Madrid te roba

Hay que evitar como sea que Madrid y Barcelona caminen tras los pasos de ciudades como Nueva York, Londres o Tokyo. Entre ellas, sin duda Londres es la más asquerosa de todas, un auténtico nicho de piratas. ¿Acaso las élites británicas, que tanto apasionan a Esperanza Aguirre, han hecho nunca otra cosa que piratear, piratear a todo el mundo, para luego presentarse como la vanguardia de la civilización y los valores?

Hay que acabar con las tendencias monopolistas, jerarquizantes, desigualitarias y ecológicamente insostenibles de las grandes ciudades.

Sea como fuere, ya existen y son bastante pronunciadas las tendencias monopolistas, jerarquizantes, desigualitarias y ecológicamente insostenibles de Madrid y Barcelona. De cara a las personas, estas tendencias presentan sobre todo una dimensión económica y otra simbólica. Hasta cierto punto, lo económico nos obliga: si no hay trabajo en tu ciudad, tendrás que irte a donde lo haya (Madrid, Barcelona o el extranjero). Pero lo simbólico no nos obliga. Es por aquí que hay que empezar a rechazar el dominio de Madrid y Barcelona. Y en Empleo y Gol este dominio simbólico lo ostenta el fútbol, sobre todo en nuestro grotesco país, con sus corralas de fanáticos y chismosos disfrazados de periodistas.

Palacio popular de la Meseta

Entonces, si eres de provincias y sigues siendo seguidor del Real Madrid o del F.C. Barcelona, no sé a qué esperas para pensártelo. ¿De qué se nutren el sentimiento madridista y culé? De la necesidad de todas las personas de participar, aunque sea vicariamente, en “lo que gana”. Lo mismo ocurre aún, a nivel nacional, respecto de los “avances económicos” de Madrid y Barcelona, avances que son de cuatro mierdas y para cuatro mierdas; mientras que el resto de regiones (por no hablar de las perspectivas de la mayoría de currelillas de cada ciudad) retroceden o su avance es harto penoso. Con eso y todo, el nacionalismo recicla simbólicamente estos desarrollos del capital y los vende a las provincias, progresivamente empobrecidas y deprimidas, como triunfo de España y por tanto tu triunfo. Madrid no te representa: Madrid te roba talento, posibles inversiones, riquezas locales y hasta parte de tu propio sueldo; te hace dependiente y hasta impone las condiciones en que ha de darse la (mayor) dependencia futura. Lo mismo ocurre con Barcelona y otras grandes ciudades. Pero en virtud del inmenso chantaje simbólico que es el nacionalismo, los pobrecitos de provincias tragan.

Madrid y Barcelona te roban, pero lo soportas por el inmenso chantaje que es el nacionalismo.

Los nacionalistas son idiotas, y la mayor parte de ellos son provincianos. Esto no tiene el menor sentido. El único sentido que tiene es la pobreza intelectual y emocional de la mayor parte de seres humanos, definitivamente varados en el Neolítico.

Incidentalmente, dígase esto también: que un partido político que se pretende renovador celebre sus concilios (sí, concilios) en Madrid es una verdadera tomadura de pelo. Ya que estamos, ¿por qué no haber hecho Vistalegre en el Palacio de la Zarzuela? ¿O, aún mejor, en el palco VIP del Bernabéu? Esto sí que sería “transversal”.

Palacio popular de la Antimeseta

Esta no una cuestión de mero orgullo provinciano. El orgullo provinciano no te lleva muy lejos del voto al Brexit, donde los puteados de provincias votan contra Londres, o del voto a Trump, donde los humillados del rustbelt (el cinturón industrial desmantelado) y similares votan contra Washington y Nueva York. El orgullo no basta, pues. Hay que partir de la comprensión de la naturaleza del complejo económico y simbólico por el cual Barcelona y sobre todo Madrid cuentan (dentro de España, claro), mientras que tu provincia -quien dice tu provincia dice tu pueblo, etc.- es una mierda que no le importa a absolutamente nadie. Eso sí: importa que exporte riquezas y talento joven y barato, mientras que en cambio ha de atiborrarse progresivamente de viejos, vertidos industriales y basura -fundamentalmente, basura de las grandes ciudades.

Si no empezamos por eso, y no pensamos con rigor, de ahora en adelante no nos queda otra sino acatar los juicios de los mercados e instituciones globales, filtrados por los órdenes “materiales y espirituales” nacionales.

A todo esto, ¿por qué siguen existiendo Estados-nación? ¿Qué le pasa a la gente? Están todos chaladísimos. Chaladísimos y demasiado humillados y entontecidos como para pararse a pensar en estas cosas sin que el pobre tenderete mental que les han montado se venga abajo de golpe.


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