Pluscuanmodernidad

Este texto forma parte de la serie de relatos neonormales por entregas que publicaremos de forma aleatoria e impredecible.

Ilustración por Vega.
[España. Febrero de 2021].

Se inicia la segunda desescalada después de haber alcanzado el millón y medio de contagiados en el país durante los meses de octubre y noviembre. A finales de enero habían remitido los contagios hasta estabilizarse en los tres mil afectados diarios. En total, se han registrado sesenta y cinco mil decesos. Sin embargo, desde comienzos de febrero apenas se contabilizan en una treintena las víctimas diarias en toda la península.

En diciembre tuvo lugar la aprobación por referéndum de la Comisión Encargada Técnica de Alarma (CETA), sustituyendo así al anterior Ejecutivo tras la aclamada disolución del Parlamento y Gobiernos Autonómicos. CETA se encarga de la gestión nacional en materia salud, alimentación y vivienda; —estos son los únicos servicios que permanecen exclusivamente públicos—. También tiene por misión coordinar la Comisión de Reestructuración de Industria, Servicio y Empresa Nacional (CRISEN), codirigida por las cinco personalidades más influyentes de la antigua economía privada: Almando Ortensia, Rafael mi Primo, Joan Rojo, Almanda Ortensita y Soledad Duradera. CRISEN se ocupa del diseño y gestión de la Nueva Económica Mixta de Españolía (NEME), después de la quiebra y nacionalización parcial de la mayor parte de empresas estratégicas del país, principalmente banca, energía, seguridad, transportes y telecomunicaciones —ésta última asume el antiguo derecho de Educación—. Por otra parte, tras la aprobación del Decreto-Ley 12/2021, de 15 de diciembre, para la Salvaguarda de la Españolía Ciudadana (SEC), todos los nacionalizados en España mayores de dieciséis años, sin discriminación, reciben la Renta de Españolía Básica Ciudadana (REBC), una cuantía de quinientos boletos mensuales que se suman a la Renta de Españolía a la Vivienda Ciudadana (REVC). Debido al impactante incremento en el pico de contagios registrados durante el mes pasado a causa de la desobediencia familiar durante las celebraciones de Navidad, CETA ha reconocido la legitimidad de los Comandos de Incidencia Vecinal (CIV), que se unen a las actividades desarrolladas por las Fuerzas Armadas y de Seguridad del Estado. Su área de jurisdicción natural comprende los umbrales de las viviendas privadas y las administraciones comunitarias. Su misión es la de asegurarse de la entrada y salida exclusiva de residentes, así como velar por que se respete el número de salidas permitido por residente y su duración estipulada: dos salidas, mañana y tarde, por un tiempo máximo de dos horas diarias totales.

Tras las importantes medidas aprobadas hasta ahora, y a pesar de las serias dificultades por las que atraviesa el país, entre los ciudadanos españoles ha dejado de existir el hambre o la falta de vivienda. La mayoría de empleos han desaparecido y los ciudadanos disponen de todo su tiempo para dedicarlo a sus tareas preferentes, la única condición es que éstas deben producirse en el interior del hogar. Al tiempo que la caída de la red de internet ha generado cierto desconcierto en la población, la ampliación de la programación televisiva, ahora dirigida por Almando Ortensia, ha logrado concentrar la atención de la mayoría de españoles. El último récord de audiencia registrado, veinte millones de televidentes, lo ha concentrado el reality “Como en casa”, donde los protagonistas son los ciudadanos voluntarios que, a cambio de ver duplicada su REBC, han aceptado la instalación de cámaras en su propio hogar. “¡Cómo vivíamos antes!” baja al segundo puesto, la retransmisión de imágenes de archivo de las calles más importantes de cada capital de provincia de la antigua España, donde pueden observarse los antiguos modos de sociabilidad tradicional mediterránea: proximidad, promiscuidad, irresponsabilidad e insolidaridad caracterizaban nuestras relaciones con el prójimo. Esa España, hoy asolada por el vacío de público y señalada por la falta de seguridad, está siendo habitada exclusivamente por indocumentados, vagabundos, expatriados y extranjeros sin papeles que, sin el acceso a ninguna de las bendiciones del CETA, se ven obligados a peregrinar por la ciudad en busca de su subsistencia.

[Manuel: expatriado, a causa de desobediencias sucesivas de las normas de confinamiento, denunciado por el CIV hasta en cinco ocasiones. Tere: indocumentada, heredó la plaza de prostituta que había quedado vacante tras la muerte de su madre].

A finales de diciembre, tras haber perdido a mis dos últimos parientes, me quedé desolado. Aunque yo vivía en un loft para solteros en el centro de Sevilla, me comunicaba con mis parientes a diario. Como la mayoría de nosotros, había perdido la totalidad de mis amistades después de que éstas se conceptuaran como un riesgo patógeno. Por supuesto, no tenía trabajo y dormía más de diez horas diarias, el resto del tiempo solía pasarlo adormecido entre relaxtán —los relajantes musculares financiados por Sanidad—, bebidas alcohólicas, pornografía y la nostalgia de “¡Cómo vivíamos antes!”. Intenté participar en “Como en casa”, pero dado que no realizaba ninguna actividad artística ni deportiva, ni hacía nada extravagante salvo desgastar mi sofá y masturbarme, y tampoco tengo una polla extraordinaria, no fui aceptado. Sin la comunicación diaria con mis parientes comencé a perder la cabeza. Entonces cambié mis hábitos, dejé de beber y masturbarme para comenzar a salir a la calle. Hacer cola en los supermercados se convirtió en mi mayor afición. Ahí es donde se encuentra la nueva sociedad, el vínculo más íntimo que liga esta nueva España. Mi problema fue que dejaba pasar a quienes esperaban detrás de mí para poder permanecer más tiempo allí, me gustaba imaginarme miradas cómplices y diálogos intensos, antiguos actos mediterráneos. Por esto fui denunciado. Mis vecinos siempre me odiaron por parlotear.

—¡Manué, despierta! Tenemos que esconder los cartones. —Eran las 9 a. m., hora en que CETA permitía la salida de los ciudadanos—. ¿Quieres vino? Nos queda un poco de anoche y un bote de alubias con tomate Nacionaldona.

—No, no. No quiero nada. Recoge todo, vamos a esconderlo en la muralla. Me duele la cabeza… ¡joder! —Manuel se paralizó repentinamente y levantó la mirada—. Perdona, Tere, no quería gritarte, hace cinco días que no tengo relaxtán y comienza a dolerme todo. —Manuel miraba fijamente a los ojos de Tere mientras se apretaba las sienes trazando círculos con las palmas de sus manos.

—Está bien, no te preocupes. ¿Vas a ir hoy al del Parlamento? Yo hoy voy a Mira Flores. Ayer en Plaza de Armas no me dieron nada. —Tere se levantó su larga falda dejando ver que no escondía ningún producto—. Ni un miserable paquete de galletas. ¡Un boleto! Solo valen eso… Yo misma las pagaría si me dejaran. —La nueva gestión de los supermercados exigía la cartilla de ciudadanía para acceder a su interior.

—Bien pensado. Yo iré a Don Fabrique. Puede que hoy estén más generosos, estamos a día once y todos acaban de recibir su miserable dignidad. —CETA ingresaba el REBC escrupulosamente cada día décimo de mes.

—¡Nos vemos a las cuatro en el arco! —dijo Tere mientras se alejaba sonriendo—. ¡Ten cuidado, no ofendas a nadie!

Manuel realizó la mirada del gitano para ver que no habían dejado nada atrás y comprobar que no se apreciaban los bultos en el hueco de la muralla. Pasó por debajo del arco y se dirigió a la puerta de Nacionaldona. Para su sorpresa, comenzó a ver que había más gente de lo normal en la acera, todos con su cartilla de ciudadanía colgada del cuello, sus mascarillas y esas horribles máscaras protectoras transparentes cuyos bordes muchos decoraban con los colores de la bandera nacional. Era una escena dantesca a pesar de la nueva afluencia de gente sin rumbo con las miradas puestas en el suelo —todo lo más que antes se apreciaba eran las largas colas en los supermercados—. Se podía apreciar el sonido de los pasos dado el silencio dejado por la ausencia de diálogos. Esta era la cuestión que obsesionaba a Manuel, antaño él había sido dramaturgo y no podía imaginarse una realidad sin conversaciones. Esto es lo que le había llevado a perder su estatus de ciudadano a pesar de ser sevillano de pura cepa. O perdía la cabeza, o perdía su estatus; ni siquiera pudo elegir, su impulso por el drama y la comedia, sus alucinaciones parlantes, eran más fuertes que la honrosa sumisión.

Distraído llegó a la altura del supermercado. Manuel estaba un poco aturdido por el extraño ambiente que causaba ver a tantas personas, cerca unas de otras, y apenas apreciar ningún ruido. Él no dejaba de mover sus labios produciendo en su interior los plausibles insultos y discusiones que mantendrían entre sí aquellos autómatas si levantaran la cabeza: «¡Desgraciado! ¿Cómo vas a ser tú igual que yo? Tú no vales nada. No somos iguales aunque los dos tengamos esta estúpida cartilla en el pecho. Yo era un artista con obras en el Museo Nacional del Prado. ¿Quién eres tú? ¿Profesor? ¡Puag! Yo no he querido venderme, si hubiera querido estaría en “Como en casa” mostrando mis habilidades». «¡Eh, puto! Seguro que te gusta que te pegging. ¿Quieres que esta mamacita te dé lo tuyo, bebé? Tengo una polla negra de ocho centímetros de diámetro en casa, ¡marica! No eres más que un REBC». En medio de este espectáculo interior, Manuel comenzó a tener dudas de si algunas palabras venían del exterior. Había prenunciado algunas que él ni siquiera conocía antes, no las podía haber producido él, y comenzó andar rápido buscando el origen de esas interferencias. Era confuso porque su cabeza no sabía parar, si encontraba a ciudadanos en silencio su mente los transformaba en amargadas cotorras que solo ejercían violencia verbal contra sus iguales. Se dio cuenta de que Dr. Letamendi —un pequeño pasaje que cruza de una avenida a otra entre edificios— estaba cortado por una valla tapizada con una tela opaca negra que le impedía ver y pasar. Estaba a punto de rajar la tela con un trozo de ladrillo afilado cuando recibió un porrazo del guardia de seguridad. Muy alborotado el guardia le indicaba con gestos que se marchara. Ni una sola palabra le regaló.

Manuel se marchó al Parque del Parlamento a escuchar a los personajes imaginarios que los ciudadanos le aportaban mientras esperaba su encuentro con Tere.

Transcurrieron así las horas, entre insultos y disputas por la identidad individual que cada uno había perdido durante el confinamiento. El nuevo capitalismo comunista los había hecho a todos iguales, por la baja. La única posibilidad de distinción residía en la participación en “Como en casa”, aunque también el familismo y clientelismo generados por la nueva estructura de gobierno canalizaban lujosos privilegios, pero este estrato era invisible desde el punto de vista de la ciudadanía. El contexto internacional era homogéneo, la Unión Europea y otras entidades supraestatales se habían disuelto. Las fronteras eran infranqueables, las producciones exclusivamente nacionales, el conflicto había desaparecido y el cambio climático comenzaba a revertirse.

—¡Manué!

—¡Tere!

—¿Cómo te ha ido? —Tere se abalanzó sobre los brazos de Manuel y éste comenzó a llorar—. ¿Qué te pasa? ¿Ha pasado algo?

—No, no… Ha sido extraño…

—¿Qué? ¿Qué pasó?

—No te lo vas a creer, no quiero que me tomes por loco. Sabes que a mí no me gusta mentir, pero es que… Creo que he escuchado voces, y no eran las de mi cabeza…

—¿Viste una valla negra? —Tere mostraba una pequeña mueca y parecía saber qué ocurría.

—¡Sí! Bueno… Vi la valla. Pero intenté cortarla para ver qué había detrás, parecía que de ahí venían esas voces, pero un guardia justo me golpeó y me echó de allí. Ni siquiera he podido pedir nada de comida. No tengo nada, lo siento…

—No te preocupes, Manué, yo tengo todo lo que necesitamos. Yo también vi una valla igual y detrás había gente hablando entre sí, no hacían cola. Nacionaldona ahora tiene una entrada priority como las antiguas aerolíneas ¡y una terraza con sillas como las de antes! Perdona… —Tere miró los adoquines del suelo—. Me encontré con un antiguo cliente, él me lo contó todo.

—¿El qué? Dime…

—Mira, me ha dado todo esto. Creo que tenemos para comer un par de días por lo menos, y me ha comprado vino. Esta noche lo celebraremos.

—Pero ¿qué tenemos que celebrar? Dime… No tenemos nada, ni siquiera somos ciudadanos, dormimos en la calle, solo tenemos lo que nos dan esos miserables. ¡Debemos huir al campo! No me importan los lobos ni los osos, prefiero esas alimañas peligrosas que estos autómatas de la seguridad.

—No digas tonterías, Manué… Tenemos algo, ¿recuerdas? —Tere señalaba sus labios mientras movía la boca como pez besucón—. ¡Somos ricos, podemos hablar y sobrevivir felices!

 

 

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