidad,((Al menos un parte de la humanidad, o al menos una parte de la humanidad residente en Mundo Balneario.)) reconociendo que atravesaba una etapa de estabilidad sin precedentes, de prosperidad económica relativa, sin una espada de Damocles en forma de conflicto ideológico-bélico sobre su cabeza, y aún no muy conscientes de la magnitud de la amenaza climática, se atrevió a abandonarse al más indolente hedonismo. Esa cultura hedonista no pudo sobrevivir a dos golpes mortales: por un lado el 11-S, génesis de la tormenta de mierda que nos está cayendo ahora, y por otro la irrupción en 2002 de Operación Triunfo, programa que propagó como un cáncer el relato del esfuerzo y la superación personal como motores del arte y la vida y como reguladores del mérito artístico y la jerarquía social, en contraste con un Gran Hermano en plena decadencia (¡ya en su segunda edición!), que básicamente era una oda a la haraganería. Si alguien se ha tragado el cuento de que el trabajo, el esfuerzo y la ilusión pueden sustituir al talento en la producción artística no tiene más que escuchar la cantidad de bazofias que surgieron como hongos tras la estela que Operación Triunfo iba dejando tras de sí. Para muestra un botón:

Mientras tanto, en ultramar, por alguna razón, se fueron abandonando los ritmos tradicionales y el reggaetón fue ganando terreno poco a poco, y si bien sus primeras manifestaciones eran bien simpáticas (como las geniales El Gato Volador de El Chombo o Papichulo de Lorna), pronto las clásicas letras veraniegas llenas de machismo naif y juguetón como la de ella me bate como haciendo mayonesa fueron sustituidas por la agresividad de sucia, yo tengo esa gasolina que te gusta, olvídate de tu marido y disfruta de la popular Gasolina. Y la variedad y la producción dejaban bastante que desear. Simplemente ya no era lo mismo.

Curiosamente, las mejores canciones del verano del nuevo sigo (año 2001 aparte) llegarían desde fuera de Mundo Balneario (me refiero a la magnífica Dragostea Din Tei de los moldavos O-zone y al macanudo Gangman-style del coreano Psy), lo que para el que esto escribe supone un alivio, pensar que en otras partes del mundo el hedonismo y la creatividad mercantilizada y modesta pero exhuberante aún pueden florecer.

1 El desajuste entre las pretensiones de rebeldía de la juventud y la realidad serena y carente de acontecimientos produjo en la segunda mitad de los noventa la época más infame de la música rock: el Nu Metal, el punk californiano más pastel que las Spice Girls, el rock hegemónico que se pretendía vender con la etiqueta de alternativo y que no era más que un refrito infecto… la música que analizamos en este artículo supone el caso contrario, una producto artístico-industrial en perfecta consonancia con el espíritu de la época.


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