Por qué llevo mecheros con banderas de España y doy besos en la mejilla a desconocidos mientras les susurro al oído «Viva Españita»

A la memoria de Román, del Comando Ultrarracionalista de Ferrol, Q.E.P.D.

En una escena de Cuéntame relata Don Pablo que su sobrino se acercó a él mientras leía El Alcázar, tomaba una copa de Felipe II y fumaba un puro. Le dijo: «Eres un facha». «¿Cómo?», dramatizaba el personaje interpretado por Pepe Sancho. «Lo que te he dicho, que eres un facha y te desprecio». Después de un silencio meditativo, resuelve Don Pablo: «¡Como si fuera un insulto!»

Punk’s not dead

¿Hay algo más punk que Don Pablo hoy en día? Puede que en su época fuera algo normal, pero hoy, desde luego, no hay nada más provocador que tomar coñac y encenderse un buen cigarrillo de marca con un mechero-botijo. Llevar chapas con la bandera de la República es incluso algo biempensante de treintañero sanote y deportista, demasiado Clase Media para mi gusto. En este sentido, los punkis de hoy en día se han vuelto predecibles e incluso dan cierta vergüenza ajena al ser tan sensatos: el punki medio suele defender, hoy, el Estado de Derecho, la Socialdemocracia y los valores cristianos. ¿Acaso hay algo más outlawyer que Don Pablo, alguien que sistemáticamente rompe y transgrede las normas y que defiende ser facha pese a todo?

¿Acaso llevamos mecheros de España para provocar, o somos como Iñigo Errejón? Desde luego, nos apartamos de la segunda vía. No llevamos mecheros para la apropiación del significante «España». En esencia, «España» nos importa más bien poco y hacemos lo que hacemos por disfrutar de lo auténticamente sublime: lo Grotesco. Defendemos, pues, llevar el mechero de España como fin en sí mismo: imponemos a la Naturaleza nuestra ley estética.

Periodistas destacados como el malévolo Soto Ivars o Rebeca Argudo han argumento estos días que Camilo de Ory es un héroe al mostrar, con el humor negro, las miserias de la hipocresía social. ¡Jamás! El humor negro es también un fin en sí mismo, y merece la pena ir a la cárcel o recibir una paliza por contar un chiste sobre Julen.
En este sentido, impugno desde este texto el hecho de que últimamente se esté empleando el humor negro como subterfugio para criticar a la sociedad. Periodistas destacados como el malévolo Soto Ivars (al cual debo una cerveza) o Rebeca Argudo han argumento estos días que Camilo de Ory es un héroe al mostrar, con el humor negro, las miserias de la hipocresía social. ¡Jamás! El humor negro es también un fin en sí mismo, y merece la pena ir a la cárcel o recibir una paliza por contar un chiste sobre Julen. ¿Cómo ha podido caer la sociedad tan bajo como para que el humor negro tenga que tener siempre un fin? Pero esa es la última moda, decir que lo que se hace ya no es para provocar o por amor de lo Ultrarracional. Afirmar que de lo que se trata es de «subvertir el discurso enemigo minándolo desde dentro» es haber puesto una bandera blanca en Bois de la Garenne al más hediondo estilo francés.

Una ética auténticamente ultrarracional apoya y apoyará siempre el hecho de que uno pueda usar símbolos fascistas aun cuando esto sea contraproducente desde el punto de vista político y haya un auge real del fascismo. De hecho, mi modelo ético es el de un judío que lleva un mechero con la esvástica because no reason. Este «carecer completamente de sentido» es precisamente lo que le convierte en un ser divino, más allá de lo útil o lo inútil. Si todo el mundo fuese como él, es decir, si su ley moral tornase ley universal, todo sería desternillante y Grotesco. Y este es, por encima del bienestar, la paz o el orden (ideas totalmente modernas y clasemedianas), el auténtico sentido de la vida. En efecto, los humanos no hemos venido al mundo para acabar nuestros días siendo sexagenarios socialdemócratas adictos a las pastillas para vivir cinco minutos más; hemos venido a montar el pollo, a montar un cristo, a hacer de este mundo un Cristo.

El deber de un ultrarracionalista es defender Lo Grotesco hasta sus últimas consecuencias, aunque por ello te partan la cara de vez en cuando.

El fallecido Román nos dio una lección a todos. A él le gustaba mucho ir por las calles de Santiago de Compostela molestando a transeúntes y desconocidos, especialmente cuando era hora de fiesta. Se acercaba a ellos y les daba un besito en la mejilla mientras gritaba: «Viva España» y hacia un gesto animoso señalando al cielo. También gustaba mucho de preguntar: «Oye, si tú vives en el primero y España vive en el tercero, ¿dónde está España?». Cuando respondían que arriba, siempre decía: «¿Ves que no es tan difícil? Arriba, arriba España». Yo, en la puerta del garito independentista, siempre le acompañaba en sus travesuras. Algunos se lo tomaban bien y se reían, otros se iban gritando: «BNG, poder popular» y cosas de este jaez. ¡Qué ridículos suenan! Por otra parte, qué efímera es la ironía, que, para mí, ya ha devenido una auténtica religión.

 
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