Propuestas para una mejora ultrarracional de Aluche

Propuestas para una mejora ultrarracional de la ciudad de Madrid‘ es un garbeo semanal que parte cada martes de una estación de metro distinta, barriendo el plano por orden de líneas y de norte a sur. Cada garbeo consiste en caminar por donde nos venga en gana y una visita a un bar local. En ellos conocemos al Pueblo en su salsa, interactuamos con él, cantamos a favor de la labadora, etc.

El pasajero del Metro despistado puede llevarse una pequeña sorpresa cuando, al dejar atrás la parada de Eugenia de Montijo, el vehículo deja de circular bajo el subsuelo de la ciudad y sale a la superficie para dirigirse hacia Aluche, una de las poquísimas estaciones que no están ubicadas bajo tierra. Nada más salir del metro observamos en todo su esplendor la enorme plaza, con el centro comercial Plaza de Aluche a nuestra derecha. Todo en esta zona es pantagruélico: las calles, los edificios, los descampados. Avanzando por la Avenida de las Águilas se encuentra el Centro Deportivo Municipal que, como no podía ser de otra manera, alberga en su interior una gigantesca piscina pública, una de las más grandes de toda Europa. Cruzamos por el parque que se extiende tras la plaza y vemos un carril bici: es parte del Anillo Verde Ciclista, que circunvala la ciudad.

Cruzamos el parque y damos con una urbanización en la que reina la tranquilidad; no se oye ni un alma hasta que un vecino, apostado en su ventana, nos comunica que la zona por la que intentamos pasar está cerrada, por lo que volvemos sobre nuestros pasos.

Avistamos algunos bloques sesenteros con abundante Toldo Verde, pero nada que ver con las estrechas callejuelas de anteriores garbeos, llenas de bares y comercios. Lo que más abunda son los espacios abiertos, enormes extensiones de calzada entre bloque y bloque.

Si Julieta hubiese vivido en este edificio la escena del balcón hubiese sido mucho más aburrida.
¿Y no podriamos recuperar todo 2020?
Dos cotorras enamoradizas contemplan la puesta de sol

Paseamos por la calle Maestra Justa Freire y Raspilla nos explica que antiguamente esta era la calle del General Millán Astray, pero en 2016 la socialcomunista Manuela Carmena le cambió el nombre al actual. Sin embargo, sigue habiendo disputa sobre el tema. El nombre antiguo data de 1924 – antes de la Guerra Civil –  por lo que este cambio no cumpliría los requisitos para ser objeto de la Ley de Memoria Histórica. Así se lo ha hecho saber al alcalde de Madrid la Plataforma Millán Astray, que ya de paso se ha flipado un poco y ha pedido que, además de mantenerle la calle, le pongan una estatua y un local al fundador de la Legión.

Seguimos avanzando, los edificios que nos vamos encontrando son enormes moles muy alejadas de la estética tradicional de barrio clásico, lo que nos congratula enormemente, ya que es señal de que vamos por buen camino.

Unos metros más adelante, cuando vislumbramos un solitario Aldi, enormes urbanizaciones modernas y un vasto descampado, ya no tenemos duda: hemos llegado al PAU de Carabanchel. Antes de explorar el barrio como se merece accedemos a la estepa castellana, tratando de descubrir porque tantas avionetas estaban descendiendo sobre la zona, pero cuando una de ellas baja sobre nuestras cabezas nos marchamos de allí a toda prisa antes de acabar ametralladas como Cary Grant en Con la muerte en los talones.

La Peseta ha sido históricamente un lugar de esparcimiento y solaz para las clases altas. Salvada la excepción del Hospital de San José, el resto de edificaciones en esta zona han sido siempre palacetes y fincas de recreo de aristócratas y burgueses. No es hasta los albores del nuevo milenio cuando el proletariado consigue hacerse un hueco en esta yerma pradera, a rebufo de esa época mágica en la que todo parecía posible. Nada detiene a los arquitectos del ensanche, que tienen plenos poderes para transformar este páramo en un barrio moderno; el resultado es que La Peseta es hoy el sitio con mayor densidad de premios Pritzker por kilómetro cuadrado de todo el mundo. Nosotras, que somos un poco picajosas, pensamos que igual era mejor que los edificios, tan imponentes ellos, tuviesen en la planta baja los locales comerciales de toda la vida, ya saben: alguna peluquería en la que ponerse al día de la actualidad del vecindario o algún bar donde los parroquianos puedan juntarse a echar la partida y ver al Atleti. Pero claro, a nosotras no nos dan premios, así que no nos hagan mucho caso.

Pronto llegamos a uno de los grandes puntos de interés del barrio: el edificio Bambú.

Nos quedamos fascinadas ante esta mole recubierta de ramitas, pero aún nos queda mucho por ver. Al fondo divisamos una amalgama de colores que nos advierte de la cercanía del edificio estrella, pero antes torcemos a la derecha para observar lo que parece una Iglesia inacabada.

La ausencia de cualquier simbología en la impoluta y enorme fachada blanca nos hace pensar que los arquitectos de este templo probablemente sean herejes iconoclástas (además de satánicos, claro está)

Giramos de nuevo a la izquierda y, ahora sí, llegamos a la joya de la corona: Carabanchel 24.

No haremos ningún comentario sobre esta maravilla arquitectónica ya que, como reza el refrán, una imagen vale más que mil palabras.

Después de semejante comienzo, esperabamos seguir inmersas un buen rato en esta orgía de paralelelípedos y hormigón. Pero nos llevamos una gran sorpresa cuando, avanzando tan solo unos pasos, vamos a parar a una zona con una estética totalmente distinta, de Toldo Verde, bar Manolo y callejuela estrecha.

El calor infernal nos obliga a parar para tomar un refrigerio. Entramos en la Cervecería Villanueva, donde no tenían Cacaolat ni zumo de melocotón, pero a cambio nos pusieron una buena ración de patatas bravas como tapa. Además, el dueño del bar, viendo nuestra cara de cansancio al escuchar a los periodistas del Telediario de La 1 narrando muy circunspectos el enésimo rebrote de COVID-19, decidió amenizarnos la velada con un disco de Grandes Éxitos de Amaral que nos hizo recordar lo viejas que somos.

Sin ti no soy nada.

Salimos del bar y, tras cruzar un par de calles, volvemos a adentrarnos en la estética PAU tan de nuestro agrado. En nuestras andanzas por la linea 4 vimos unos cuantos edificios reseñables en Sanchinarro y Valdebebas, pero ambos palidecen ante la inventiva demostrada aquí en Carabanchel.

Hemos llegado a la Avenida de la Peseta, una gigantesca vía de doble sentido con una mediana que ya es de por sí más ancha que las calles aledañas. En la acera izquierda proliferan los edificios de autor, con sus formas imposibles y sus aglomeraciones de granito…

…pero en la acera derecha podemos encontrarnos con edificios más clásicos de ladrillo visto, donde también se pueden ver parques por los que pasear y terrazas en las que sentarse.

La otra Cibeles.

Pensamos en seguir andando hacia La Fortuna y así salir por primera vez de los límites de la ciudad, pero habría que cruzar la M-40 y no estamos para muchos trotes, así que paramos en una de las terrazas de la avenida para tomar algo antes de retirarnos a nuestras casas. El garbeo de hoy ha sido altamente fructífero, nadie puede quedar indiferente ante la amalgama de estilos vista durante nuestra travesía desde Aluche hasta aquí. Es tentador proponer la demolición de todo edificio construido antes del año 2000 para convertir Carabanchel en una especie de museo al aire libre donde los grandes arquitectos del mundo den rienda suelta a su megalomanía; también podríamos tirar por el otro lado y obligar a que en todos los edificios haya un local comercial para darle un poco de vidilla al barrio. Lo dejamos a la elección de nuestras lectoras. Una cosa sí que tenemos clara: si decidimos optar por la segunda opción, en los bajos de Carabanchel 24 se venderían, evidentemente, cubos de Rubik.

¡Hasta el garaje es de colorines!

¡Habla, Pueblo, habla!

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