Propuestas para una mejora ultrarracional de la ciudad de Logroño

Propuestas para una mejora ultrarracional de la ciudad de Madrid‘ es un garbeo semanal en el que exploramos diferentes puntos de la capital. Pero en esta ocasión lo hacemos en Logroño.

Cañismo meets Mr. Wonderful: El bar Iturza

Cuando iba al colegio, el profesor de inglés, de vez en cuando y sin saber por qué, nos hacía repetir a todos los alumnos al unísono unos versos que siempre quedarán en mi memoria: “Logroño, ciudad bravía, con más de cien mil tabernas y ninguna librería.” Aquel profesor era Pedro María Azofra, un reconocido crítico taurino que escribía en el periódico local y algunas veces hablaba en radiotelevisión española. Creo que en aquel momento tanto a mis padres como a los del resto de compañeros les causaba asombro que un profesor de inglés nos hiciera recitar –en castellano, por supuesto– unos versos tan castizos; también, creo, debía de inquietarles que hubieran contratado a alguien tan auténticamente español para enseñarnos una lengua extranjera. Sin embargo, a medida que he ido creciendo me he dado cuenta de que en Logroño, a diferencia de las grandes ciudades, la modernidad y la tradición se mezclan sin ningún problema, dando lugar a un montón de cruces interesantes. Con el deseo de estudiarlos más a fondo y de hacer sugerencias de mejora a la manera de la rigurosa iniciativa Propuestas para una mejora ultrarracional de la ciudad de Madrid, animé a unos cuantos ultrarracionalistas a que vinieran a visitar y analizar la capital riojana.

En Logroño, a diferencia de las grandes ciudades, la modernidad y la tradición se mezclan sin ningún problema.

Como el mejor sitio para conocer la esencia de una ciudad son sus bares quedamos directamente en Avenida 55, una cafetería bastante conocida porque ganó el premio del público en un concurso local a la mejor tortilla de patata. Pizarrín, el regente, nos dio las primeras claves sobre la ciudad: “Yo he hablado con suecos, alemanes e italianos y todos coinciden en que este es el mejor sitio para venir de Erasmus. Vivir aquí es como vivir en un pueblo. Cualquier cosa está cerca, nos conocemos todos y todo el mundo puede expresar su opinión sin miedo ni pudores.” Tiene toda la razón. No por nada la sección más leída del periódico La Rioja es una página que registra las llamadas de los ciudadanos al ‘Teléfono del Lector’ para quejarse o dar sus impresiones sobre las novedades que atañen a la ciudad. Algo parecido ocurre en su bar, donde gran parte de las conversaciones giran en torno a las desdichas de los jubilados. Pero Pizarrín tiene por objetivo que los clientes salgan del bar más contentos de lo que han entrado, y no solo por el vino: también con alegría. Ahora que estamos en Navidad, les anima a cantar villancicos.

La calle Larios señala en el suelo el recorrido que hacen los borrachos.

Con la tripa llena y el alma un poco más contenta, salimos del bar para recorrer los puntos clave de la ciudad. Pasamos por la Calle Portales, una importante avenida peatonal en la que la gente gusta de salir a pasearse los fines de semana. Básicamente, caminan calle arriba y calle abajo con la esperanza de encontrarse con alguien, saludar protocolariamente y, al despedirse, comentar la apariencia y los cotilleos sobre los otros. También lo hacen, claro está, para ser vistos. No obstante, lo peculiar de este lugar es que en él conviven franquicias de porciones de pizza, carcasas para móviles y yogur helado junto a comercios de toda la vida que ofrecen moda para señoras mayores en maniquíes demasiado esbeltos y delgados para su edad. Logroño está repleto de ancianos, pero los tiempos modernos y la gentrificación han llegado. Por eso no arrasan con todo sino que convivenr en armonía con la cultura tradicional. Así lo demuestra también un belén en el interior de la Catedral de La Redonda, donde podemos observar a San José acunando al niño Jesús en sus brazos mientras la Virgen María descansa. Es un claro guiño feminista.

El belén feminista de la catedral de Logroño

Nuestros pasos nos llevan al Frontón del Adarraga, una inmensa mole de hormigón armado que en su interior guarda una joya para los riojanos. Se trata del Museo de La Pelota a Mano, en el cual, para ganar visitantes, han instalado un bar que sirve vino de la tierra junto a torreznos y magdalenas en bolsitas. Nos lo encontramos bastante lleno, en su mayoría de hombres ya calvos que aguardan a que empiece el partido. Nadie parece reparar en las vitrinas que custodian pelotas y boinas de diversos campeonatos internacionales donde los pelotaris logroñeses destacaron. Todos parecen esperar, bien bebiendo un chato, bien en las gradas, a que empiece el juego. Mientras tanto aprovechan para comentar sus cosas y nos observan de arriba a abajo como si fuesemos extranjeros. No todo el mundo tiene derecho a ser admitido de primeras en su círculo. Son como centinelas recelosos, vigilando que nada ajeno interrumpa el cálido ambiente de ágora y de sana discusión que se forma mientras la pelota va y viene.

Todos, a pesar de nuestras diferencias, compartimos una necesidad básica: beber vino decente lo más barato posible.

Como nos sentimos poco integrados, decidimos acabar nuestro recorrido en el Bar Iturza, un clásico de la capital, donde se dan cita jubilados, hipsters, punkis y, también, gente de orden en un cálido ambiente de camaradería. Es el típico bar de viejo con suelos de baldosas grisáceas, sillas y mesas de cocina de abuela y calendario de taller de coches pero en la barra hay sitio para todos. Es literal. Se divide en dos secciones de pinchos: una cárnica y otra vegetariana. A pesar de lo que pueda sugerir la barra, no es una convivencia dividida, pues en varios corchos cuelgan mezclados anuncios de clases de yoga, conciertos e incluso un letrero de venta de gusanos de seda junto a una pegatina de la protectora de animales. Y es que todos, a pesar de nuestras diferencias, compartimos una necesidad básica: beber vino decente lo más barato posible.

Salimos del bar muy contentos, con la certeza de haber descubierto en nuestro recorrido un paraíso que puede ser habitable por todo el mundo, pues acepta la diversidad y la integra mucho mejor que las grandes urbes. En la última década hemos visto cómo en éstas (Madrid y Barcelona, por ejemplo) han proliferado cafeterías hipsters, cervecerías artesanas, panaderías ecológicas y tiendas de productos orgánicos en los locales que antiguamente ocupaban mercerías, ferreterías o bares de viejo. La modernidad se abre camino a pasos agigantados pero entraña un hecho del que no hay vuelta atrás: la extinción del casticismo, que ha sido parte fundamental de la identidad española durante siglos. Esto a nosotros nos apena y hasta hace muy poco no nos quedaba otra que aceptar este futuro inminente y totalitario con resignación. No obstante, a raíz de nuestro paseo por Logroño, capital del vino y de La Rioja, hemos descubierto otro modelo de convivencia posible, mucho más sostenible y agradable para todos. Así que no podemos pensar en Propuestas para una mejora ultrarracional de Logroño, sino más bien Propuestas para una mejora ultrarracional de Madrid, Barcelona y España en general, teniendo en cuenta lo bien que se vive en provincias.


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