La forma de las cosas que están por venir2 min read


Víctor M. empezó su carrera como escritor por donde muchos otros escritores terminan la suya: redactando sus memorias. Con 29 años no tenía en realidad demasiado que contar, y eso, claro, es un problema importante cuando quieres escribir tus memorias. A él le traía sin cuidado, porque lo que estaba tomando forma en su cabeza no eran unas memorias al uso. Eran unas memorias futuras. Una relación de recuerdos todavía inexistentes. Como no tenía ni idea de cuáles podían ser, se los inventó. Conociéndose más o menos bien y tratando de ser realista (y optimista, a pesar de todo), escribió varios cientos de páginas en las que intentó imaginar cómo iba a ser el resto de su vida. Para su sorpresa, descubrió un panorama ciertamente sugestivo repleto de curiosas revelaciones.

Aunque no albergaba demasiadas esperanzas, envió el manuscrito a una editorial que (cosa rara) decidió publicarlo. Vendió unos pocos ejemplares, y luego vendió algunos más. Hasta que sus contramemorias se convirtieron en un éxito. Un éxito descomunal. Esto trajo consigo extrañas consecuencias que se manifestaron a los pocos meses. En el libro se hablaba de un viaje que iba a hacer a Cracovia. Como ya lo tenía planeado, siguió adelante con su programa y se marchó unos días a la capital de la llamada Pequeña Polonia. Lo que se encontró allí no entraba dentro de sus planes. Cientos de personas le buscaban por las calles, por las plazas, por los palacios. Era absurdo. No podían saber quién era. No podían reconocerle, no era tan famoso. Con la salvedad de que sí lo era. Y en la Basílica de Santa María, alguien le reconoció. Fue la última vez. A partir de este momento, nunca más volvería a saberse nada de Víctor M.

Los seguidores de su obra le esperaron en el café donde iba a conocer a su mujer, hicieron guardia ante el hospital donde iban a nacer sus hijos y fueron al cementerio donde iba a ser enterrado. En vano. Si había cambiado de aspecto, si estaba escondido, si había muerto; nadie pudo asegurarlo jamás. Entre todos aquellos fanáticos, moviéndose igual que los demás, yendo a los mismos sitios, un hombre habría llamado la atención de unos ojos atentos. Pues parecía más interesado en seguir con su propia vida que en seguir la vida de Víctor M.

¡Habla, Pueblo, habla!