Marx: lo serio como criterio del censor

Este texto forma parte de una serie de cuatro artículos sobre la ironía y la censura.
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A propósito de la relación entre lo ridículo y lo serio que hemos analizado, resulta ilustrativo el primer artículo periodístico de Karl Marx, que escribió con 24 años y fue publicado anónimamente en el primer tomo de las Anekdota Zur Neuesten Deutschen Philosophie Und Publicistik en febrero de 1843. Este genial artículo analizaba las Instrucciones para la censura promulgadas el 24 de diciembre de 1841 por el rey de Prusia Federico Guillermo IV. Las instrucciones respondían a las demandas de la oposición liberal en relación a la libertad de prensa. Aunque se presentaron como una liberalización, recurrían al anterior Edicto de censura de 1819 y, consecuentemente, resultaron sumamente insatisfactorias para la oposición liberal.

Según el artículo 2 del Edicto en cuestión, “la censura no debe obstaculizar ninguna investigación seria y modesta de la verdad ni imponer coacciones indebidas a los escritores ni obstruir el libre comercio de los libros”. En su formidable e irónico análisis, Marx defiende precisamente el libre uso de la ironía contra lo supuestamente serio y modesto. Exclama:

¡Seria y modesta! ¡Qué conceptos tan fluctuantes y relativos! ¿Dónde termina la seriedad, dónde empieza la broma? ¿Dónde termina la modestia, dónde empieza la inmodestia? Dependemos del temperamento del censor. Sería tan injusto prescribir un temperamento al censor como un estilo al escritor. Si queréis ser consecuentes en vuestra crítica estética prohibid también investigar la verdad de un modo demasiado serio y demasiado modesto, porque la seriedad demasiado grande es lo más ridículo y la modestia demasiado grande la ironía más amarga.

El problema de limitar la “investigación de la verdad” a lo serio y modesto es que la investigación forma parte de la verdad. “La verdadera investigación es la verdad desplegada” insiste el joven hegeliano. Dicho de otra manera, el objeto investigado determina la investigación, si el objeto “ríe” la investigación no puede tener aspecto serio. Por este motivo dice Marx que “se trata lo ridículo con seriedad cuando se trata de manera ridícula”. En este sentido, denunciar lo ridículo (la monarquía en el s. XXI) con la supuesta seriedad de Hasél puede correr el riesgo de caer, a su vez, en lo ridículo. Para ser serios hay que tratar lo ridículo de manera ridícula. Esto es lo que hizo, por ejemplo, el colectivo Homo Velamine con la web del falso Tour de la Manada, el acto irónico que denunciaba el grotesco sensacionalismo de los medios de comunicación y que ha sido igualmente castigado por la justicia con pena de prisión. Sintomáticamente, su caso ha sido ampliamente silenciado por los medios que, a diferencia del caso Hasél y haciendo las delicias del artículo 2 del Edicto de 1819, censuran lo que no consideran una investigación seria de la verdad. Quizás, lo que hoy en día realmente no se puede decir tenga más que ver con aquello que los medios de comunicación consideran anatema que con las sentencias judiciales anacrónicas.

Como no podía ser de otra manera, el artículo de Marx termina con la célebre cita de las Historias de Tácito: “Rara temporum felicitate, ubi sentire quae velis, et quae sentias dicere licet”. La rara felicidad de los tiempos en los que pensar lo que quieras y decir lo que piensas está permitido.

Este texto forma parte de una serie de cuatro artículos sobre la ironía y la censura.
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