Los inútiles

En medio del mar y sin ningún puerto cerca, cuando se acerca un temporal se debe decidir si se navegará capeándolo, que es lo más habitual, o por el contrario se correrá la tormenta. Lo primero supone enfrentarse a él, dirigiendo la embarcación de modo que se oponga a la dirección de las olas; lo segundo, dejarse llevar por el oleaje intentando a duras penas mantener el control del barco.

En toda gran ciudad hay personas que para sus vidas han escogido lo segundo. Y no me refiero solo a los desheredados, a aquellos a los que una mezcla de desesperación y mala suerte ha arrojado a la indigencia y el vagabundeo. Hay graves y serias cuestiones estructurales que empujan a un gran número de personas al paro y la miseria. No es mi intención, ahora, hablar de estas personas, sino de los favorecidos, los que han recibido herencias, los que tienen poco pero suficiente y han hecho de la inactividad su rutina.

Kuki Keller, señor murciano y bon vivant
Son hombres y mujeres elegantes que salen a disfrutar del sol cuando ya está alto. Ocupan la calle y las tiendas durante esas horas en las que la mayoría de la gente está encerrada en su oficina. Disfrutan y fuman con la mirada perdida. Son hijos de los elegidos por el franquismo que lo tenían todo para abrirse paso en un mundo al que renunciaron.

Paseando cualquier mediodía por Madrid es posible detectarlos todavía. Suelen vivir en Chamberí (barrio que, como el Ensanche, fue insignia de la clase media y con la locura inmobiliaria se ha convertido en una zona lujosa) y rondan los sesenta años. Son hombres y mujeres elegantes que salen a disfrutar del sol cuando ya está alto. Ocupan la calle y las tiendas durante esas horas en las que la mayoría de la gente está encerrada en su oficina. Disfrutan y fuman con la mirada perdida. Son hijos de los elegidos por el franquismo (altos funcionarios, militares, intelectuales) que lo tenían todo para abrirse paso en un mundo al que renunciaron. Muchos de ellos firman con buenos apellidos, y si hubieran nacido algo más tarde ya se habrían visto envueltos en la dinámica del consumo y las escuelas de negocios, pero tuvieron la oportunidad de transitar por los ochenta, de ser rebeldes entonces y de que sus familias considerasen su mera supervivencia (esquivando la mueca estúpida y feliz de la sobredosis) como un mérito.

Recuerdan, en su elegancia melancólica, a los protagonistas de Il Vitelloni (Los Inútiles), la película de Fellini que retrata a un grupo de amigos que, entrando en la madurez, descubren que han dedicado sus vidas al ocio, esquivando el trabajo y abusando con mayor o menor éxito del favor de sus familias. Pero cuentan con una ventaja respecto a los personajes italianos, que viven con agobio festivo el exceso de tiempo pero la falta de territorio (no pueden abandonar su pueblo): ellos ya están en la ciudad y muchos viven ser madrileños como una ocupación a tiempo completo: hay que conocer todos los locales (el Sotoverde en Santa Engracia, el Toni2 en la calle Almirante) y cortejar a todas las viudas.

Pienso que se trata de rentistas, de herederos de fortunas modestas, si es que una fortuna puede serlo; en algunos casos, directamente, reciben una asignación mensual por simplemente existir, como me contó uno de ellos, Cayetano (el nombre, es, claro, inventado): “Fui al colegio del Pilar y allí descubrí que estudiar no me gustaba. He estado de aquí para allá y ahora de vez en cuando ejerzo de patrón de barco. Mi familia me pasa mil quinientos euros al mes y me han cedido un apartamento. Pero con eso apenas puedo pagarme los equipos de música que me gustan”.

Torrente Malvido

Otros fueron más despiertos e hicieron carrera irregular en el mundo intelectual, que es siempre una coartada perfecta para dedicarse en realidad a la bebida. Modelos de esta especie en extinción serían Michi Panero, el hermano menor de la familia de poetas retratada en El Desencanto y Torrente Malvido, hijo del escritor gallego Torrente Ballester. La única ocupación conocida de Michi fue la de crítico de televisión (existe en Youtube un vídeo en el que se pregunta por qué en verano no se emiten programas “invernizos”) mientras que Torrente Malvido compaginó la literatura con el crimen menor (robó obras de arte en iglesias). Parece que los dos se las apañaron hasta el final de sus días para vivir entre las ruinas de enormes pisos de lujo y nunca les faltó acomodo en un yate.

Se me quejaba hace tiempo el poeta Luis Antonio de Villena, escritor de éxito que nunca ha madrugado y gran conocedor de la alta noche, de que últimamente los locales están vacíos entre semana porque “a pesar del paro, al final la mayoría de la gente trabaja”. Suyos son los versos ya legendarios del poema Un arte de vida:

Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa,
tu corbata de tarde, la carta que le escribes
a un amigo, la opinión sobre un lienzo, que dirás
en la charla, pero que no tendrás el torpe gusto
de pretender escrita. Beber, que es un placer efímero.

Antonio Escohotado

Pido ser comprensivo con todos estos personajes de una novela que ya no se editará más, paseantes de un mundo abolido. Al fin y al cabo, nadie tiene lo que se merece y si ellos han sido afortunados, al menos han elegido dejarse evaporar en las terrazas, sujetando un Bitter Kas, y no añadir más ruido al ruido. Resisten alargando el almuerzo (siempre en el mismo bar), estirando pensiones y propiedades dudosas en un mundo de repartidores con prisa y startups.

Son ellos, solteros y solteras voluntarios, los únicos que han alcanzado el viejo sueño infantil de no abandonar la cama para salir al frío del invierno, los que han conseguido que el mundo no les roce. Al fin y al cabo, ¿quién no ha tarareado alguna vez la canción Mamá, no quiero ir al colegio de los Klaus & Kinski?


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