Prokófiev: los ruiseñores cantan desde la prisión

Este texto forma parte de una serie de cuatro artículos sobre la literalidad, la censura y la ironía.
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Decíamos al inicio de esta serie de artículos que por suerte la historia está llena de autores que han procurado no entrar en la cárcel y utilizar la inteligencia para decir lo que no se podía decir. Autores que, cuando no se puede pensar lo que se quiera ni decir lo que se piensa, se han tomado en serio lo de ridiculizar lo ridículo. Y digo por suerte porque, a parte de evitar las incomodidades del encierro carcelario, burlar la censura tiene la ventaja de dejar en evidencia la estupidez del censor y presuponer la inteligencia del público. Por no decir que, antes del efecto Streisand, dejarse atrapar por la censura condenaba, en muchas ocasiones, al autor y a su mensaje a una suerte de damnatio memoriae.

Uno de los ejemplos paradigmáticos y menos conocido del uso de la inteligencia para burlar la censura es el de la Sonata n.º 7 para piano de Sergei Prokófiev. Sobre la censura musical en la Unión Soviética se ha escrito mucho. Son conocidas las peripecias de Dimitri Shostakóvich, quien evitó el castigo del NKVD porque su purgador fue asimismo purgado unos días antes de su interrogatorio. También son famosas las radiografías convertidas en discos de jazz y rock ’n’ roll que confirieron un nuevo sentido a aquello de “mover el esqueleto”. El caso de Prokófiev, sin embargo, ha pasado mucho más desapercibido dado que el secreto escondido en la Séptima Sonata no fue desvelado hasta medio siglo más tarde de su estreno.

En 1939 Prokófiev estaba componiendo Semión Kotko, su primera ópera soviética. El director teatral Vsévolod Meyerhold, gran amigo del compositor, iba a ser el encargado de producirla. Sin embargo, el 20 de junio de 1939 Meyerhold fue arrestado por el NKVD por haberse enfrentado varias veces con las autoridades culturales. Durante el interrogatorio Meyerhold se negó a incriminar a sus colegas y, menos de un mes más tarde, dos hombres entraron en el piso de su mujer, la actriz Zinaida Raikh, y la apuñalaron 17 veces, incluso en los ojos. Todo apunta a que el asesinato fue organizado por la NKVD y, según el periodista Arkady Vaksberg, el jefe de la organización Lavrenty Beria necesitó montar “esa sádica farsa” dado que la actriz era muy popular. De manera reveladora, el piso de la actriz fue entregado al chófer de Beria. Unos meses más tarde, el 2 de febrero de 1940, Meyerhold fue fusilado.

Justo después del arresto de Meyerhold y del asesinato de Raikh, algunos oficiales del Comité de Radio de la Unión Soviética “invitaron” a Prokófiev a componer una pieza para celebrar el sexagésimo aniversario de Stalin. Consciente del peligro que corría por ser amigo de Meyerhold, Prokófiev compuso la cantata Zdravitsa (“Un brindis”). Una pieza feliz y celebrativa cuyo coro reza:

Mi vida está floreciendo ahora como la flor de cerezo en primavera. 
Oh, el sol brilla y baila en las brillantes gotas de rocío. 
Stalin nos trajo esta luz, calor y sol.
Sabrás, querido hijo, que su calidez nos llega a través de bosques y montañas.

En la penúltima sección de esta cantata el coro sube y baja una escala de do mayor, como cuando los niños practican escalas con el piano. Algunos intérpretes se han preguntado si estas subidas y bajadas consisten en una ironía perpetrada por el compositor. Sea como fuere, simultáneamente a esta cantata Prokófiev empezó a esbozar la Sonata n.º 7 que, junto a la n.º 6 y a la n.º 8, forma parte de las conocidas como “Sonatas de Guerra”. En principio, estas sonatas dan cuenta del avance nazi durante la Operación Barbaroja, la ansiedad, el miedo y la amargura están presentes en todas ellas. Sin embargo, el segundo movimiento de la séptima Sonata empieza con un tema inusitadamente lento y bello. Daniel Jaffé publicó en 1998 una biografía del compositor soviético señalando que el tema del segundo movimiento está inspirado en un lied de Robert Schumann titulado Wehmut (“Melancolía”). La letra de este lied es la siguiente:

A veces puedo cantar deliciosamente, como si fuera feliz,
pero secretas lágrimas caen liberando mi corazón.
Mientras las brisas primaverales soplan afuera,
cantan los ruiseñores la canción nostálgica desde lo profundo de su prisión.
Entonces los corazones escuchan y todos se deleitan.
Nadie siente el dolor, sólo en la canción está el profundo lamento.

¿Hace falta decir algo más? Prokófiev escribe para el piano la partitura vocal, sobran las palabras. Como colofón, la sonata recibió un Premio Stalin de segunda clase. Nadie se dio cuenta de la filigrana y el compositor se vengó ridiculizando imperecederamente la censura soviética. Años más tarde fue acusado de formalismo a partir del decreto Zhdánov y, casualmente, terminó muriendo el mismo día que Stalin. El apartamento de Prokófiev se encontraba cerca de la Plaza Roja, donde acudieron las multitudes durante tres días para despedir al líder soviético. Por este motivo, el coche fúnebre no pudo acercarse a la casa del compositor y su ataúd tuvo que ser llevado en brazos por calles secundarias en dirección opuesta al funeral de Stalin. Del mismo modo, mientras las autoridades soviéticas aplaudían el Brindis a Stalin, el segundo movimiento de la Séptima Sonata se alejaba secretamente en dirección contraria por los callejones de la historia.

Este texto forma parte de una serie de cuatro artículos sobre la ironía y la censura.
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