La felicidad: el putrefacto incienso del clasemedianoTiempo de lectura: 3 min


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El elogio a la felicidad es una actitud clasemediana. Como tal, hay que criticarlo con total impiedad. En otras palabras, es preciso disputar y destruir la idea de la felicidad como un género superior de existencia. Uno puede vivir una vida austera, precaria, pero intentar y aun lograr que sea una vida rica y llena de significado. La Unión Europea ha hecho mucho daño al valor de la austeridad al confundir éste con la opresión, la marginalización y el abandono de las mayorías. En cuanto a la izquierda, no ha sabido o no ha querido leer que la vida austera es una vida honorable y honesta, y que las famosas políticas de austeridad no son tales, sino políticas de opresión.

¿Por qué sucede esto? Porque la izquierda, en su mayor parte socialdemócrata, lee críticamente las políticas neoliberales (las famosas políticas de austeridad) a la luz de la escuela económica keynesiana, que lo que promueve no es “recortes al bienestar”, sino inyecciones de capital del Estado para dopar y agilizar #EmpleoyGol mediante la multiplicación del consumo. Pero lo que hay que hacer -o lo que habría que hacer en un sistema sensato, y no suicida- no es multiplicar el consumo, engordar a la ya-bastante-asquerosa clase media, sino repartir bienes, garantizando que una vida austera y simple puede ser posible y socialmente bien valorada. Disputar qué ideas de valor rigen lo social. En lugar de poner como un valor la vida grotesca y vil del clasemediano que necesita más y más sonajeros y grasa que su vecino -o que quizás los necesita para competir mejor en el despiadado mercado de trabajo.

Hablando de la austeridad, me he desviado del tema de la felicidad y el bienestar, a los que he llamado valores clasemedianos y por ende valores asquerosos, ruines y decadentes. Vuelvo ahora a este problema.

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Uno puede tener preocupaciones morales, políticas, científicas o artísticas. Nada hay más común. Nada hay, incluso, más elevado. Ahora bien, estas preocupaciones no te hacen feliz, al contrario, son preocupaciones y por ende son cosas que te turban y que te crean problemas. Yo no me considero feliz en general, no de un modo que pueda esgrimir mi felicidad como algo especial, como un sentimiento de bienestar o de logros vitales. Con eso y todo aprecio mi vida y lo que hago en mi vida, y puedo dar razones de por qué es así. Entiendo que muchos de quienes no llevan una vida consumista y guiada por la envidia del vecino y la propaganda capitalista puedan opinar algo similar. Quizás algunos de ellos se verían enrocados en la jerga de la felicidad. Sin embargo, como digo, hay que evitar esta jerga. No hay que hablar de felicidad, como tampoco de bienestar. O al menos no es preciso, si uno quiere referirse a una vida digna, honorable, una vida que merezca la pena. Es bueno ser infeliz, entre otras razones porque la infelicidad es cosa que denota inconformismo y preocupación por resolver conflictos internos o problemas ajenos. La felicidad para el tonto de Punset. La felicidad, para el vil clasemediano.

 


Acerca de James Doppelgänger

Generado a partir de un único bit y progresivamente complicado en sucesivas transformaciones (un diluvio y dos glaciaciones, una descarga masiva de ficheros, un encuentro con la Blanca Paloma, algunos trabajos de oficina e innumerables tardes de Champions), James Doppelgänger tiene cinco perfiles LinkedIn, cuatro perfiles Facebook, diez grupos WhatsApp y ha seguido la polémica del secretario papal por Twitter. Sabe cantar gol y es flexible, dinámico, entrepeneur, interdisciplinar y proactivo. Ama el trabajo colaborativo y programa en 115 lenguajes privados, muy a pesar del señor Wittgenstein. Cree en la individuación por tartazos de merengue y en los muslos de pavo siempre infinitos, siempre danzantes, a nuestra disposición. Jamás mata a las cucarachas, pues ellas son el germen de la más perfecta civilización, nuestras sucesoras.

¡Habla, Pueblo, habla!