Permitidnos decir cuñadeces

Un manifiesto en defensa de la libertad de expresión recorre internet. Critica la intolerancia ideológica de la izquierda, dando por hecho que en realidad es lo que cabría esperar en la derecha. Lo firman escritores, periodistas e intelectuales varios, y ha levantado, como era de esperar, no poca polémica: vosotros sois los señoros que habéis agarrado por el mango la libertad de expresión desde siempre, ahora dejadnos a nosotres.

Como de costumbre, creo que ambas posturas están en lo cierto. Pero lo que me parece peligroso es que esa cultura de la cancelación, como se le ha dado en llamar (censurar las cosas que nos disgustan) trae la consecuencia de que Vox se erija como estandarte de la libertad de expresión. ¿En qué momento y cómo le hemos dejado ese papel?

Creo que ha ocurrido de la siguiente manera. El poder es per se conservador, ya que siempre va a intentar perpetuarse, por muy revolucionario que haya sido su origen. El pecado es la censura tradicional: un precepto moral que el poder hizo transitar hacia la ley para legitimarse. Así arrambla con todo lo que puede suponer una amenaza al statu quo, y lo primero es el propio pensamiento. Como dice Luis Buñuel: “En alguna parte entre el azar y el misterio, se desliza la imaginación, libertad total del ser humano. Esta libertad, como las otras, se la ha intentado reducir, borrar. A tal efecto, el cristianismo ha inventado el pecado de intención.”

Ahora el discurso de izquierdas ha llegado al poder, y por tanto se ha vuelto auto-conservador. Muestra de ello es que el poder político solo financia proyectos feministas, ecologistas, antirracistas y pro-LGTBI+, que las grandes marcas textiles exhiben estos temas en las calles peatonalizadas del centro de las ciudades, o que aquí y allí la publicidad muestra personas de color.

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Ciertamente no vivimos en un mundo regido por patrones feministas, ecologistas, antirracistas y pro-LGTBI+, y por doquier se observan actitudes contrarias a ellos y profundas desiguadades estructurales, pero el poder ya ha hecho de esos temas un fetiche con el que legitimarse, de manera que ha desactivado su potencial revolucionario. A la vez, es cierto que en ese proceso también lleva sus partes más visibles a una gran cantidad de la población. Es decir, esos asuntos ya han culminado su fase de fariseización, y solo poco a poco están entrando en la fase de cuñadización.((El ultrarracionalismo define tres fases en el camino hacia la hegemonía de todo ideario ideológico: panfletización, fariseización y cuñadización. Para más información ver Los medios de comunicación como sostén del poder.))

En este mundo que deja atrás unos pecados y abraza otros se produce una batalla cultural de dogmas enfrentados entre sí. Ambos tienen parte del poder, voz en distintos medios de comunicación, un ejército de seguidorxs que lo defenderán, y ciertos mecanismos de cancelación. Ya no quemamos a nadie en la hoguera, pero estos mecanismos son análogos: el poder se sostiene en unos u otros preceptos éticos que delimitan lo que es pecado, y la masa que lo legitima se regocija en el escarnio público de quienes los subvierten, ya sea en la plaza pública o en la red social. No es más que un mecanismo natural: el ser humano necesita ser un uno con su grupo, y la tribu tiene que defenderse de quienes amenazan su cohesión. Y por ello no hay nada más despiadado y efectivo que la exclusión social.

Pero, a la vez, la censura es exquisita. Hace las expresiones culturales más sutiles y la crítica social más refinada, y bien empleada produce el efecto contrario, conocido como Streisand: magnifica el mensaje. Encontrarse con la censura es a menudo prueba del éxito: ahí has pinchado en dogma, ahí has encontrado la contradicción, ahí ha estallado esa bomba semiótica que has plantado cuidadosamente. Ahí has triunfado. Pero también: ahí toca lidiar con unas consecuencias personales más o menos duras.

Nosotrxs mismxs, que estamos indefectiblemente en el lado de lxs buenxs, hemos sido canceladxs varias veces por levantar cualquier pequeña crítica. La última, una de las más dolorosas, mi despido de Greenpeace((Mi despido solo es la decisión de tres o cuatro personas con poder. A pesar de ello, considero que Greenpeace sigue siendo una organización extremadamente necesaria, especialmente por su capacidad de llevar el mensaje ecologista a las grandes masas, y cuenta con un increíble equipo humano.)) a causa del caso del tour de La Manada. También nos ha censurado por ello el Reina Sofía y algún festival de autoedición en el que solemos participar. Se nos acercan en cambio la gente de derechas, con quienes no queremos tener nada que ver, y así vamos adelgazando en apoyos.

Entonces, ¿censura sí o no?

La Internacional Situacionista pedía a lxs aspirantes a miembros que cogiesen una de sus ideas y la contraargumentasen. De esa manera pretendían reforzar su discurso. Por otra parte, Debord expone que no hay que censurar El nacimiento de una nación de Griffith aunque se trate de una película racista. “Es mucho mejor détournarla (alterarla) en su conjunto, sin ni siquiera modificar su metraje, añadiendo una banda sonora que la convierta en una contundente denuncia de los horrores de la guerra imperialista y las actividades del Ku-Klux-Klan”.

Cuanto más dura sea la censura que ejerce el cuñado, menos dudas le permearán y más cuñado será.

Por ello defiendo la libertad del cuñado para decir cuñadeces, a pesar de que todas las hemos sufrido (yo misma innumerables veces, especialmente por no comer carne y mi pinta de marica) y todas nos hemos sentido menospreciadas por ellas.

El cuñado es cuñado porque todo lo cree saber, aunque ese saber en realidad se limita a su ideología, que es el sentido común, el “negrero de los espíritus” de Gramsci. Su natural es censurar lo que se escapa a ese conocimiento para apartar de sí lo que amenaza su visión del mundo. Cuanto más dura sea la censura que ejerce, menos dudas le permearán y más cuñado será.

A nosotras nos pasa igual con nuestra ideología. No podemos analizar y evaluar toda la realidad, de manera que hemos de reconocer que todas somos cuñadas en algo. El dogma suple el conocimiento y nos cuñadiza especialmente. Y censurar al cuñado para construir mentalmente un mundo kitsch, exento de cuanto nos parece vicio, nos pone en la deliciosa contradicción de convertirnos nosotras mismas en cuñadas. Y tal vez lo peor, nos hace impermeables a la duda, lo cual lleva irremediablemente a la muerte por lameculismo.

 

Por ello, hacernos fuertes al menosprecio cuñado ha de pasar por la autoestima, el conocimiento consciente y la sororidad antes que por la censura. Es el cuñado quien nos permite reconocer la cuñadez, y a través de ella crecer y mejorar nuestro pensamiento. Ignorarla, enterrarla o censurarla no significa que desaparezca ni que haya que dejar de lidiar con ella, del mismo modo que el heteropatriarcado y la explotación laboral no desaparece del mundo porque Zara ponga en un escaparate de la Gran Vía una camiseta feminista. «El cinismo está en la realidad de las cosas y no en las palabras que expresan esa realidad”, dice Marx. Es la censura al cuñado la que hace que Vox se convierta en víctima y que se vuelva el adalid de la libertad de expresión. Representa la respuesta violenta de los hasta ahora integrados que ven su integración misma amenazada, como sostiene James Doppelgänger.

En definitiva, que el cuñado intente censurarnos no significa que nosotras tengamos que censurarle a él. En su lugar propongo intentar –y esto es lo dificil– exponer el cuñadismo. ¿Cómo? Teniendo en cuenta que lo natural del cuñado es la literalidad, uno de los mejores métodos para dejarlo en evidencia es la afirmación hiperbólica, exagerada o absurda. Todo lo demás, las sentencias serias y literales, son odio y violencia, porque ponen sobre la mesa un «otro»: yo tengo razón con esto y tú no con aquello. Por ello este texto, en tanto que literal, es una mierda cuñada. Por favor no lo compartas: cancélalo.

«Disparen al humorista», por Darío Adanti

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Epílogo: Dos pasajes de las memorias de Fernando Fernán Gómez al empezar la guerra Civil:

A mi abuela, socialista de toda la vida, se le ocurrió, en cuanto nos acomodamos en la posada, irse a la iglesia.
—Allí se debe estar muy fresquito —dijo.
Y en la iglesia se pasó la mañana; razón por la cual días despés las nuevas autoridades revolucionarias, en uso de su derecho, y en defensa de los intereses de la República, nos negaron el salvoconducto. Cuando mi abuela fue a pedirlo, el socialista que se encontró enfrente, tras su nueva mesa de funcionario, no sólo no se lo dio sino que la llamó «vieja beata» y «espía». Regresó mi abuela al patio de la posada y allí se cagó en todo lo cagable.

(…)

Aquellas noticias de asesinatos contribuían a que mi indeciso ideario político se inclinase hacia la derecha. Pero el ambiente callejero en que me había criado, la influencia de mi abuela y de algunas de mis lecturas me impedían compartir los ideales de los ricos, de los conservadores, carcas, cavernícolas. Ya sabía lo que era el corporativismo y los beneficios que podía reportar al país, y también que debía ponerse freno, aunque fuera violentamente, a las pretensiones de los marxistas, porque todo esto nos lo había explicado en clase el hermano Daniel; pero lo que más me inclinaba a aquella tendencia era la actitud de los revolucionarios en aquellos primeros meses, el terror que empezaban a infundirme y el que mi abuela, a pesar de su pobreza, de su anticlericalismo y de sus frustrados deseos de ascender de clase, repitiera, al enterarse de cada nuevo horror, algo así como:
—No es eso, no es eso.

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