La Furia iconódula

A finales de mayo, Andrés Iniesta anunció la sustitución de las gachas manchegas por el ramen. Las consecuencias de este cambio de dieta no se hicieron esperar: a los pocos días de conocerse la noticia, se agotaron las existencias en el mercado nipón de las botellas de vino elaboradas por el futbolista. Si Super Mario fue el embajador de Nintendo en Occidente, Iniesta ha conseguido que los vinos con D.O. Manchuela mariden los masajeados bistecs de Kobe. La Meseta entusiasma, los brotes verdes surgen de las cepas manchegas y abanderan el imperialismo económico cuñado y nuestra Grasa hasta el país del Sol Naciente. En España hemos sabido aprovechar este Sol que nace, sobretodo en Benidorm, y, siendo Japón la sociedad más envejecida, el terreno está allanado para la exportación del Mundobalneario.

Diplomático manchego vestido de color coral conduciendo la paz social.

Dejando a un lado las fantasías sobre la mesetificación de un tecno-país como Japón, la mudanza del héroe fuentealbillense ha entrañado consecuencias todavía más significativas. Don Andrés era uno de los nexos más firmes entre el Pueblo meseto y el catalán. El «iniestazo» poseía la particularidad de fundir a un culé independentista con un sentido seguidor de Terciopelo Rojo bajo el mismo grito: ¡Gol! Debido a esto, el estado de orfandad actual ha sumido a Cataluña en un paroxismo simbólico interminable. La dialéctica de la Meseta (por la que: Meseta + anti-Meseta = Meseta), que alcanzaba episodios particularmente cruentos en torno a las controversias Madrid – Barça, se desarrolla ahora en forma de desavenencia cromática. La mutación xantista del independentismo catalán ha revivido a Adolf Loos y el espíritu de Ornamento y delito entre los sectores españolistas.

Sin referentes conciliadores, el conflicto ha tomado el perfil del hooliganismo. Como respuesta a los CDR (Comités de Defensa de la República), han surgido varios grupos amarillófobos que periódicamente recorren distintos pueblos y los purgan de lacitos y esteladas. Entre ellos se cuentan los Diagrocs Baix Llobregat y los sensacionales Segadors del Maresme, que perpetran el civismo de forma encapuchada a gritos de: “¡a tomar por culo la libertad!”

 

Por otro lado, los independentistas catalanes ejecutarán el próximo 11 de septiembre una ola de estadio que atravesará la Avenida Diagonal. Irán ataviados con camisetas de color coral, el mismo de las bridas que cerraron las urnas del 1-O. Con esta performance futbolera conseguirán salir medio minutito en los medios de comunicación de otros países, justo después de los aviones estrellados.

Durante los últimos meses hemos podido ver multitud de incidentes relacionados con el quitar y poner lacitos y cruces amarillos. Cabe destacar el insuperable atropello de cruces de la plaza de Vic y la melodramática discusión de Hèctor Aranda y su inolvidable “al feixisme se’l combat”. Esta última discusión roza lo sublime porque los dos actores se están disputando una rotonda a nivel estético. También vale la pena observar la dialéctica simbólica que opera en las pintadas de lacitos:

Lacito con mucho arte.

No parece existir una solución viable a este conflicto. El Pueblo obedece a sus motivos ultrarracionales y no silenciará sus pasiones retroalimentadas. Tenemos el precedente de 1566, cuando en Flandes se desató el Beeldenstorm, también conocido como la Furia Iconoclasta. La tormenta es doble en Cataluña: por un lado está la furia iconódula, y, por el otro, la iconoclasta. Lo cierto es que ambas tormentas caen en la idolatría. Unos creen que están asumiendo su destino histórico poniendo lacitos en la puerta del supermercado; los otros otorgan importancia a los símbolos al ensañarse con ellos. Si la Furia Iconoclasta terminó con la creación del Tribunal de los Tumultos por parte del duque de Alba, los representantes políticos de ambas partes parecen querer instaurar también su propio tribunal. En realidad, lo que se está idolatrando es la Grasa y la consecuencia es una alarmante precariedad estética y cultural.

El mismo hecho, poner o quitar lazos, es condenado como agresión o interpretado como libertad de expresión según la parte. Lo cierto es que este intercambio simbólico no consiste en expresarse o defenderse. La clave radica en la demostración de fuerza, en la visibilización de la cuantía. Unos quieren que se perciba un cierto estado de excepción en sus súpers y rotondas; los otros, normalidad, la labadora de siempre.

El intercambio simbólico chovinista ha convertido a Cataluña en un lugar más grotesco aún. Los chovinistas siempre han creído que la técnica es la esencia de la modernidad, pero el elemento técnico esencial de la península ibérica se define a través de la voluntad de siesta propiciada por el caluroso Sol de las Tres de la Tarde. Consecuentemente, el Toldo Verde es el único elemento capaz de garantizar unos mínimos de convivencia después de la marcha de Iniesta. El Toldo Verde nos sigue definiendo y uniendo a un nivel más elemental. Bajo su bonancible sombra, ensañarse con una bandera e idolatrar a otra no tiene ningún sentido. Debemos desplegar nuestros toldos para que nuestras pasiones puedan dormir la siesta y silenciarse. Sólo así podremos llegar a pensar en la obsolescencia del Estado nación frente a problemas que lo trascienden, como el calentamiento global, al que precisamente resistimos extendiendo nuestros grotescos toldos.

¡El nacionalismo es de horteras, que no te enteras!

Amigos del toldo verde.

¡Habla, Pueblo, habla!