Propuestas para una mejora ultrarracional de El Capricho

Propuestas para una mejora ultrarracional de la ciudad de Madrid‘ es un garbeo semanal que parte cada martes de una estación de metro distinta, barriendo el plano por orden de líneas y de norte a sur. Cada garbeo consiste en caminar por donde nos venga en gana y una visita a un bar local. En ellos conocemos al Pueblo en su salsa, interactuamos con él, cantamos a favor de la labadora, etc.

El pasado martes la comitiva ultrarracional de mejoras urbanísticas exploró las inmediaciones de la parada de El Capricho. A la salida nos encontramos con el mismo paraje que en el anterior garbeo: verjas y jardines, además de un aparcamiento con techos de uralita. Privado, por supuesto.

Aquí no se andan con chiquitas.
Algunos miembros de la comitiva consiguen cruzar al otro lado y caminar por los verdes pastos. Obsérvese el tamaño de la acera.
También nos encontramos con vestigios de épocas pasadas.
Aquí ya han seguido nuestros consejos y han puesto pinchos para que no se nos ocurra asaltar el césped, que cada vez ocupa más espacio.

La querencia de los habitantes de Alameda de Osuna por cercar y prohibir el paso a la mayor cantidad de zonas posibles llega a su paroxismo en este portal, tras el cual hay un pasillo que lleva a otro portal, tras el cual está el jardín que se ve en la foto, tras el cual hay un bosque de columnas, en cuyo centro está la puerta al edificio.

La seguridad es lo primero.

Ya creíamos que nos iban a vedar la entrada a todas las zonas verdes, pero de repente llegamos a una especie de parque, con sus arboles y su cancha de futbito. ¡Milagro! La alegría que nos produce es tan grande que una vecina nos pregunta divertida a que se debe nuestro jolgorio. Cuando le respondemos la razón, nos insta a visitar el parque del Capricho, creado en el siglo XVIII por los duques de Osuna, y considerado uno de los más majestuosos y bonitos que hay en Madrid. El problema es que el parque del Capricho tiene aforo limitado, horario de entrada, y tornos que impiden el paso a los malhechores.

Está claro que en este barrio las zonas verdes se consideran sagradas.

Poder pasear por aquí sin tener que hacer alpinismo nos hace muy felices.
Espacio Goven.

Seguimos caminando y llegamos a unas urbanizaciones donde el recelo de sus habitantes alcanza ya un grado de paranoia sin precedentes: las cercas están jalonadas por numerosas cámaras de seguridad, algunas de ellas apuntando al propio vecindario.

El Gran Hermano te vigila.

Por fin, tras bordear una enorme mole que resulta ser un hotel de cuatro estrellas, logramos abandonar esta especie de Elysium precario y vamos a parar a la carretera. No podemos evitar alegrarnos por haber dejado atrás el ambiente opresivo de Alameda de Osuna, y deseamos que nuestras andanzas nos lleven a otros territorios en los que no haya tanto celo por la protección de la sacrosanta propiedad privada.

¡Somos libres!

Un revoltijo de asfalto se extiende ante nuestros ojos, con el aeropuerto de Barajas al fondo.

Cruzamos unas cuantas carreteras y vamos a parar a lo que parece una zona industrial. Pero no son naves ni moderna maquinaria lo que nos encontramos allí. Estamos en un sitio desangelado, poblado por destartaladas chabolas y edificios antiquísimos con cierto parecido a las jrushchovkas características de la URSS en los años 60. La zona está completamente degradada y desatendida, el contraste con el anterior barrio es bastante estridente.

Salimos de aquel paraje y tras avanzar imprudentemente por el arcén de una de las muchas carreteras que por allí pasan, llegamos al flamante Centro Eisenhower. El recinto esta formado por enormes e impolutos edificios de negocios, y en muchos de ellos aún cuelga el cartel de «Se alquila». Pasamos por delante de un solitario bar, desde donde un señor sale raudo y veloz en cuanto ve que estamos haciendo fotos para indicarnos que no nos está permitido. Pese a todo, conseguimos burlar su vigilancia.

Estamos perdidos en medio de la nada, no sabemos cual es la parada de metro más cercana, y lo único que tenemos enfrente nuestro es un polígono industrial. De entre las muchas opciones que tenemos, escogemos acercarnos al recinto de Bimbo y ver si con suerte encontrábamos algún bollicao descatalogado que echarnos a la boca. Lo que no nos esperábamos ni por asomo es que los bollicaos descatalogados estarían todos listos para su venta en el Bimbo Outlet.

Esperando por nuestra ración de grasas trans.
Observamos bastantes carteles del Partido Comunista en las paredes del Bimbo Outlet. La dictadura del proletariado vendrá con sabor a chocolate o no vendrá.

Pronto empieza a oler a concentrado de bollería industrial, y de hecho vemos a algunos obreros en plena faena, supervisando que las enormes máquinas realicen correctamente todo el proceso de fabricación y embalaje, para que así mañana nosotras, cuando bajemos a nuestro Mercadona más cercano, podamos escoger entre pan de molde con corteza, sin corteza, o con trocitos de cereales. El capitalismo nunca descansa, y menos en el barrio de Rejas, donde se manufacturan tanto Tigretones como herramientas de bricolaje.  En la acera contigua a la fábrica hay varios edificios de ladrillo visto, y entre los locales comerciales descubrimos un par de cafeterías, un gimnasio y la entrada a un hotel. Son algunos de los valientes emprendedores que no se han dejado fagocitar por el Plenilunio, mastodóntico centro comercial (el más grande de todo Madrid) inaugurado en 2006 y que ha provocado, entre otras cosas, que la población de Rejas se haya multiplicado por dos en la última década.

Seguimos en el mismo barrio, aunque el nombre no resulta demasiado descriptivo: si hay algo que echamos en falta aquí tras nuestro paso por Alameda de Osuna son precisamente rejas. En una de las numerosas zonas residenciales que nos cruzamos, nos encontramos con carteles anunciando que estamos en propiedad privada… aunque no sepamos muy bien a que propiedad se están refiriendo.

La calle es nuestra
No hemos comprado nada en la tienda de la calle Manclares de Oca, por lo que intuimos que hemos cometido algún delito.
El Gran Hermano te sigue vigilando.
50.000 m2 de crecimiento económico.

Cruzamos un descampado que, por la textura de la tierra bajo nuestros pies, nos recuerda al de Valdebebas, y divisamos al fondo unas casitas unifamiliares. Durante todo el garbeo hemos confiado en que nuestro errante caminar nos trajese como por arte de magia hasta aquí, y parece que lo hemos conseguido: estamos en Colonia Fin de Semana.

Un enorme montón de tierra se interpone entre nosotros y nuestro destino, pero conseguimos bordearlo.

Situado relativamente cerca de Ciudad Pegaso, que visitamos en el anterior garbeo, Colonia Fin de Semana comparte varias cosas con ésta. Ambas están conectadas a Madrid por una solitaria linea de autobús (la 77) que recorre todo Rejas. En las dos triunfó el pragmatismo a la hora de nombrar las calles: allí con números, aquí con los nombres de los meses. Fin de Semana empezó siendo un lugar donde los madrileños pudientes establecían sus segundas residencias, hoy en las manzanas que componen la colonia podemos ver desde pequeños chalets y bungalows con frondosos muros vegetales…

… hasta solares sin edificar, chabolas desvencijadas, o incluso casas que parecen contenedores.

En algunas zonas el barrio parece estar totalmente abandonado, sin embargo en otras se observan luces en las casas y coches aparcados. El trazado en damero de la colonia solo se ve interrumpido, como en Barcelona, por una avenida Diagonal en la que se concentran todos los bares y restaurantes.

Decidimos entrar uno de los numerosos bares de la Avenida Fermina Sevillano, que es como se llama la Diagonal aquí, y nos tomamos unas cervezas mientras le amenizamos la noche al camarero hablando del colapso que se nos viene encima. Aún tenemos tiempo para visitar otro bar, que resulta estar regentado por hinchas del Real Madrid.

Más copas de Europa que horas tiene el día.

Toda la barra está llena de llaveros con el escudo del equipo blanco y fotos con ilustres jugadores como Santillana o Raul, por lo que nuestra sorpresa es mayúscula cuando entramos en el comedor y nos encontramos con esto:

Le preguntamos a uno de los camareros cual es el motivo de semejante ambivalencia, y nos responde que aunque ellos son del Madrid, hay que tener contento a todo el mundo. Bonito ejemplo de como se pueden llegar a soluciones de consenso que repercutan en el bien de todos. Esperemos que nuestros políticos tomen nota.

Pedimos una ración de patatas y unas cervezas, y redactamos nuestras propuestas:

  • Establecer una toponimia racional: Llamar Rejas a un barrio sin ellas es un insulto a la decencia, la teología, la geometría y el buen gusto. Proponemos tomar una medida de urgencia e intercambiar el nombre de las zonas de Alameda de Osuna y Rejas para solventar inmediatamente este desaguisado.
  • Someter a los vecinos de Alameda de Osuna (que, recordemos, pasará a llamarse Rejas tras el decreto ley ultrarracional que promulgaremos mañana mismo) a una terapia psicológica para comprobar cual es el motivo por el que parecen desconfiar tanto de sus congéneres.
  • Poner un Outlet al lado de cada nave industrial. Que no sólo de pan Bimbo vive el hombre.
  • Por último, no solo tenemos propuestas para el barrio, también hemos visto cosas aquí que nos han gustado y queremos extender por toda España. Proponemos transformar todas las peñas madridistas en peñas atlético-madridistas en las que se rendirá pleitesía a ambos conjuntos y se fomentarán las buenas relaciones entre ambas aficiones. Esto es extensible a otros lugares de la península donde exista una enconada rivalidad futbolística, así todas las peñas sevillistas tendrán que admitir en su seno a hinchas béticos, las sportinguistas tendrán que hacer lo propio con los aficionados del Real Oviedo, etcétera.
La redacción de las propuestas nos deja exhaustos, y decidimos celebrarlo cada uno a su manera: Puyol emborrachándose y Demófila retomando la papiroflexia.

Se nos hace tarde, y salimos a la calle, donde debemos de aguardar a que el solitario autobús nos recoja. Mientras tanto, siguiendo con nuestra idea de racionalizar la toponimia local, aún se nos ocurre una última propuesta con la que revitalizar la colonia: reconvertir Fin de Semana en un macrocomplejo fiestero en el que haya numerosas discotecas y botellódromos, y reducir la frecuencia del autobús a sólo un trayecto de ida, el viernes por la tarde, y un trayecto de vuelta, el domingo por la noche. A buen seguro que los vecinos de la colonia agradecerán tener durante 3 días a una muchedumbre de jóvenes borrachos dispuestos a gastarse su dinero en los comercios de la zona.

El autobús del desfase.

¡Habla, Pueblo, habla!

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