Neopauperismo: Aunque no lo sepas, tú también eres pobre

A mí me costó bastante asimilar que soy pobre. Vengo de una familia acomodada, tengo estudios, leo bastante, puedo pagar un piso de alquiler compartido en Madrid con luz, calefacción e internetProgreso tecnológico de incalculable valor que el Pueblo usa para los asuntos más mundanos y pedestres. Su uso masivo define la transición de la Edad Contemporánea a la Edad de... More e incluso salgo a tomar cañas los fines de semana. Visto así habrá quien piense que exagero pero seamos sinceros y desglosemos todo lo que engloba el día a día y el mes a mes de un joven del siglo XXI para ver si estamos viviendo una situación de neopauperismo sin darnos cuenta.

Gano noveceientos treinta y seis (936) euros al mes. De esos novecientos treinta y seis (936), trescientos sesenta y cinco (365) se me van en el alquiler, a lo que hay que sumarle otros cien (100) euros que varían según los meses en los otros gastos asociados a la vivienda, es decir, gas, electricidad, agua e internetProgreso tecnológico de incalculable valor que el Pueblo usa para los asuntos más mundanos y pedestres. Su uso masivo define la transición de la Edad Contemporánea a la Edad de... More. Al monto restante hay que quitarle unos doscientos (200) euros que gasto todos los meses en supermercados y fruterías para comprar lo básico que meterme al cuerpo y para mantener limpia la casa y mi cuerpo y también hay que quitarle cincuenta y cinco (55) euros del abono de transporte para poder ir al trabajo y treinta y cinco (35) que me cuesta el gimnasio. Con las necesidades del techo, la comida, la limpieza, la higiene, el deporte y el transporte cubiertas, toca satisfacer las necesidades básicas que tienen que ver con el alma. Así que ochenta (80) euros se me van en cervezas, vinos y tapas los fines de semana; de vez en cuando también voy al cine, gastándome unos diez (10) euros por mes, me compro un par de libros, desembolsando veinte (20) euros o hago una visita a la ciudad de provincias donde viven mis padres, gastándome treinta y cinco (35) euros en el autobus. Dependiendo los meses, al sumar todo me sale un saldo negativo o bien un remanente de un par de euros, que sin pensarlo gasto en una caña con su tapa o en un desayuno extra.

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Cuando empecé a trabajar a mis veintidós años, nada más salir de la carrera, creía que a los treinta tendría una vida estable, es decir, pareja, trabajo y una buena situación económica. Ahora que estoy tan cerca de esa edad me doy cuenta de que no solo yo sino la mayor parte de personas que me rodean no han logrado este objetivo. Es habitual ver a gente que empieza a perder el pelo con sueldos que no llegan a mil euros, sufriendo, además, una permanente ansiedad de que no les renueven sus contratos. Es más, aunque algunos afortunados, allá rondando los cuarenta, puedan conseguir un contrato indefinido o una plaza fija de funcionario con un sueldo digno que les permita no solo sobrevivir sino darse algún capricho, con bastante dificultad podrán afrontar el reto de comprarse una casa o formar una familia, los grandes retos vitales que caracterizaron a la generación de nuestros padres y de los que (huelga decir) venimos nosotros. La situación solo cambiará, de forma brusca y tajante, eso sí, cuando nuestros padres mueran y heredemos su casa, que querremos vender, su apartamento de vacaciones, que también querremos vender, y el dinero líquido de sus cuentas. Es muy probable, entonces, que como no nos hemos visto nunca en una situación parecida, colapsemos. Seguro que ante nuestra falta de experiencia en los campos inmobiliario y financiero, caeremos presa de buitres estafadores, perderemos dinero, venderemos las cosas por debajo de su valor, pagaremos trámites innecesarios, además de que estaremos condenados a repetir los patrones que tenemos asociados a nuestros escasos tiempos de bonanza: gastar todo lo que se pueda sin a penas darnos cuenta.

No tener dinero para encender la calefacción ya no es una situación de riesgo o de malestar, ahora es una situación normal

Últimamente asistimos a un fenómeno curioso por parte de la prensa respecto a esta situación que vivimos: la normalización de la pobreza. Cada cierto tiempo, nos encontramos titulares como “La nueva moda es comer de la basura”, “La nueva moda es pasar el fin de semana en casa” o ahora que se acerca en invierno “Consejos para mantener caliente tu casa sin calefacción” y cuando otra vez llegue el verano “Cómo poder dormir por las noches sin pasar calor si no tienes aire acondicionado.” Estos artículos están redactados en un tono desenfadado, ágil y ligero, como si fuese una lectura ideal para procrastinar en el trabajo o un pasatiempo o simplemente unos tips de los que no te habías enterado que puede darte un amigo un poco más espabilado que tú en cualquier situación casual. No tener dinero para comprar en el supermercado o para encender la calefacción o para pagar un aparato de aire acondicionado a medias con el casero o para salir al cine los fines de semana, ya no es una situación de riesgo o de malestar o de baja calidad de vida, ahora es la situación normal, cotidiana, que podría volverse un pelín más agradable siguiendo los tips que nos dan. Peor aun más grave es justificar el hecho de no tener dinero, afirmando que se ha puesto de moda el friganismo o el nesting. Ahora, nos dicen, lo normal es ser pobre y no solo eso, ¡sino que además mola! ¡Estamos a la última!

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En la última estamos, sí, o en las últimas. La diferencia entre nosotros, el llamado precariadoClasemedianos de corazón e infraobreros en la práctica. Tienen la labadora de la abuela pero no los derechos del trabajador.... More, con las familias de migrantes que viven hacinadas en sótanos o los mendigos de la Plaza Mayor, que son los representantes del arquetipo más tradicional del pobre, no es tanta. Económicamente, estamos rondando los límites de ese abismo: como ellos, analizamos con pavor las posibilidades de cada euro que tenemos en los bolsillos, como ellos, nos vemos obligados a mendigar, esto es, pedir ayuda a nuestros padres cuando nos hace falta, como ellos, nuestros caprichos cotidianos, nuestras alegrías, se basan en el alcohol, puede que no en un cartón de vino, como ellos, pero sí en el vino más barato de un bar, el de la casa, que con suerte viene acompañado por una tapa bien calórica para nuestros cuerpos con carencias de proteínas y grasa. La diferencia entre nosotros y ellos, entonces, no es tanto económica, pues ambos compartimos una necesidad común que guía nuestra conducta: tener el dinero suficiente para todo lo que nos exige nuestra vida. La diferencia, sin duda, es cultural.

Una persona con una cierta educación y una cierta cultura se ve irremediablemente a años luz de distancia del arquetipo tradicional del pobre

¿Cómo convencer a una persona que tiene el graduado en ESO, el bachillerato, una carrera universitaria y dos másteres y que además ha leído el Quijote y sabe quién es Godard y Simone de Beauvoir y que ha visitado el coliseo romano, el partenón griego y el skyline de Nueva York y que encima lo ha compartido en Instagram, Twitter y Facebook con gente de su misma calaña, de que es pobre? Cuesta. Cuesta porque una persona con una cierta educación y una cierta cultura se ve irremediablemente a años luz de distancia del arquetipo tradicional del pobre, el cual ni tiene dinero ni tiene cultura ni tiene nada. Pero pensemos en cómo hemos adquirido esa educación y esa cultura o pensemos más bien en cómo hemos adquirido todo lo que tenemos o cómo hemos llegado a ser como somos. Si lo hemos adquirido por nosotros mismos habrá sido a base de mucho esfuerzo pero lo más natural es que no lo hayamos adquirido, sino que nos lo hayan dado, naturalmente, nuestros padres.

Así que aunque trabajemos ocho horas diarias, aunque ganemos mil euros al mes, aunque podamos pagar un alquiler, la electricidad, el agua, el gas, el internetProgreso tecnológico de incalculable valor que el Pueblo usa para los asuntos más mundanos y pedestres. Su uso masivo define la transición de la Edad Contemporánea a la Edad de... More e incluso podamos darnos caprichos como tomar cañas, ir al gimnasio, comprar libros o contratar una suscripción a Netflix, no somos personas totalmente autónomas. Vivimos la ilusión de que somos autosuficientes porque podemos manejarnos en nuestra realidad cotidiana, en nuestro día a día que consiste ir de casa al trabajo y del trabajo a casa pero en cuanto ocurre algo inesperado, como una boda, un puente, las comidas y cenas de Navidad o las vacaciones, se tambalean todos los cimientos de nuestra supuesta estabilidad. La verdad es que no podemos cumplir con éxito todas las responsabilidades que nos exige ser personas formadas y cultas. No nos engañemos. No ganamos dinero para vivir, ganamos dinero para sobrevivir. Puede que no seamos pobres como los viejos pobres pero somos pobres de una nueva manera. Somos cultos, somos educados a la vez que mileuristas y precarios pero ante todo mantenemos la ilusión de que no somos pobres, somos otra cosa que no sabemos muy bien qué es y que no queremos bautizar como neopobres del neopauperismo.

 

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2 ideas sobre “Neopauperismo: Aunque no lo sepas, tú también eres pobre”