La prensa de Schödinger

Me saltan en el timeline publicaciones de El Salto y me muero de la risa con los comentarios. Hoy respondían al enésimo artículo sobre la deconstrucción de la masculinidad, con la tendencia que suelo ver habitualmente: un 20% aproximadamente de fieles dogmáticos que ponen aplausitos, y un 80% de peña crítica, unas veces desde posiciones ideológicas opuestas, otras desde la posición del «hombre sencillo».

Me pregunto cómo un sitio que debería crear comunidad genera esos mensajes. No hace mucho El Salto ya cerró los comentarios en sus web «para aumentar la calidad del debate». Entre burbujas de filtro y algoritmos diseñados para hacer caja, he estado reflexionando el porqué de ese choque.

En la última década hemos visto un notable aumento en la esfera pública del quinto poder: los movimientos sociales, activistas, ideólogos, artistas e intelectuales “comprometidos” que operan en los límites de los otros cuatro poderes, tratando de atraerlos hacia su lado. Tal ha sido su aumento que podríamos decir que estamos en una activismocracia: el Gobierno es activista (contra sí mismo), las empresas se publicitan con toda clase de causas sociales, como si de ellas dependiera la salvación del mundo.

Parte de ese quinto poder es el llamado periodismo alternativo: medios surgidos al albur del 15M e internet con un discurso muy progresista, bajo el ala de El País. Son El Salto, eldiario.es, Público, CTXT o La Marea. También los hay por el otro lado (LibertadDigital, esdiario, PeriodistaDigial, El Toro TV, etc.) pero nos interesan menos porque hoy van por detrás en la guerra cultural. Dentro de dos o cinco años seguramente cambiarán las tornas, entonces ya veremos.

Como ya analizamos en relación al caso del Tour de La Manada, este periodismo alternativo es post-irónico o moralista puritano (defiende su ideología acríticamente) frente a los medios tradicionales, que son irónicos o moralistas amorales (defienden cualquier ideología que les permita llenar la caja). Canta soflamas autoensalzatorias sobre el «periodismo critico» (aquí hay unas cuantas), pero en realidad no son más que comeojetes de su propia ideología, y por tanto también de la del Gobierno cuando los suyos acceden a él. Pablo Iglesias escribe en CTXT como antes Esperanza Aguirre escribía en el ABC.

Y a ver, cada cual tiene una ideología que dota de sentido a la absurdidad del mundo y le da una razón de existir por encima de la obviedad de que solo es una sinvergüenza más. Las gafas moradas o verdevox (por nombrar un par) solo dan respuestas fáciles a todo lo que desconcierta, y pixelan lo que no puede explicar. Autoindulgentes, autocomplacientes y sentimentalistas, viven del pasado y solo ven víctimas en su bando. Son incapaces de admitir sus propias contradicciones y reirse de ellas.

A un lado y a otro, el quinto poder trabaja gratis para el poder mediatico-económico a cambio de una limosna ideológica. Cubren los flancos críticos del establishment con Grasa sentimental con la que le hacen parecer comprometido. Tienen las manos limpias pero no tienen manos, porque en realidad es muy difícil retar la hegemonía, representada en última instancia por la publicidad. Así, la izquierda identitaria es la proa del neoliberalismo: este asume su estética pero no su ética, dejando un discurso aparentemente comprometido pero totalmente inocuo, como la portada de El País de dos gays besándose que muhas personas tildaron de valiente… ¡en 2021!

Tomemos un momento la pirámide de la Hegemonía, que elaboramos a partir de las teorías de Gramsci. El sentido común, en terminología gramsciana, es la posición del «hombre sencillo», el pensar mayoritario de la población, que comparte unas ideas semejantes sobre asuntos clave. El quinto poder lo bombardea para meter su propaganda (panfletización), mientras que los poderes lo parasitan para legitimarse (fariseización), haciendo ver que comparten los mismos valores y preocupaciones que el Pueblo.

Recorrer la pirámide de la hegemonía y calar en el sentido común es un proceso lento que ocupa varias generaciones. Generalmente los elementos de una fase solo tienen contacto con los de sus fases adyacentes: los intelectuales no están en contacto con el Pueblo, por ejemplo. Sin embargo, internet ha permitido entrar en la guerra cultural a los elementos panfletizantes. El debate político ha llegado a cada poro comunicativo de la sociedad, y colectivos hasta ahora ignorados en el mainstram (ya sea feministas o franquistas, wokes o la alt-right) son ahora capaces de poner su discurso en el debate público.

Ello ha acelerado muchísimo el proceso de bombardeo de nuevas ideas al Pueblo. Las ideologías en fase de panfletización han acaparado un alto nivel de discurso público, que los poderes económicos, mediáticos y políticos (valga la redundancia) en la fase de fariseización se han apresurado a usurpar para desactivar su lado crítico con el poder. Este proceso está siendo tan rápido que no ha podido calar en el sentido común. De ahí los comentarios de El Salto.

Ha sido tal el éxito del quinto poder en las esferas fariseizantes que sus portavoces se han venido arriba. Han cosechado victorias políticas (creación del Ministerio de Igualdad), legales (condenas excesivas) y mediáticas (todos los medios estableciendo en la agenda sus preocupaciones como las agresiones a mujeres). Pero se está produciendo una crisis de legitimación, debido a la fracturación de la sociedad en diversas burbujas y a la lenta permeabilidad del sentido común. Es un proceso similar al de la II República, que trajo más avances en derechos y libertades de los que el Pueblo estaba preparado para asumir en tan poco tiempo.

Mientras, la prensa autodenominada «crítica» dice estar en los márgenes del discurso pero baila el juego del poder siempre que este arrima el ascua a su sardina. Le come el ojete al Gobierno y a jueces y medios en el caso de Homo Velamine, como investigamos con El Salto, Público y Amnistía Internacional en el artículo Guerra Cultural y desinformación.

¿Debe importarnos entonces un debate en el que no participa el grueso de la población? Sí, porque tiene consecuencias reales: las leyes antijurídicas que está promoviendo este Gobierno (que critico igual que criticaba las leyes antijurídicas del anterior, pero con más miedo), cancelaciones, despidos, linchamientos con graves consecuencias personales y sentencias injustas como la de Homo Velamine. Por el camino solo han conseguido alimentar el neoliberalismo con identidades listas para transformar en nuevos nichos de mercado.

Los elementos panfletizadores llegan, pues, envalentonados a la fase de vulgarización, pero sin conocer bien a qué se enfrentan. La Sexta y los grandes medios de comunicación, portavoces del poder económico, llenan la caja como los bancos en las guerras, pero el sentido común del Pueblo es el frío ruso al que ni los ejércitos de Napoleón pudieron vencer. El ciudadano de a pie es la mejor estrategia defensiva contra la burbuja identitaria. Por lo menos hasta que Atresmedia y PRISA concluyan su trabajo de normalización social en la fase de vulgarización.


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